Los santos que más se parecían a Cristo, por haber derramado su sangre en defensa de la fe, eran los mártires. Sin embargo, la primera biografía que se escribió de un santo no fue la de un mártir, sino la de un ermitaño: el egipcio Antonio “el abad”, quien, a semejanza de los mártires, murió para el mundo por amor a Cristo. El obispo Atanasio de Alejandría fue su autor; en su obra (siglo IV) describió a un joven que abandonó el hogar de sus padres y a su hermana menor y durante quince años vivió en una tumba en el desierto, alimentado sólo con pan, agua y sal, y en lucha continua contra los demonios. Estos se le presentaron en forma de bellas mujeres tentadoras y de fieros lobos, felinos y sabandijas que atormentaron su cuerpo.
Después de ese prolongado retiro, cuenta Atanasio, Antonio se fue a un lugar aún más aislado en las montañas de Pispir y se encerró en un fortín tapiando su entrada; ahí vivió otros veinte años en total soledad, recibiendo por el techo una dotación de pan dos veces al año. Cuando por fin sus amigos lo convencieron de salir de su reclusión, Antonio se dedicó a curar a los enfermos, librar de espíritus inmundos a los posesos y exhortar a sus seguidores a abandonar el mundo, con lo que se multiplicaron las celdas monacales en el desierto. A esos monjes dirigió muchos consejos, por lo que sus discípulos comenzaron a llamarlo “el abad”. En dos ocasiones Antonio bajó a Alejandría: una para animar a los mártires a mantenerse en la fe durante la persecución de Maximiano (entre finales del siglo III e inicios del IV); después, para confrontar a los herejes arrianos en apoyo de su amigo el obispo Atanasio.
Nuevos elementos
Años después, San Jerónimo agregó nuevos elementos a esta historia al describir la vida del primer ermitaño, Pablo de Tebas, en cuyo final introdujo una visita que le hizo San Antonio, su último confidente y su sepulturero. Además de esta escena, no mencionada por San Atanasio, a San Jerónimo se deben algunos tópicos, como el del centauro, el sátiro y el lobo parlanchín que lo guiaron en el camino, el del cuervo que les llevó dos panes para su convivio o el de los dos leones que ayudaron al nonagenario Antonio a cavar la tumba para depositar el cuerpo sin vida del centenario Pablo. A partir de estas dos vidas avaladas por autores tan prestigiosos, se fijaron todos los otros “lugares comunes” en los relatos sobre ermitaños: la habitación en estrechas cuevas o tumbas; la pobreza en el vestido y el riguroso ayuno; la dedicación a la meditación, la oración y las prácticas ascéticas; los duros combates con los demonios de la lujuria y la gula; la definición del carácter del locus eremitarum, del yermo o desierto cristiano, lugar de peligros y morada de los espíritus malignos, pero también sitio privilegiado para el encuentro con Dios.
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Los relatos sobre ermitaños tuvieron una gran difusión en el Occidente cristiano, donde el eremitismo se volvió un referente obligado al hablar de la santidad del Oriente. Fue tal su popularidad que muchos hombres se fueron a los bosques y montañas a vivir la experiencia de la soledad. Sin embargo, los eclesiásticos latinos comenzaron a ver con recelo sus actividades cuando salían de sus retiros y se movían en amplias regiones con gran libertad, comunicando sus experiencias y escuchando quejas.
Durante la llamada que hizo el papa Urbano II para la Primera Cruzada (a finales del siglo XI), quedó de manifiesto el prestigio regional de esos personajes y su extraordinario (y peligroso) poder de convocatoria. Uno de ellos, llamado Pedro, encabezó una fallida cruzada de pobres que, armados con palos y piedras, pretendían recuperar Tierra Santa y arrojar a los islamitas. Fingiendo ser taumaturgos y profetas, esos ermitaños salían de los bosques anunciando el Juicio Final, prodigaban sus consejos morales, predicaban una búsqueda personal de la divinidad, presentaban una actitud de rebeldía ante la labor de intermediación de los clérigos y criticaban constantemente la corrupción de la institución eclesiástica. Su movilidad en libertad, sin estar sujetos a la obediencia de un superior, era lo más contrario al control que la Iglesia pretendía imponer, pero por su forma de vida, tan cercana al modelo del cristianismo original, fueron muy admirados entre los fieles. Su presencia incluso fomentó que las vidas de los ermitaños antiguos continuaran siendo muy divulgadas.
