• 17-nov-2019.

La disputa por la historia en el México independiente

Los usos de la Historia desde el Poder
Alfredo Ávila Rueda

 

Contrario a lo que se piensa respecto a que el país estaba dividido entre liberales y conservadores, la composición social mexicana se apreciaba más compleja en sus primeros años de vida independiente. Por encima de posiciones ideológicas, ciertos grupos podían estar de acuerdo o no con algunas posturas políticas, según sus intereses.

 

En 1821, la mayor parte de los grupos poderosos de Nueva España se pusieron de acuerdo en un objetivo común: romper con España y establecer un país independiente. Los desacuerdos surgieron pronto. Las instituciones de la nueva nación eran débiles y no pudieron canalizar las disputas de un modo legal, por lo que México fue víctima de constantes rebeliones de militares, amotinamientos populares, conspiraciones y separatismo.

Actualmente, las divisiones políticas de las primeras décadas de vida independiente se suelen simplificar como el conflicto entre liberales y conservadores. Sin embargo, la realidad era mucho más compleja. En las páginas siguientes procuraré esbozar los grupos e intereses que tenía México en aquella época y mostraré cómo la percepción de que había dos bandos (el liberal y el conservador) fue, en buena medida, producto del trabajo de los historiadores, interesados en explicar el caos que ellos veían en la vida política nacional y en justificar sus puntos de vista.

 

¿Liberales y conservadores?

 

En un sentido estricto, los partidos liberal y conservador no existieron en México antes de la guerra con Estados Unidos (1846-1848). Al nacer el país, había numerosos grupos con intereses que, en algunos aspectos, coincidían con los de otros. Sin ser exhaustivo, se pueden señalar los siguientes:

 

1. Corporaciones eclesiásticas.

Constituían uno de los poderes más importantes tras la Independencia, no solo por su vasto patrimonio, sino por la influencia que ejercían en la sociedad. Los obispos y el arzobispo no estuvieron de acuerdo con el nuevo orden; pero debajo de ellos, la mayoría del clero apoyó la independencia y un orden constitucional, siempre y cuando no se afectaran sus fueros, privilegios y propiedades. Para los eclesiásticos, los aspectos como el libre comercio o el federalismo no eran determinantes. Hubo algunos que apoyaron decididamente los derechos soberanos de los estados. Por supuesto, la participación popular en la política era algo muy alejado de sus propuestas, aunque algunos religiosos se caracterizaron por azuzarla.

 

2. Mineros e industriales.

Buena parte de la antigua aristocracia que venía de Nueva España favorecía un régimen constitucional, con división de poderes y que estableciera reglas claras para sus negocios, sin tener que enfrentar medidas arbitrarias como las de los monarcas absolutos. Tras la caída del imperio de Agustín de Iturbide en 1823, muchos apoyaron la república, que preferían centralista, con leyes iguales en todo el país.  Eran proteccionistas, es decir, proponían que hubiera impuestos altos a las importaciones para proteger sus productos. Muchos de ellos empezaron a invertir en empresas textiles. Esperaban participar en un gobierno representativo que contemplara sus intereses, pero no que los grupos populares lo hicieran.

 

3. Comerciantes.

Los grandes comerciantes, españoles, mexicanos y pronto de otros países, también favorecían un régimen constitucional, con división de poderes y que garantizara la protección de sus negocios. Interesados en la libertad de comercio exterior y la supresión de impuestos al tráfico de productos dentro del país (las famosas alcabalas), no dudaron en financiar a militares que se rebelaran contra los gobiernos cuando estos decidían proteger la industria. Su oposición a las alcabalas condujo a que muchos de ellos fueran centralistas, para tener las mismas leyes en todo el país. Favorecían también el establecimiento de un gobierno representativo y tampoco estaban seguros de la pertinencia de que participaran los grupos sociales que no tenían propiedades.

 

4. Pequeños y medianos propietarios.

Rancheros, pequeños mineros de las provincias, empresarios y propietarios en ciudades pequeñas fueron los principales promotores de los derechos de los estados y del federalismo. Eran constitucionalistas, como casi todos. Impulsaron la formación de milicias, en oposición al ejército regular, al que veían como una amenaza. En los estados, impulsaron reformas fiscales en beneficio del desarrollo local. En la mayoría de los casos, apoyaron el libre comercio para beneficiarse de los bienes que no producían. Aunque temían la participación popular, intentaron encauzarla para sus propios intereses.

