Cuando estalló la Revolución mexicana, miles de heridos quedaron atrapados en medio de los combates sin atención médica. Fue en ese contexto cuando una joven enfermera decidió actuar por su cuenta y fundar una organización que cambiaría la manera de atender a las víctimas de la guerra: la Cruz Blanca Mexicana.
Elena Arizmendi conoció el movimiento antirreeleccionista mientras estudiaba enfermería en San Antonio, Texas, una ciudad con nutrida población de mexicanos y, donde coincidió con Francisco I. Madero y Sara Pérez Romero, cuando se refugiaban en aquel país. En 1911, al observar que la ayuda médica durante los combates de Ciudad Juárez se destinaba únicamente a los soldados federales, decidió organizar una brigada independiente para atender a los heridos revolucionarios, sin distinción de bandos. Así nació la Cruz Blanca Neutral, una iniciativa que denunciaba la parcialidad de la Cruz Roja Mexicana y buscaba brindar asistencia a todos los heridos de guerra por igual. Para tal proyecto, Arizmendi reunió médicos, enfermeras y voluntarios, y pronto su labor despertó entusiasmo y apoyo público. Tras el triunfo maderista, su organización fue reconocida oficialmente como la Cruz Blanca Mexicana.
Sin embargo, el proyecto no estuvo exento de conflictos. Algunos médicos rechazaban recibir instrucciones de una mujer enfermera, lo que provocó tensiones internas que terminaron con su destitución de la institución que ella misma había fundado. Con el respaldo de los Madero y del abogado José Vasconcelos, Arizmendi defendió su causa en la opinión pública y reorganizó la Cruz Blanca Mexicana como una sociedad de beneficencia privada, con Sara Pérez como presidenta honoraría y Elena como vicepresidenta, llevando también el apoyo a niños y presos.
Más allá de la atención médica, la organización amplió sus objetivos hacia la educación de obreros y obreras, convencida de que la formación era clave para transformar la sociedad. Así su proyecto se correlacionó con el proyecto educativo de otras mujeres, en la Escuela Nacional de Artes y Oficios para Hombres se impartirían las clases a los obreros, mientras que las de las obreras en la Escuela Industrial Corregidora de Querétaro, cuya directora era María Arias Bernal. Aunque eran de orígenes muy distintos, María Arias y Elena Arizmendi tenían la misma edad. La presidencia de Madero hizo confluir sus caminos, y ambas encontraron en Sara Pérez aliento a su potencial social y educativo.
Tras la Decena Trágica y el asesinato de Madero, la vida de Arizmendi tomó otro rumbo. Se mudó a Nueva York, donde vivió durante dos décadas, ahí se integró a círculos intelectuales y feministas, participó en la Liga de Mujeres de la Raza, fundó la revista Feminismo Internacional y escribió Vida incompleta. Ligeros apuntes sobre mujeres en la vida real (1927). Desde su contexto, reflexionó sobre el papel de las mujeres en la sociedad moderna y defendió su derecho a desarrollar plenamente su vida intelectual y personal. Aunque pasó muchos años fuera del país, Elena Arizmendi nunca se desligó de México. Regresó en la década de 1930 y fue testigo de los cambios políticos del país, aunque también expresó su decepción ante el retraso del reconocimiento del voto femenino.
Su historia revela a una figura poco conocida de la Revolución mexicana: una mujer que combinó acción humanitaria, activismo social y pensamiento feminista en una época en que la participación pública femenina aún enfrentaba enormes obstáculos. Para conocer más de la vida de esta extraordinaria mujer, consulta el artículo completo en el número 209 de Relatos e Historias en México.
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