Mientras que el santo ermitaño, solitario y asceta antiguo, se convertía en un tópico literario, la Iglesia proscribía y perseguía al eremita itinerante y rebelde actual, además de que fomentaba aquellas tendencias que buscaban la experiencia de la soledad dentro de un monasterio, sujeta a controles institucionales. Así se crearon las órdenes religiosas de ermitaños; los camaldulenses de San Romualdo en el siglo X y los cartujos de San Bruno en el XII fueron los ejemplos más notables […] en 1596 una real cédula emitida en España por Felipe II recomendaba el ingreso de los ermitaños a una orden religiosa; solo se permitió la vida solitaria a quienes recibieran la autorización del obispo. Para ese tiempo, el mejor camino de salvación no se encontraba en la soledad, pues la huida del mundo estaba ya completamente interiorizada.
A partir del siglo XVII, la institución convirtió a los anacoretas que quedaban en servidores administrativos de las ermitas, sedes de santuarios de peregrinación; así, con el nombre de los antiguos eremitas espirituales, comenzó a denominarse a los mayordomos y capellanes dedicados a santeros.
Para entonces, San Antonio se había convertido en un santo muy popular gracias a los numerosos cuadros, ediciones y traducciones de sus leyendas. Conoce la que fue traducida en 1500 del latín al francés por el dominico Pierre de Lanoy, recogía una tradición que circulaba desde el 1200 (antes de la Primera Cruzada a mediados del XI) en el artículo completo, dentro de la revista.
El origen de loa Antoninos también se debe a una leyenda relacionada con sus reliquias milagrosas.
A finales del siglo XI llegó al santuario de La Motte el noble Gastón de Valloire, quien traía a su hijo Guérin enfermo, sufriendo terribles dolores ocasionados por un ardor insoportable que parecía quemarle toda la piel. Cuenta la leyenda que el joven quedó curado al contacto con la reliquia de San Antonio y que el padre, agradecido, prometió fundar una congregación de hermanos dedicada a cuidar a los aquejados de tan dolorosa enfermedad conocida como “fuego de San Antonio”. En 1095 el papa Urbano II autorizó dicha congregación formada por laicos, quienes fundaron hospicios por toda Europa y se hacían cargo de los enfermos aquejados por ese mal, que se se había vuelto endémico, pues era ocasionada por la ingestión de centeno contaminado.
En 1218 el papa Honorio III convirtió la congregación en orden religiosa con votos monásticos y una organización que dependía de Roma. A estos monjes denominados “antoninos” se debió en buena medida la gran difusión del patronazgo de San Antonio Abad como sanador de esa enfermedad (asociada hoy con la erisipela gangrenosa). Su protección se extendió después hacia otros padecimientos con manifestaciones cutáneas, como lepra, peste, sarna, herpes y hasta sífilis. La tau o cruz potenzada (T), símbolo egipcio de la vida del más allá, fue adoptada por los monjes de la orden, quienes la llevaban bordada en azul sobre sus mantos negros; ese signo se convirtió en un talismán utilizado para protegerse de todos los males y daños ocasionados por el “fuego de San Antonio”.