 

5. Militares.

El ejército era el único grupo que, en caso de no ver beneficiados sus intereses, prefería hacer a un lado la Constitución y gobernar mediante otros instrumentos legales. Tendían al centralismo, en oposición a las milicias estatales. Consideraban que su corporación representaba la verdadera voluntad nacional, por lo que subestimaban a los gobiernos representativos electos. Cada vez que se rebelaban, lo hacían “en nombre de la nación”.

 

6. Letrados.

Abogados, eclesiásticos, maestros de primeras letras, boticarios y médicos, entre otros, formaban un grupo pequeño pero muy activo políticamente. Eran constitucionalistas y no temían a la participación popular, en especial cuando podían encauzarla. Apoyaron tanto a la monarquía de Iturbide como al federalismo. Se trataba del grupo más ideologizado. Muchos de ellos empezaron siendo promotores del libre comercio, para después ser proteccionistas cuando las alianzas así lo requerían. Mayoritariamente, eran federalistas, aunque no faltó alguno –como Carlos María de Bustamante– que prefería el centralismo.

 

7. Artesanos.

También eran un grupo pequeño, pero de mucho peso. En las ciudades, se convirtieron en el principal elemento de movilización popular. Eran proteccionistas; apoyaron tanto propuestas monárquicas como centralistas y federalistas, siempre y cuando se garantizaran derechos constitucionales y su supervivencia.

 

8. Pueblos indígenas.

Ellos constituían la mayor parte de la población del país. Se trataba del grupo que más promovía el autogobierno local. Esto ocasionó que en algún momento fueran federalistas pero que, frente al poder de las capitales estatales, no dudaran en promover el centralismo. Beneficiarios del libre comercio, que proporcionaba productos más baratos, en ocasiones se aliaron con artesanos y letrados, que favorecían las posiciones proteccionistas.

 

Por supuesto, se pueden incluir otros grupos, algunos con intereses muy específicos. Por ejemplo, los productores de algodón favorecían el libre comercio, excepto la importación de algodón. Ello causó que la materia prima para las fábricas textiles fuera cara e insuficiente, de modo que solo los empresarios con contactos en el gobierno podían obtener concesiones para importar sus insumos “de manera excepcional”.

Los grupos mencionados podían hacer alianzas que cambiaban de acuerdo con las circunstancias. Los grandes comerciantes podían unirse a los propietarios mineros y de fábricas textiles frente a la amenaza de la participación popular, pero también algunos de los empresarios textiles podían estar junto a los políticos que, con el apoyo de artesanos y letrados, promovían el proteccionismo. Con el cambio de las alianzas, las posiciones de igual manera se modificaban.

Así, en 1821-1822, el imperio de Iturbide fue apoyado por una alianza entre letrados como Lorenzo de Zavala o Andrés Quintana Roo, y militares como Manuel Gómez Pedraza o Anastasio Bustamante. Con el paso del tiempo, los primeros se unieron con los grupos poderosos de los estados, que promovían la formación de milicias para defender los derechos estatales en el marco del federalismo, mientras que los militares prefirieron opciones más centralistas.

Como puede apreciarse, es difícil hablar de liberales y conservadores en un panorama como este. Todos los grupos políticos defendían la importancia de la Iglesia en la vida política de México y solo se diferenciaban en que los eclesiásticos querían ser independientes del Estado, mientras que la mayoría de los gobernantes en los estados de la República o nacionales (como el vicepresidente Valentín Gómez Farías) deseaban que la Iglesia quedara subordinada al Estado.

¿Cómo se inventó la idea de que en las primeras décadas de vida independiente de México había liberales y conservadores? La respuesta debemos buscarla en la obra de varios historiadores, que trataron de explicar la historia de México con esa interpretación y, de paso, sostener sus propios intereses políticos.

 

La invención de los partidos políticos

 

En las primeras décadas del siglo XIX no había partidos políticos como los entendemos ahora. En aquella época, se trataba de facciones movidas por los intereses de los grupos económicos, políticos y con peso social, como los que he mencionado. Casi todas se articulaban alrededor de un personaje. Había iturbidistas, santannistas, pedracistas, guerreristas, entre muchos otros.

Uno de los más destacados políticos e historiadores de la época fue Lorenzo de Zavala. Nacido en Yucatán, fue diputado en las Cortes españolas e iturbidista. Ministro de Hacienda con Vicente Guerrero, salió exiliado en 1830. Escribió entonces, en dos tomos, un Ensayo histórico de las revoluciones de México, en la que utilizaba la historia para justificar sus posiciones políticas. Obtuvo concesiones de tierras en Texas, donde participó en las convenciones que condujeron a la independencia de esa república y fue su primer vicepresidente.

