• 23-sep-2019.

La colonización italiana en México

Éxitos y fracasos de un proyecto porfiriano
Rebeca Inclán Rubio

 

Durante el siglo XIX, México atravesó por un periodo de turbulencias políticas y sociales que provocaron el estancamiento de la economía. Para contrarrestarlo, los diferentes gobiernos buscaron impulsar el desarrollo del país atrayendo colonos e inmigrantes, con el fin de apoyar las metas del liberalismo: modernidad, paz y progreso.

 

 

Los ideólogos que en el siglo XIX apoyaron la llegada de extranjeros a nuestro país conocían bien la realidad mexicana: la población era escasa y la tierra abundante, fértil y baldía. Estas eran las premisas en que se basaba la necesidad de atraer colonos extranjeros culturalmente afines con la población como los belgas, españoles, franceses e italianos, con quienes se compartía lengua o religión.

 

Los gobiernos liberales impulsaron proyectos de colonización regulados por diferentes leyes, como las de 1824, 1875 y 1883, que permitirían deslindar, medir y fraccionar terrenos baldíos propiedad de la nación, así como modernizar los procesos productivos del campo con el fin de obtener tierras necesarias para el establecimiento de las colonias.

 

Los primeros italianos

 

Después del triunfo liberal en la Revolución de Ayutla en 1855, se retomó el proyecto de la colonización extranjera como promotora del desarrollo económico del país. El Ministerio de Fomento propuso el establecimiento de cuatro colonias de italianos en el camino entre Xalapa y el puerto de Veracruz. Los colonos llegaron a Tecolutla en 1857, pero el clima, el paludismo y la lucha civil por la Guerra de Reforma hicieron estragos en el grupo. En 1862 se estableció a los sobrevivientes en Cristo, cerca de Tecolutla.

 

Con la promulgación de la ley del 31 de mayo de 1875, se autorizó al poder Ejecutivo para realizar proyectos de colonización, los cuales se llevarían a cabo a través de la firma de contratos con empresas particulares. Durante el periodo 1878-1882, se firmaron algunos con Enrico Valentino Conti, Sociedad Rovatti y Cía., Francisco Rizzo y José A. Fulcheri, con el objetivo de establecer colonos italianos en México.

 

La misión de los proyectos de colonización era construir una clase agraria mexicana que mejorara las condiciones del campo a partir de la introducción de innovaciones en los cultivos. Para alcanzar este fin, la ley establecía que los colonos emigraran con sus instrumentos de trabajo, los que quedarían exentos del pago de derecho de introducción.

 

Los italianos que llegaron a las colonias agrícolas en México reproducirían el modo de vida que tenían en su país natal, pero en un ambiente menos hostil. Además, podrían adquirir propiedades siguiendo las condiciones establecidas por el gobierno, lo que los ayudaría a mejorar su situación económica.

 

Durante el gobierno de Manuel González (1880-1884), su secretario de Fomento, el general Carlos Pacheco, consideró a la colonización italiana como su carta fuerte para conseguir la presidencia. Se esperaba el arribo de doscientos mil colonos, pero solo llegaron poco más de tres mil, de los cuales casi la mitad emigró a Estados Unidos o regresó a Italia. Por otro lado, entre 1884 y 1888, aquellos inmigrantes establecidos en Cristo fueron trasladados a la población de Gutiérrez Zamora. Entonces, el presidente Porfirio Díaz legalizó su situación; además, les repartieron tierras y les dieron certificados de propiedad.

 

¿Por qué emigraron?

 

Europa vivió durante el siglo XIX un periodo de migraciones masivas e Italia fue uno de los principales países expulsores de su población. Diversas causas provocaron su salida, sobre todo de aquellos que eran originarios de las provincias norteñas de Véneto y Trentino: la crisis en el campo durante la década de 1870, la cual no se resolvió con la presencia de los sistemas tradicionales y provocó la emigración de campesinos y pequeños propietarios; las inundaciones provocadas por el río Piave en la región de Véneto, así como el cambio de estructuras económicas y sociales que obligó a miles de italianos a mejorar sus condiciones de vida.