Para sostener su obra, los antoninos recibieron en muchas localidades el privilegio de tener piaras de cerdos que, con campanillas atadas a sus cuellos, podían circular libremente por pueblos y villas comiendo desperdicios y basura. Este “servicio de limpieza urbana” no sólo redituaba a los monjes limosnas, sino que, además, con la venta de su carne obtenían grandes ganancias y su sebo era utilizado como ingrediente para los ungüentos medicinales que se aplicaban a los enfermos. Esto explica por qué San Antonio comenzó a ser representado con un cerdito a su lado y una campanilla como emblemas, y que los campesinos europeos lo consideraran patrono y sanador de los animales domésticos. Desde el siglo XIII se volvió muy extendida la práctica de llevar a bendecir vacas, puercos, perros, cabras y ovejas en la fiesta del santo el 17 de enero. Conoce más de sus leyendas y símbolismo en el artículo completo;)
Culto Novohispano
En Nueva España, el culto a San Antonio Abad llegó desde fechas tempranas. Primero, con los franciscanos que lo vincularon con su fundador San Francisco por los muchos paralelismos que ambos presentaban (amor a los animales, abandono de placeres y riquezas en la juventud, caridad hacia los miserables). En 1530 San Antonio Abad era ya un santo muy popular en la Ciudad de México; una cofradía franciscana de indios lo tomó como patrono y el conquistador Alonso Sánchez solicitó al cabildo un solar para construirle una ermita a la salida de la calzada de Iztapalapa, en el barrio de Xoloco. En 1570 el pequeño templo se libró de la destrucción que ordenó el arzobispado ante la multiplicación de ermitas y capillas, gracias al apoyo del maestrescuela de la catedral Sancho Sánchez de Muñón.
En 1593 llegó a esa ermita un joven noble de Chalco, Domingo Francisco Chimalpahi, como donado y “ermitaño”. Su vocación y entrega al celibato, posiblemente después de enviudar, lo habían llevado a ese lugar, donde adoptó sus otros dos nombres, “de San Antón y Muñón”, en honor de sus protectores celestial y terrenal. Este cronista indígena escribió ahí su extensa obra en náhuatl, sus ocho Relaciones sobre el antiguo señorío prehispánico de Chalco-Amaquemecan, su Memorial de Colhuacan y su Diario. En éste relata a sus lectores indígenas la historia de los monjes antoninos, da fechas y nombres y refiere leyendas; asimismo, señala que, en 1614, a raíz de las noticias sobre el envío de un comendador de dicha orden a Perú, fray Agustín del Espíritu Santo y el doctor Antonio Roque solicitaron la autorización al rey y al papa para que se fundara un hospital de los antoninos vecino a la ermita de San Antonio de México. Finalmente, en 1628 llegó un pequeño grupo de monjes, guiados por el comendador fray Juan González Gil, a hacerse cargo de la ermita y de su hospital anexo. Todavía en el siglo XVIII, antes de que la orden de los antoninos fuera adscrita a los caballeros de Malta en 1777, muchos de los habitantes de la Ciudad de México y sus alrededores acudían el 17 de enero a la ermita de San Antonio Abad a bendecir a sus animales domésticos, adornados con flores y cintas de colores.
En honor al santo, ese día los monjes rifaban un cerdo, con su campanilla al cuello, que había sido engordado durante todo el año, y el dinero obtenido se aplicaba al hospital. La gente que acudía a la rifa podía admirar, en el pórtico que daba al patio, un gran lienzo donde estaban representadas las tentaciones de San Antonio; seguramente las miradas de algún curioso se posaron en las horrendas facciones de los demonios y los voluptuosos cuerpos de las mujeres que acosaban al santo para hacerlo pecar. Ninguno, en cambio, imitó su retiro en soledad o sus ayunos, privaciones y flagelaciones. Los santos estaban para pedirles favores; era impensable considerarlos como modelos de comportamiento.De aquel conjunto hospitalario queda una pequeña iglesia maltrecha en medio de un barrio popular, y de la memoria de San Antonio Abad tan solo resta el nombre de una estación del Metro. Pocos habitantes de esta megalópolis conocen ésta y las otras historias y relatos que hay detrás de los toponímicos y edificios de su ciudad.
¿Cómo citar este artículo?
Antonio Rubial García, “San Antonio Abad. El Ermitaño”, Relatos e Historias en México, núm. 175, Mayo, 2026, pp. 30-37.