En el Ensayo histórico, Zavala proponía que en México solo había dos clases de políticos: aquellos que formaban parte del partido americano y los que integraban el partido europeo. Los primeros fueron los que pelearon por la independencia. En el partido americano también estaba Iturbide y los que lo apoyaron, así como los federalistas. Eran republicanos y deseaban desterrar toda la herencia española. Admiraban por completo a Estados Unidos. El propio Zavala publicó un libro de Viaje a los Estados Unidos muy elogioso. En el otro bando estaban los que se mantuvieron leales a España, se opusieron a Iturbide y querían mantener los vínculos con Europa en general y España en particular.

Por supuesto, Zavala dejaba pasar que algunos de los que apoyaron la guerra de independencia, como Nicolás Bravo o Carlos María de Bustamante, había sido perseguidos por Iturbide y no formaban parte del partido americano, pues –aunque eran republicanos– no simpatizaban con el federalismo ni con medidas como la expulsión de españoles.

El mismo Zavala había tenido una trayectoria que no encajaba con su propia descripción, pues en algún momento conspiró en contra del absolutismo español, luego participó en los procesos electorales de la península de Yucatán bajo la Constitución de 1812, fue diputado en España y apoyó la monarquía de Iturbide, para después aliarse con Antonio López de Santa Anna y llevar a Vicente Guerrero a la presidencia. En 1829, como ministro de Hacienda, impulsó medidas que fueron consideradas centralistas por los gobiernos estatales.

Para otro liberal, el guanajuatense José María Luis Mora, los grupos a los que se refería Zavala no eran más que facciones, asociadas con logias masónicas. El llamado partido americano era la logia de York impulsada por el representante de Estados Unidos, Joel Poinsett, mientras que el grupo proeuropeo era la vieja logia del rito escocés.

Para Mora, había partidos que perseguían intereses mezquinos, pero también había dos partidos más grandes: el del progreso y el del retroceso. El primero buscaba la desaparición de los privilegios y las corporaciones; el segundo deseaba mantenerlos.

Mora publicó varias obras, entre las que destaca México y sus revoluciones, aparecida en varios tomos en París en 1836. Se trata de una historia de México, desde la época colonial, relatada como una sucesión de conspiraciones para conseguir la independencia. Tiene también un análisis sociológico del país. Algunos autores han señalado que se trata de una de las mejores descripciones de la sociedad mexicana de la época, pero hay que tener cuidado, pues fue hecha en Francia para un público europeo, con el fin de promover la inmigración y las inversiones. Mora subestimó, por ejemplo, el número de la población indígena, de la que dijo que en pocos años desaparecería de la República.

En 1837 publicó también dos volúmenes de Obras sueltas, en las que incluyó una breve historia de México desde su Independencia, titulada Revista política de las diversas administraciones que la República Mexicana ha tenido. En esa pequeña obra justifica su propia trayectoria política. Se presenta como paladín del partido del progreso, que se opuso a la expulsión de españoles, impulsó un programa de reformas eclesiásticas y promovió la educación.

El partido del retroceso, para Mora, estaba formado casi exclusivamente por los eclesiásticos y militares que no querían perder sus privilegios. Al igual que sucedió con Lorenzo de Zavala, Mora no estaba interesado en mostrar cómo, en la breve historia independiente de México, los políticos hacían alianzas que no eran coherentes desde un punto de vista ideológico. Su intención era proponer una interpretación que justificara el gobierno que llegó al poder en 1833, de la mano de Santa Anna y Gómez Farías.

 

La obra de Alamán

 

Lucas Alamán nació en una familia de empresarios mineros en Guanajuato. Bien educado, estuvo en Europa y fue diputado en las Cortes españolas, donde tuvo una participación muy destacada. Fue el legislador que más veces tomó la palabra, solo por detrás del español José María Queipo de Llano, conde de Toreno. En aquella asamblea votó a favor de las propuestas más progresistas. Cuando volvió a México, se hizo cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores e Interiores. En ese puesto, colaboró con Miguel Ramos Arizpe en la redacción del Acta Constitutiva de la Federación Mexicana y consiguió negociar con los estados para que se confederaran.

