• 12-dic-2019.

Manuel Romero de Terreros, el gran historiador del México colonial

Óscar Mazín

 

Romero de Terreros fue descendiente de una de las familias más ricas y poderosas de la Nueva España, en la cual sobresalió el primer conde de Regla (en la imagen). Esto le permitió heredar un valioso bagaje cultural que se reflejó en su obra escrita. Meticuloso investigador y coleccionista, don Manuel centró su interés en el arte colonial y la historia novohispana.

 

Gracias a su ascendencia familiar, tan estrechamente vinculada al antiguo reino de Nueva España, pero también a una esmerada formación humanística, Manuel Romero de Terreros fue un hombre de saber universal, abierto al mundo, sin constreñimientos de carácter nacional. De ahí la vastedad de intereses y temas de sus muy numerosos escritos, cerca de medio millar, así como su capacidad para dar esplendor y continuidad a varios institutos académicos de su patria, en particular a la Academia Mexicana de la Historia.

Efectivamente, por línea paterna don Manuel entroncaba hasta con cinco títulos de nobleza otorgados por el rey a sus antepasados de la Nueva España del siglo XVIII como reconocimiento a su filantropía y a sus empresas. Su bisabuelo, don Pedro José Romero de Terreros Rodríguez de Pedroso (1788-1846), reunió los siguientes: fue tercer conde de Regla, segundo marqués de San Cristóbal, sexto marqués de Villahermosa de Alfaro y cuarto conde de San Bartolomé de Jala. Historiador por vocación, nuestro protagonista hizo acopio, custodia y difusión de los testimonios documentales y materiales de ese patrimonio familiar, no menos que de la genealogía de algunos conquistadores y pobladores de Nueva España. Entre otros textos sobre nobleza, escribió varios opúsculos sobre el condado de Regla, considerado el más ilustre de su linaje.

 

Marqués de San Francisco

 

Manuel nació en Ciudad de México el 24 de marzo de 1880. Fue el sexto y último de los hijos de Alberto Romero de Terreros Gómez de Parada y Ana María Vinent Kindelan. Su tío José Miguel Cervantes Romero de Terreros, marqués de la Pedreguera, le dejó en herencia el título de marqués de San Francisco (1777) cuando era ya hombre de letras y profesor universitario, en 1939. Esto corrobora que ese caudal nobiliario se había ido trasmitiendo y reivindicando durante el México independiente. De hecho, nuestro protagonista hizo de su título un pseudónimo literario. Lo asumió con deleite y convencimiento en un país en que la nobleza titulada carece de validez y reconocimiento legal. Pero también con orgullo, como lo ilustra haber sido don Manuel Romero de Terreros patrono del Nacional Monte de Piedad, establecimiento fundado por su antepasado, el primer conde de Regla, en 1775 en favor de los menesterosos.

En 1921, a los 41 años de edad, casó con doña Concepción de Garay y Kathain, con quien tuvo nueve hijos, cuatro mujeres y cinco varones. Su mujer compartió el placer de la lectura y secundó la entrega de su marido a la cultura. La pareja coleccionó libros bellamente encuadernados, monedas y medallas de porcelana, aunque sobre todo relicarios, muy del gusto de la señora.

En nada fue ajeno el patrimonio nobiliario a la vocación de don Manuel por las letras, la historia y las artes. Y es que, de acuerdo con la antiquísima noción de la nobleza de mérito por servicios, las prendas del saber, el servicio de las armas y el desempeño de las magistraturas siempre se consideraron actividades que ennoblecían. Fue, pues, el sentido cristiano y aristocrático de la vida el manantial de su trayectoria intelectual. Ésta añadió a su haber nobiliario, entre otros, los títulos de caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta, de comendador de la Orden de Isabel la Católica, además de las membresías que le otorgaron diversas academias extranjeras y mexicanas: San Fernando de Bellas Artes de Madrid, la literaria Arcadia o de los Árcades de Roma (con el seudónimo clásico de Gliconte Tirio), el Consejo Heráldico de Francia, la Hispanic Society of America y, desde luego, las academias Mexicana de la Lengua y Mexicana de la Historia. Su colega, el maestro Justino Fernández, dijo que Manuel tenía un espíritu afable y bondadoso, una sensibilidad refinada, fino sentido del humor y vigoroso temple interior.

 

Su formación

 

Los primeros años del Porfiriato no fueron propicios para el restablecimiento de colegios de la Compañía de Jesús, orden a la que se había expulsado por enésima vez en 1873. Menos aún para que funcionaran de manera estable. Así que, de acuerdo con la tradición humanista y cristiana preservada en su desahogado ámbito familiar, Manuel Romero de Terreros fue enviado a educarse al prestigioso colegio jesuita de Stonyhurst, condado de Dorset en Lancashire, Inglaterra. En él se formaba una parte de las aristocracias europeas; pero también familias mexicanas como los Escandón, Landa, Rincón Gallardo, Gómez de Parada, de la Cortina y Martínez del Río. Según sus biógrafos, en 1896 el joven Manuel presentó exámenes en las universidades de Oxford y Cambridge. A la ratio studiorum o método de enseñanza de la Compañía de Jesús, articulado por las letras y las ciencias, debió nuestro protagonista una prosa sencilla, clara y elegante.

De regreso a su patria en 1900, a la edad de veinte años, su formación jesuítica inglesa más tarde encontró cauce en el grupo del Ateneo de la Juventud, crítico del positivismo y partidario del restablecimiento de las disciplinas filosófico-humanísticas. En consecuencia, don Manuel orientó su actividad docente hacia los establecimientos universitarios donde se había gestado la renovación de estudios que encabezara la Escuela Nacional Preparatoria y la Escuela Nacional de Altos Estudios (1910), más tarde convertida en Facultad de Filosofía y Letras (1924). Además de ser profesor de lengua inglesa en esos planteles y en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, Romero de Terreros impartió clases de cultura artística, economía política, historia general y de México, geografía general y de México, tecnicismos y neologismos, literatura castellana e historia de la cultura, en fin, de “artes menores” en América y España.

