El temible pirata chino Limahon

Especialista en atacar galeones novohispanos
Leticia Mayer Celis

 

Las incursiones de piratas en Asia representaban un gran peligro, ya que podían coordinar una numerosa flota con embarcaciones de gran tamaño y rendir importantes puertos.

 

Después de que, en 1565, se descubrió el tornaviaje, que fue la ruta que se encontró para regresar de Asia a América, los españoles fundaron la ciudad de Manila en las islas Filipinas. Se decidió que estas nuevas tierras conquistadas pertenecían al virreinato de Nueva España. En ese lugar se realizó todo un rico intercambio de bienes entre hispanos y mercaderes principalmente de China y Japón que llegaban a aquellas islas para comerciar.

En el año de 1574 el pirata chino conocido por los castellanos como Limahon contaba con más de 62 barcos y una tripulación de cerca de 2,000 personas, entre artesanos, mujeres y desde luego guerreros entrenados. Durante años asoló las costas de China. Las autoridades de aquel país intentaron negociar con el filibustero, pero Limahon mandó cortarles la cabeza a los emisarios del emperador. El monarca, enfurecido, envió a sus mejores marineros en una amenazadora flota compuesta por gran número de barcos, lo que hizo que Limahon tuviera que huir a los mares del sur, cerca de la isla de Luzón, donde ya prosperaba exitosamente la capital del archipiélago de las islas pertenecientes a la Corona española.

En un ataque, el filibustero abordó uno de los barcos que iban de Manila a Fujian, ni más ni menos que una de las naves de la nao de China que iba cargada con plata de la Nueva España. Ante la riqueza encontrada en aquel barco “cargado de oro y muchos reales”, Limahon decidió atacar Manila, lugar de residencia de comerciantes y colonos castellanos y novohispanos. Durante la noche del 30 de noviembre de 1574, el pirata arremetió a la dormida y descuidada población. Pese al sigilo de la operación, algunos nativos vieron pasar por las costas más de “cincuenta lumbres” y avisaron al capitán Juan Salcedo que estaba en la costa de otra de las islas Filipinas. Salcedo organizó a sus 54 soldados con arcabuces y se fue a Manila. La ayuda fue inapreciable. El pirata con su flota se adentró río arriba, con la idea de establecerse más o menos a una legua de Manila. Esto dio la posibilidad a los castellanos de reorganizarse.

Posteriormente, el 30 de marzo de 1575, los castellanos respondieron con el mismo sigilo, en una contraofensiva a cargo de Juan de Salcedo, que partió con 59 navichuelos. Llegaron en la madrugada sin ser oídos. Desembarcaron cuatro piezas de artillería y se transportaron a la parte más angosta del río para cerrarlo con las naves que llevaban, de manera que no pudieran salir los barcos del pirata. Cercaron la villa del filibustero por el río y por tierra y atacaron de manera que quemaron parte de la armada y mataron a muchos de los corsarios. Además, lograron tomar varios prisioneros.

Así estaban las cosas cuando el capitán chino Omoncon llegó a Manila en persecución de Limahon. Al enterarse de lo sucedido y ver que los castellanos habían logrado acorralar al pirata, además de hacer más de cincuenta prisioneros entre la gente del corsario, se impresionó mucho y ofreció llevar a algunos españoles a China. Esta fue la primera vez que de manera legal lograron entrar hispanos al gran reino de Asia.

El gobernador de Filipinas, Miguel López de Legazpi, entusiasmado con la posibilidad de entrar a China, mandó a los agustinos Martín de Rada y Jerónimo Marín, junto con algunos soldados e intérpretes chinos, como embajadores del rey de Castilla con cartas y presentes para los funcionarios de Zhaoqing en Cantón. También entregó al capitán Omoncon 52 cautivos entre hombres y mujeres. Aparentemente algunas de estas mujeres eran personas de alcurnia que Limahon había robado en sus ataques a las costas de China.

El barco partió de Manila el 12 de junio de 1575. Hicieron algunos recorridos para recoger más navíos que acompañaban a Omoncon, así como a uno de los intérpretes, por lo que el martes 5 de julio llegaron al puerto de Xiamen. Aquí comienza la primera descripción de Rada sobre China: “era cosa de ver en aquella entrada al puerto donde podían caber infinitos navíos y muy seguro y limpio y fondable”. Posteriormente fueron escoltados hasta Tongan. El agustino narra cómo llegaron a conocerlos tres capitanes en nombre del gobernador.

Una de las cosas que más impactó al misionero fue el ceremonial de los chinos de más alcurnia, que no habían visto entre los mercaderes que hasta aquel momento habían conocido en Filipinas: “después de muchos cumplimientos porque es gente que los sabe tener y aun nos eran a las veces pesados con tanto cumplimiento y ceremonial”. Estos capitanes les llevaron frutas y colaciones. Solo uno de aquellos mandarines se quedó como guía y protector de los hispanos durante todo aquel maravilloso viaje.