 

Los italianos que llegaron a México eran pequeños campesinos originarios de cuatro provincias distintas: Lombardía, Piamonte, Trentino y Véneto, quienes no compartían una cultura común, pues solo habían pasado dos décadas de la unificación de su país (1861) y entre sus provincias y comunas existían diferencias regionales y una gran variedad de dialectos, situación que se vio reflejada en el desarrollo de sus colonias en México.

 

Los campesinos de la montaña italiana huyeron del medio rural, aunque no se encontraban entre los más pobres, sino que eran a quienes mayormente había golpeado la crisis de los años anteriores, lo que los obligó a emigrar en busca de trabajo. En este sentido, la propaganda que las autoridades mexicanas difundieron en Italia fue definitiva.

 

¿Cómo llegaron?

 

Uno de los medios utilizados para promover los programas de colonización fue la prensa. Il Raccoglitore y La Voce Cattolica eran periódicos de la región trentina en los que se mencionaban las ventajas de ir a residir al extranjero. Este proyecto contó con el apoyo del gobierno italiano, de la opinión pública y de la Iglesia a través de sacerdotes locales que insistían en el carácter legal de esa empresa. La Voce Cattolica del 10 de septiembre de 1881 mencionaba: “dos familias compuestas por once miembros recibieron de su párroco […] la bendición para partir mañana hacia México en busca de pan y trabajo […] Dios les conceda buen viaje y buena fortuna”.

 

Además de dedicarse a las labores del campo, los italianos conocían otros oficios como la herrería, carpintería y panadería, los cuales habían aprendido cuando emigraban de manera temporal a las ciudades y con los que cubrían necesidades de su comunidad. Estos pequeños propietarios vendieron su tierra, ganado y bienes muebles para pagar su pasaje a México.

 

Varios grupos de ellos finalmente se embarcaron en una larga travesía. En ocasiones tenían que esperar varias semanas en un puerto italiano antes de que el barco zarpara. El viaje duraba alrededor de 45 días y las condiciones eran complicadas debido al hacinamiento de pasajeros, lo que provocaba el contagio de distintas enfermedades como sarampión, tifo y cólera. La investigadora Celia Constantini Spezia explica diversas situaciones que vivieron aquellos que emigraron a México:

 

“Arcángel Constantini y Rosa Apollonio cuando salieron de Italia tenían cuatro hijos pequeños: Hugo de 7 años, Silvia de 5 y las gemelas de 2, que fueron las que se contagiaron primero de sarampión, que atacó fuertemente, y por más que el médico luchaba por salvarlas, una de ellas murió […] Don Jacobo llegó con sus padres y otras 66 familias italianas […] Fue un viaje de 46 días, desde un puerto italiano a Veracruz, en donde tuvieron que esperar 40 días más para ser trasladados a la antigua hacienda de San Bartolo Granillo, hoy Cholula.”

 

Este gran negocio de la emigración puso en juego los más variados intereses y actores sociales: agentes de migración, armadores, cónsules, funcionarios públicos y los propios colonos. El investigador José B. Zilli Manica menciona que, como resultado de los contratos firmados entre las sociedades italianas y los representantes del gobierno mexicano, emigraron tres grupos de colonos procedentes del puerto de Génova. Los barcos que realizaron la travesía fueron: el Atlántico con dos viajes, el Casus y el Messico, que llegaron al país entre octubre de 1881 y septiembre de 1882.

 

Este proyecto fue el que logró traer al más grande grupo de colonos que se dedicaron a la agricultura, compuesto por 2 500 campesinos, entre los que se encontraban hombres, mujeres y niños. La iniciativa despertó grandes expectativas, en especial por la propaganda que hizo el gobierno federal, apoyado por la prensa. El historiador Moisés González Navarro escribió: “Al fin el 19 de octubre de 1881 llegó a Veracruz el primer grupo de 430 colonos procedentes del Véneto, Tirol y Lombardía; el periódico La Libertad los recibió entusiastamente: ‘Salud a los que vienen en nombre del trabajo’. Los italianos desembarcaron al grito de ‘¡Viva México!’”.