Por otra parte, Romero de Terreros puso el dominio de la lengua de Shakespeare al servicio de su vocación por el pasado de su patria. En 1920 dio a conocer la primera traducción al español del conjunto de cartas Life in Mexico (La vida en México) de Frances Erskine Inglis, en el que la autora, la célebre marquesa de Calderón de la Barca, describió la sociedad y las costumbres (1839-1842) de un país recientemente independizado de la monarquía de España. Como traductor, Romero de Terreros también dio a conocer en México a autores de lengua inglesa como John Keats y Lord Dunsany. Además, a la inversa, se esforzó por impulsar en Estados Unidos las excelencias de la lengua de Cervantes, comenzando por su gramática. Como escritor incursionó asimismo en los géneros del cuento y las piezas teatrales.

 

Historia, arte y cultura

 

Su labor docente fue importante. Sin embargo, lo fue más su producción escrita, que dio inicio en 1905. La mayoría de sus textos incursionan en el pasado de la Nueva España y del siglo XIX. Lo hacen sobre historia política en un sentido muy amplio; también tratan de la vida en sociedad que él gustaba de llamar “bocetos” o “menudencias de nuestra historia”. Con todo, el rasgo más sobresaliente de su obra no es la abundancia, de la que da fe una recopilación de referencias de su autoría en 1961, sino la precocidad del tercer ámbito de su producción, el de la historia del arte, al cual le condujo el gusto por evocar y contemplar la vida.

Ahora bien, hubo y hay quien tacha algunos de sus escritos de frívolos, nostálgicos y demasiado escuetos. No obstante, presentan una originalidad muy notable, sobre todo para aquellos historiadores que hoy tanto valoran la cultura material. Y es que don Manuel heredaba, según vimos, un enorme capital cultural. De ahí que, según Jorge Alberto Manrique, haya entendido la historia como evocación.

Para Nelly Sigaut, el interés familiar por el coleccionismo estimuló el entusiasmo de Romero de Terreros por temas hasta entonces ignorados y que hoy están en la palestra, como la fiesta, los torneos, las mascaradas, el ceremonial, las procesiones, los saraos, la danza, “artes menores” como el mueble, la platería, la cerámica y la miniatura, sin olvidar la numismática; en fin, le deleitaba dar cuenta de paseos, jardines, fuentes, haciendas… La suya fue una mirada inicial, lúdica y deliberadamente escueta, de cariz casi periodístico. Su pluma, sintética, tiene la virtud de atraer no solamente a los especialistas. Inspira y estimula al lector sensible a la sencillez y a la autenticidad, que mantiene encendido el entusiasmo por indagar y escribir disfrutando de la vida.

Don Manuel también logró reunir y dar a conocer materiales de archivo y fotográficos que hoy ya no se consiguen o que son raros en extremo. Ávido bibliógrafo, su apertura de horizontes se extendió al resto de Hispanoamérica, por lo que dio a conocer los catálogos y libros de arquitectura que iban apareciendo en Suramérica. Esta paleta, tan pródiga de intereses y tareas, le hizo ingresar en octubre de 1944 al Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, casa de estudios a la que perteneció durante más de veinte años y hasta el final de sus días (1968). Basta con hojear los índices de la revista Anales de dicho instituto para corroborar la versatilidad de nuestro autor. Y es que don Manuel figura definitivamente entre los iniciadores del estudio del arte colonial de México. De 1916 datan sus primeros apuntes sobre esa especialidad y a él se debe una Historia sintética del arte colonial (1922) en que encontraron cabida anteriores y ulteriores estudios. La organizó en sentido cronológico según las artes plásticas: arquitectura, escultura, pintura, además del novedoso “artes industriales” en que entran joyería, orfebrería, hierro forjado, bronces, armas, jaeces y carruajes, marquetería, marfiles, cerámica, vidrio, tejidos, bordados, arte plumario, grabados, etcétera. A cada una de esas artes corresponderían muy numerosos artículos monográficos que publicó a lo largo de su vida.

 

Fundador de la Academia

 

El espíritu humanístico que dio origen a sus estudios históricos sobre el antiguo reino de Nueva España hizo también de Romero de Terreros un gestor de instituciones. Se señaló como artífice de un viejo anhelo: fundar la Academia Mexicana de la Historia. Valido de su condición y patrimonio nobiliario, viajó a Madrid para tramitar ese proyecto ante la Real Academia de la Historia. Sus esfuerzos fueron exitosamente concluidos poco después por el padre Mariano Cuevas S. J. (siglas en latín con que se identifica a los miembros de la Compañía de Jesús). Nuestro personaje figura, pues, entre los fundadores de dicha Academia Mexicana, correspondiente de la Real de Madrid.

Desde la sesión que abriera sus puertas, el 12 de septiembre de 1919, formó parte de la primera mesa directiva y recibió el nombramiento de “Secretario perpetuo”. La ocasión tuvo lugar en el domicilio de su amigo y primer director, el historiador Luis González Obregón, uno más de los estudiosos convencidos de que la raíz hispánica o legado colonial formaba parte medular de lo mexicano. Ya como su miembro decano, Manuel Romero de Terreros asumió la dirección de la Academia entre el 10 de octubre de 1962 y su deceso, acaecido en Ciudad de México el 18 de abril de 1968.