Cuando Alamán se hallaba en su tercera década de vida era liberal, federalista y promotor del proteccionismo para desarrollar la industria nacional. Eso le ganó la enemistad de los comerciantes extranjeros, que impulsaron una rebelión en su contra, encabezada por Santa Anna.

En cambio, el Alamán más viejo, el que vio cómo Texas se separaba de México, cómo había rebeliones y cambios de gobierno constantes, y se percató de la amenaza de Estados Unidos para el país, se volvió muy conservador. Consideró que la nación mexicana era católica y con valores hispanos, y que traicionar esa herencia era lo que conducía al caos.

Entre 1844 y 1849 publicó unas Disertaciones sobre la historia de la República Megicana, en las que postulaba que Hernán Cortés era el padre de la nación y que todo se debía a los trescientos años de dominación española. Poco después, cuando Estados Unidos despojó al país de Nuevo México y California, publicó la Historia de Méjico, un relato de la guerra de independencia en el que mostraba dos cosas: primero, que la economía de Nueva España era próspera y los insurgentes acabaron con ella; segundo, que la independencia se consiguió respetando los valores en los que él creía, la religión y la unión con los españoles, y que los gobiernos de la república federal habían destruido esos principios.

Resulta muy importante referir que Alamán decidió relatar la historia de la guerra de independencia poniendo atención, sobre todo, a los proyectos constitucionales. Por ello, su relato empezó en 1808, cuando los criollos del ayuntamiento de México sugirieron, junto con el mercedario Melchor de Talamantes, el establecimiento de una junta que guardara los derechos de Fernando VII. Su descripción de la insurrección de Miguel Hidalgo es muy parecida a la que hicieron otros historiadores, incluidos los liberales Mora y Zavala: la refiere muy violenta, sin orden y anárquica. En cambio, fueron mejor apreciados los empeños de Ignacio López Rayón por consolidar una junta de gobierno y de José María Morelos por establecer un congreso. Alamán también puso atención a las elecciones y a las Cortes españolas, aunque criticó ferozmente a las de 1820-1821, sin importar que él mismo hubiera participado en ellas.

La decisión de Alamán por hacer que el constitucionalismo fuera el eje de su relato fue retomada por otros historiadores tiempo después, incluso liberales. En cambio, dedicó menos atención a otros insurgentes, sin importar que hubieran permanecido más tiempo en armas, como los de Guanajuato o los de los Llanos de Apan.

El objetivo de Alamán era justificar su posición política, una en la que se señalara que México podía ser una nación independiente, pero sin romper con su herencia y sus valores. En esos mismos años, en los periódicos El Tiempo y El Universal, él y otros notables políticos, también decepcionados por el caos de la vida independiente de México, postularon la creación del partido conservador. Las dos obras de historia de Alamán le dieron sustento histórico.

En 1853, Santa Anna, el mismo que antes se había aliado con Guerrero y Zavala, y con Gómez Farías y Mora, estableció su último gobierno, apoyado por el partido conservador, aunque incluyó a notables liberales, como Miguel Lerdo de Tejada. Al final, ese gobierno fue una dictadura que no satisfizo ni a conservadores ni a liberales.

 

Los santannistas y la nación mexicana

 

Como he señalado, Santa Anna hizo alianzas con todos los grupos políticos. Empezó su carrera militar bajo las órdenes del ejército real de Nueva España, luego se unió a Iturbide, después apoyó la república, más tarde se rebeló a favor de Guerrero y en contra de Gómez Pedraza, y luego se rebeló en contra de Anastasio Bustamante y a favor de Gómez Pedraza. En distintos momentos, apoyó el proteccionismo de ciertos productos, como el algodón, pero también el libre comercio. Por supuesto, la memoria que tenemos de Santa Anna también ha sido forjada por el trabajo de historiadores.

Juan Suárez y Navarro publicó en dos volúmenes una Historia de México y del general Antonio López de Santa Anna (1850), y José María Tornel su Breve reseña histórica de los acontecimientos más notables de la nación mexicana (1852). En ambas obras, se destacaba cómo la historia del general veracruzano se entremezclaba con la de México de tal manera que podía considerarse que los primeros 35 años de vida independiente eran inexplicables sin Santa Anna.

Por supuesto, ambos autores pretendían elogiarlo pero, con el paso del tiempo, la imagen que los mexicanos tenemos es la de un periodo de conflictos, guerras civiles, pérdida de territorios y del honor nacional, y en todo eso estuvo involucrado el general veracruzano.