Viejos sobrenombres y apodos de la Ciudad de México

Marco A. Villa

Quizá hoy tal descripción sobre “la muy Noble, Leal e Imperial Ciudad de México” (así nombrada en un plano de 1753) resultaría una ironía para millones de capitalinos, un absoluto “lema de la mitomanía”, como dice Carlos Monsiváis, pero en esos tiempos definía con justicia esta cualidad natural de la todavía ciudad novohispana que encontró Humboldt, a quien también se le atribuye –equívocamente– la legendaria frase “Ciudad de los Palacios”.

 

Viajero: has llegado a la región más transparente del aire”, es el conocido epígrafe que un jovencísimo Alfonso Reyes utilizó en su memorable Visión de Anáhuac, ensayo publicado en plenos aires revolucionarios en el que su autor recrea el valle de México que encontraron Cortés y los demás conquistadores españoles a comienzos del siglo XVI. Como se sabe, este Regiomontano Universal retomaba lo expuesto más de un siglo antes por el explorador berlinés Alexander von Humboldt, quien así se refirió a la pulcritud del aire que corría sobre el Altiplano mexicano, donde se encuentra la Ciudad de México.

Quizá hoy tal descripción sobre “la muy Noble, Leal e Imperial Ciudad de México” (así nombrada en un plano de 1753) resultaría una ironía para millones de capitalinos, un absoluto “lema de la mitomanía”, como dice Carlos Monsiváis, pero en esos tiempos definía con justicia esta cualidad natural de la todavía ciudad novohispana que encontró Humboldt, a quien también se le atribuye –equívocamente– la legendaria frase “Ciudad de los Palacios” de la que otros se cuelgan en nuestra época para referirse a la magnificencia, lujo y esplendor artístico de algunas edificaciones del cuadro central de la actual capital del país, a la que no pocos ciudadanos de otras entidades siguen llamando “México”.

En realidad, esa Ciudad de los Palacios al parecer fue escrita por vez primera en las cartas de Charles Joseph Latrobe, publicadas hacia 1836 bajo el título The Rambler in North America. Sin embargo, este viajero inglés no se refirió a estas presuntuosas características ni aduló su estética: “hagamos justicia a los viejos y severos conquistadores. Sus mentes parecen haber estado imbuidas del espíritu omnipresente de la tierra que conquistaron. Todo a su alrededor era extraño, maravilloso y colosal, y sus concepciones y sus trabajos llevaban el mismo sello. Mire sus obras: los muelles, acueductos, iglesias, caminos... y la lujosa Ciudad de los Palacios que se ha levantado sobre las ruinas construidas con arcilla de Tenochtitlan”.

Aunque lo dicho por Latrobe sobre la “Venecia de los Aztecas” –como él mismo la apoda también– pudiera ser pasado por el mismo filtro que utilizó el inmigrante francés Mathieu de Fossey en su libro Viaje a México (o Cartas desde México, como él lo presenta), a propósito de las críticas a la Ciudad de México que plasmó en su literatura la inglesa madame Calderón de la Barca, de que “no concurrieron en ella las condiciones para conocerlo todo y juzgar bien”, cierto es que el juicio Latrobe estimula la imaginación sobre aquella ostentosa capital que era nicho de acaudaladas familias y autoridades políticas y eclesiásticas, cuyos hogares y sedes emulaban palacios y palacetes europeos, unos verdaderos “delirios aristocráticos”, como expone Monsiváis en su escrito “México: ciudad del apocalipsis a plazos”.

Latrobe, como quizá ocurrió con tantos otros viajeros, observó los contrastes de estos edificios con las carencias de otros sectores de la población. Incluso, deja ver en otras páginas de este libro de viaje su postura crítica sobre esto al opinar sobre diversos aspectos de México, como su gente, tradiciones y otras ciudades –a Puebla la llama “ciudad de los fanáticos porque en ninguna parte de México el odio contra los de otra fe es tan manifiesto”–. Por su parte, Calderón de la Barca se expresó sobre “la ciudad de los palacios” de forma semejante a Latrobe: “qué imágenes son evocadas en el recuento de la simple narración de Cortés y qué a fuerza vuelven a la mente ahora, cuando, después de un lapso de tres siglos, nos encontramos por primera vez ante la ciudad de los palacios levantada sobre las ruinas de capital india”.

En México, un exponente de esta ambivalencia fue Guillermo Prieto, quien en 1842 publicó “Ojeada al centro de México” en el periódico El Siglo XIX: “He aquí la Ciudad de los Palacios y la Reina de las Américas con la vista a la catedral: si se va hacia la plaza del mercado, es otra cosa; allí hierve y se arrastra una población degradada y asquerosa”. En 1849, exponía en parecidos términos: “esta capital que me engrandece con sus palacios, que me enamora con sus mil encantos, que me enloquece con sus beldades, y que me interesa con su misma indolencia y abandono”.

La capital de México no fue la primera ni la única Ciudad de los Palacios en el mundo en el siglo antepasado, pues Berlín, Calcuta, Granada, Panamá y Génova lo tuvieron también. Con el tiempo, estas también atestiguaron la redefinición de su espacio y quizá obtuvieron nuevas definiciones a razón de ello, al igual que la Ciudad de México, que por muchas décadas solo estuvo conformada por la traza central y los barrios indígenas que la rodeaban (después colonias aledañas como la Americana (hoy Juárez) o la Santa María la Ribera), pero que al tiempo fue desbordándose hacia otros confines.

Así, durante el siglo XX vio germinar nuevos apodos a favor y en contra de su transformación que rápidamente corrieron de boca en boca entre residentes y visitantes, algunos provenientes de la literatura, el cine y la televisión: “la ciudad de los batracios”, por José Emilio Pacheco, la ciudad de la nube gris; “laboratorio para el exterminio”, de acuerdo con Monsiváis; Chilangolandia; “un gran museo”, según Salvador Novo… Pero de estos epítetos trataré en otra ocasión.

 

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