• 22-sep-2019.

¿Conocen el trabajo del historiador José Luis Martínez?

Entre la historia y la literatura
José María Muriá

 

“La historia es la ‘búsqueda sin fin de la indagación y la interpretación de nuestro pasado’, y esa búsqueda debe siempre ‘guiarse por un honesto afán de conocimiento’”

 

 

Residió la mayor parte de su vida en Ciudad de México, pero siempre mantuvo una mirada contemplativa en Guadalajara y desempeñó numerosas funciones de singular importancia –acaso sea más preciso decir de medular trascendencia– dentro y fuera del país. Mencionaré, solamente para abrir boca, las de director del Instituto Nacional de Bellas Artes, del Fondo de Cultura Económica y de la Academia Mexicana de la Lengua, además de haber representado diplomática y dignísimamente a México ante los gobiernos de Perú, de Grecia y en la UNESCO.

 

No cabe que sigamos adelante sin precisar que José Luis Martínez Rodríguez nació el 19 de enero de 1918 en Atoyac, espacio sureño de Jalisco. Su terruño queda cerca de Ciudad Guzmán, donde estudió parte de la primaria en compañía de otro gran sable de las letras mexicanas, coetáneo suyo y casi paisano: Juan José Arreola. Pero Martínez pasó a terminarla con los lasallistas al entonces Distrito Federal, ciudad donde fallecería muchos años después, aunque no los suficientes, el 22 de marzo de 2007.

 

Importante es consignar que la secundaria y la preparatoria, de 1932 a 1937, unos años muy importantes para aprehender el aire provinciano, los cursó en la “perrera” tapatía; hablo del conjunto formado por la Secundaria Uno y la Preparatoria de Jalisco, inquilinas ambas del antiguo convento de San Felipe.

 

Luego –¡Dios nos guarde!– pasó a estudiar medicina en la UNAM. Fueron dos años que compartió con la carrera de letras españolas en el legendario edificio de Mascarones de la propia Universidad Nacional, en la capital del país. Al término del bienio abandonó el camino de los galenos y se concentró, para fortuna de todos, en los estudios de las letras, especialmente las de lengua española, pero agregándole el sustento y la riqueza de la historia del arte y, sobre todo, de la filosofía.

 

Lo mismo que le pasó al suscrito un cuarto de siglo después, las lecciones del filósofo español José Gaos –entonces recién llegado a México– dejaron profunda huella en él, especialmente en lo que se refiere al rigor que ambos se exigieron siempre en sus trabajos. Asimismo, con el tiempo se fue internando en la historia “pura y dura” del siglo XVI.

 

He de hacer aquí la denuncia de un pecado muy grave del estudiante Martínez: ¡nunca se recibió! ¡Qué vergüenza! Director de la Academia Mexicana de la Lengua, académico numerario de la de Historia, miembro de la Junta de Gobierno de El Colegio de México, presidente del Pen Club de México, cronista de la ciudad capital de la República, varias veces doctor honoris causa, el pecho lleno de condecoraciones de no sé cuántos países y dueño legítimo de muchos diplomas, entre otros el del Premio Jalisco y el Nacional de Ciencias y Artes, suficientes para tapizar todas las paredes de su casa de Rousseau 53, si no lo hubieran estado ya de tantos libros que no pudo dejar de adquirir… todo esto sin tener licencia alguna: cuando lo conocí personalmente ya ni siquiera la de manejar…

 

Dos veces fue diputado federal por el estado de Jalisco. ¡Claro está!, portando los colores del Partido Revolucionario Institucional. Con frecuencia, entonces, no faltaba quien se dirigiera a él como “señor licenciado”… Sin dejar de darle antes una fuerte chupada a su cigarro, decía: “Le agradezco lo de ‘señor’ pero quíteme la licencia”.

 

Don José Luis Martínez conoció muy bien el mundo de las letras hispanoamericanas, y todo éste lo reconocía muy bien, simplemente, como “don José Luis”. No requería de apellido.

 

Podemos decir que don José Luis fue una costumbre: un hábito que adquirimos sin darnos cuenta y casi sin saber siquiera cuándo. Formó parte integral del crecimiento de mi generación.

 

Su carrera culminó con una magnífica historiografía sobre el siglo XVI mexicano de sobra conocida y de todos admirada, y de temas que nadie se atreverá a abordar durante muchos años. Van desde Nezahualcóyotl hasta su Hernán Cortés y los Pasajeros de Indias, modelos de erudición, pulcritud y razonamiento dignos de imitar. Pero sobre todo, según mi punto de vista particular, sus trabajos sobre el Códice Florentino y la Historia general de Bernardino de Sahagún.

 

En 1993 ingresamos ambos, casi simultáneamente, a la Academia Mexicana de la Historia. La afinidad se hizo patente de inmediato y procuramos siempre sentarnos juntos, trabajar juntos y también marcharnos juntos a merendar, como lo habíamos hecho tantas veces, pero hacía ya casi un lustro que habíamos dejado de hacerlo. Solo que ahora su salud ya no le daba tanta disponibilidad para andar de guzgo, de manera que la escala para merendar era más fugaz, pero irremisiblemente concluía la sesión con una copa en su legendaria casa-biblioteca.

 

No es por nada que lleve su nombre la librería del Fondo de Cultura Económica que existe en la ciudad de Guadalajara. Nadie como él con más méritos para el caso.

 

 

El artículo breve "Homenaje a José Luis Martínez" del autor José María Muriá se publicó en Relatos e Historias en México número 126. Cómprala aquí