• 24-oct-2020.

Woodstock, el festival que nos cambió

(Lado B)

Ismael Villafranco

A inicios de los sesenta llega a San Francisco un joven de quince años llamado Carlos Santana, nacido en Autlán, Jalisco, y con una breve niñez en Tijuana, en donde conoció a otro chamaco Javier Bátiz, quien le enseñó a tocar como BB King, Ray Charles y Little Richard.

 

El 15 de agosto de 1969, el escenario de Woodstock estaba listo para comenzar, no así las bandas programadas. Tras el inevitable retraso, se le solicitó a Richie Havens arrancarse, pues era el único que estaba presente para hacerlo. Aceptó, pero temeroso del impredecible comportamiento de la audiencia tras horas de espera. Nada más que amor lo recibió, y mientras reemplazaba una cuerda rota tras una canción, platicó con el público y les profetizó que a partir del siguiente día el mundo sabría de ellos lo maravilloso que fueron y lo grandioso que lograron hacer y presenciar. No exageraba: la ciudad de Nueva York estaba convirtiéndose en la capital mundial de la cultura de la posguerra, así que no había mejor lugar para que resplandeciera también la contracultura.

Tras la invasión de Alemania en París, en la Segunda Guerra Mundial, la forzosa emigración cultural encontró en Nueva York su exilio, también apoyado por Peggy Guggenheim, quien tras la muerte de su padre en el Titanic utilizó su herencia para vivir en el París en los años veinte, en donde conoció a Duchamp y las entrañas del mundo de la plástica, permitiéndole convertirse en galerista y coleccionista del naciente arte moderno. Así cobijó en Nueva York a creadores como Leonora Carrington, Frederick Kiesler, Ozenfant, André Breton, Mondrian y Max Ernst, con quien se casaría en los cuarenta.

De su lado, en la costa oeste de Estados Unidos, California era la otra meca cultural que, con el crecimiento sustancial del uso del automóvil, evocaba la libertad kilométrica hacia cualquier dirección. Y, claro, la industria del cine tuvo en Hollywood su mayor capitalización, pues evadía impuestos que esa industria había estipulados en la costa este.

A inicios de los sesenta llega a San Francisco un joven de quince años llamado Carlos Santana, nacido en Autlán, Jalisco, y con una breve niñez en Tijuana, en donde conoció a otro chamaco Javier Bátiz, quien le enseñó a tocar como BB King, Ray Charles y Little Richard.

En San Francisco, Santana asistió a un concierto de BB King en donde anheló las muestras de amor que la audiencia, de todos los colores, le prodigó al guitarrista afroamericano por hacer lo mismo que él amaba hacer, pues como mexicano sufrió en carne propia el racismo. Y un día los del Greatful Dead pararon a comer en el restaurante de hamburguesas en donde Carlos trabajaba: “es el momento para que hagas cualquier otra cosa, conviértete en músico de tiempo completo sin importar nada más”. Siguió su consejo e integró una banda multiétnica que pensaba en encontrar un balance entre el blues y los ritmos africanos.

Las primeras presentaciones de esta banda fueron en el Fillmore West, donde Bill Graham, un exrefugiado de la Segunda Guerra, además de ser el dueño, les ayudó a conseguir muchas de sus primeras presentaciones, la mayoría con el Partido Paz y Libertad, y gracias a él llegaron al Festival de Woodstock. Y es que el productor Michael Lang, al verse rebasado por la producción del festival, solicitó la ayuda de Graham, quien aceptó con la condición de que subiera a Santana al escenario, pues Bill también era promotor del Jefferson Airplane y del Grateful Dead, consiguiéndole 750 dólares por una presentación monumental a pesar de aún estar grabando su ópera prima con Columbia Records.

 

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El festival que nos cambió: Woodstock