 

En un telegrama del 3 de noviembre de 1881, una autoridad de Huatusco (en Veracruz) informó al secretario de Fomento, Carlos Pacheco, sobre el recibimiento a los recién llegados: “Gran entusiasmo en la población para recibir colonos, prepárense músicas y Sociedad de Socorros mutuos sale a recibirlos con banderas. Todos los que ya tienen bestias de carga o sillas, han salido muy temprano a encontrarlos. Yo salgo en este momento acompañado de numerosos amigos”.

 

¿Cómo se establecieron?

 

El gobierno estableció a las familias italianas en comunidades en las que se recrearían las condiciones de vida que tenían en su país natal, con el fin de alcanzar el desarrollo económico que habían imaginado los ideólogos decimonónicos. Así, los recién llegados empezaron a vivir en pequeñas comunidades que denominaron colonias, en las que existieron diferencias y coincidencias con los mexicanos.

 

Los italianos que arribaron entre 1881 y 1882, como resultado de contratos entre empresas privadas y el gobierno mexicano, fueron establecidos en las siguientes colonias del país: Manuel González, en Huatusco, Veracruz; Porfirio Díaz, en Tlaltizapán, Morelos; Carlos Pacheco, en Tlatlauquitepec, Puebla; Manuel Fernández Leal (ahora Chipilo), entonces en Cholula (hoy parte del municipio de San Gregorio Atzompa), Puebla; Díez Gutiérrez, en Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, y Aldana en Azcapotzalco, Distrito Federal.

 

Los contratos estipulaban condiciones económicas favorables para los italianos. Entre las más importantes estaban: traslado y manutención de los colonos a cargo del gobierno durante dos años; establecimiento de las colonias en terrenos fértiles y poblaciones cercanas a Ciudad de México, Puebla, San Luis Potosí y Veracruz; venta de terrenos pagaderos a diez años; exención del servicio militar y del pago de contribuciones, así como del pago de prima de protección por la introducción de nuevos cultivos o industrias.

 

¿Cuáles fueron sus problemas?

 

Pese a lo anterior, no siempre se cumplieron las condiciones estipuladas en los contratos, pues hubo elección de comarcas insalubres y especulación con las tierras elegidas, así como trabajo deficiente de los funcionarios encargados de seguir el establecimiento y desarrollo de las colonias. Aparte, los colonos se encontraron con un clima cálido, diferente al de sus regiones de origen, lo que en ocasiones les provocó enfermedades e incluso la muerte. La señora Marica Zanella de Schievennini –cuyos padres y suegros llegaron a Veracruz en el barco Atlántico en 1882– comentó: “algunos colonos se morían en el trayecto de Veracruz a la colonia asignada”.

 

La mayor parte de los italianos desertaron de las primeras colonias y sus lugares fueron ocupados por inmigrantes recién llegados o por mexicanos. Aunque la desintegración de estos asentamientos no fue total, en apenas dos años solo quedaban poco más de mil de sus residentes, de los 2 500 que habían llegado inicialmente. Debido a ello, varias colonias desaparecieron y sus habitantes emigraron a otros lugares dentro y fuera del país.

 

En 1896 se abandonó el proyecto de colonización oficial porque era muy costoso y sus resultados eran menos eficaces que los de las compañías privadas. Los objetivos principales de esta empresa porfiriana no fueron los esperados. La modernización de las actividades en el campo, así como el impulso a la pequeña propiedad que el gobierno quería que llevaran a cabo los italianos solo se dio de forma parcial y localizada. Además, las colonias agrícolas no lograron modificar la estructura agraria del país y tampoco se dio un profundo mestizaje.

 

Diversos factores impidieron alcanzar la tan anhelada modernización mediante el proyecto de colonización; entre ellos: la predominancia de latifundios en toda la República, los altos costos para la realización de la empresa, el número insuficiente de colonos. Aparte, la ideología que vinculaba a los europeos con la modernidad y les concedía una superioridad frente a los nacionales comenzó a perder vigencia por no corresponder con la realidad.