Un camino que se volvió barrio

La antiquísima plaza de Santa Catalina, en la Lagunilla

Jessica Ramírez Méndez

En el siglo XVI, la plazuela de Santa Catalina (o Catarina), en el corazón del Centro Histórico de la capital mexicana, comenzó siendo un camino intensamente transitado que poco a poco se volvió uno de los barrios más dinámicos de la ciudad, cuya identidad se construyó a lo largo de casi cinco siglos.
 

Quien se detiene hoy en la plaza de Santa Catalina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, difícilmente imagina todo lo que ha ocurrido en ese sitio durante casi cinco siglos. Entre el ir y venir del comercio, el tránsito constante y la silueta de la antigua parroquia, una figura parece observar la escena con calma: Leona Vicario. Desde su pedestal, en la esquina de República de Brasil y República de Honduras, la heroína de la Independencia mira un paisaje que para ella también habría sido antiguo. Su presencia abre una especie de umbral.
 

Transitar viejos caminos

Si pudiéramos retroceder hasta mediados del siglo XVI y nos colocáramos exactamente donde hoy se levanta la plaza, el escenario sería muy distinto. En lugar de automóviles veríamos recuas de mulas, carretas cargadas de mercancías, indígenas, españoles, africanos y asiáticos transitando sin descanso por uno de los accesos más activos de la ciudad. Escucharíamos el crujir de la madera, los gritos de los aguadores, el choque de los animales y el incesante movimiento de personas que entraban y salían de México-Tenochtitlan. Bastaría un instante para que el bullicio desembocara en violencia.
 

Eso fue precisamente lo que ocurrió en 1559. En la plazuela de Santa Catalina, un maestro carretero declaró que las carretas de un vecino habían embestido un chirrión –un pequeño carro de dos ruedas– recién construido, quebrándole uno de sus brazos. Al ver el daño, un esclavo africano salió a detener al indio que guiaba las carretas. La disputa escaló de inmediato: dos carreteros, montados y con las espadas desenvainadas, arremetieron contra él a golpes y empujones. Herido y sangrando, el esclavo respondió con piedras; luego se abalanzó sobre uno de sus agresores, lo abrazó y lo derribó. Entre gritos, amenazas y forcejeos, la riña terminó dispersándose.


A primera vista, el episodio parece una pelea más entre vecinos. Sin embargo, ese expediente permite asomarse a un proceso mucho mayor. La violencia no ocurrió en un rincón cualquiera de la ciudad, sino en un espacio donde convergían mercancías, trabajadores, viajeros y habitantes de muy diversos orígenes. La escena revela que Santa Catalina era ya un lugar de intensa circulación y convivencia cotidiana mucho antes de consolidarse como parroquia o como plaza reconocible del actual Centro Histórico.
 

Así, la pregunta central no es sólo cuándo apareció Santa Catalina, sino cómo un camino terminó por convertirse en barrio. Santa Catalina Mártir no apareció primero como un templo alrededor del cual fue creciendo un vecindario. Ocurrió exactamente al revés: durante el siglo XVI, un camino intensamente transitado fue reuniendo personas, oficios, comercios, viviendas y devociones hasta convertirse en uno de los barrios más dinámicos de la ciudad. La parroquia llegó después, intentando dar cohesión espiritual y administrativa a una comunidad cuya vida urbana ya estaba plenamente en marcha.

 

Un espacio de intercambio
 

Se suele explicar a la Ciudad de México del siglo XVI como una urbe dividida entre el centro donde vivían los españoles –la traza–, y los espacios indígenas que la rodeaban: San Juan Tenochtitlan, con sus parcialidades, y Santiago Tlatelolco al norte; pero ese esquema no alcanza para entender el surgimiento de Santa Catalina. El lugar estaba precisamente en un borde: cerca de Santo Domingo, en el límite septentrional de la traza, orientado hacia Tlatelolco y conectado con la calzada del Tepeyac. No era sólo frontera, era umbral.
 

Poco a poco, el camino dejó de ser sólo camino: se volvió corredor. El tránsito constante de carros implicó la transformación material, laboral y social de un borde urbano para hacerlo compatible con el acarreo. Las ruedas exigieron calles más firmes, oficios especializados, animales de tiro, ventas, corrales y autoridades dispuestas a intervenir cuando el tránsito se volvía imposible.

 

El barrio de la santa de la rueda
 

En ese contexto, la advocación de Santa Catalina adquiría una resonancia particular. La santa era recordada como una joven instruida en las artes liberales, capaz de disputar con sabios y autoridades, y firme ante el emperador romano que quiso quebrar su fe. Según la tradición, se mandó construir para ella una máquina de ruedas con filos destinada a destrozarla. Catalina oró y el artefacto se destruyó antes de herirla. Después fue decapitada. Su victoria sobre la rueda la convirtió en protectora de oficios ligados a ella, así como a mecanismos y herramientas cortantes; su fama de mujer docta la vinculó también con el estudio, la enseñanza y la universidad.
 

Así, en un entorno de carreteros, carretas, chirriones, torneros, herreros y circulación constante, la rueda de la mártir encontraba un eco material. No se trata de suponer que el barrio nació por una devoción perfectamente programada. La relación es más sugerente: la santa de la rueda quedó instalada en un espacio donde las ruedas comenzaban a marcar el pulso de la vida cotidiana.
 

La documentación permite seguir ese cambio. Para 1539, las actas de cabildo ya hablaban de un “barrio nuevo” en la calle que iba de Santo Domingo a las atarazanas. A inicios de la década de 1540, Santa Catalina era ya una pequeña iglesia; en 1557 debió ampliarse o rehacerse, pues se contrataron cuarenta carretadas de piedra blanca para su obra. Desde mediados del siglo XVI, la denominación de barrio de Santa Catalina comenzó a consolidarse.
 

El barrio se hizo visible en las propiedades, en los contratos y en las obras públicas. Las casas incorporaban altos y bajos, patios, corrales, tiendas, trastiendas y cocinas. No eran sólo viviendas: eran unidades donde se combinaban habitación, trabajo, guarda de animales, resguardo de mercancías y trato comercial. En 1563 se impuso un censo sobre casas situadas en el barrio, señal de que la zona era ya estable y apta para integrarse a circuitos de crédito y renta. Un año después se autorizó la venta de carne en la plazuela de la iglesia y, para 1575, se ordenó establecer una carnicería.
 

También las calles hablan
 

En 1567 se dispuso empedrar el trayecto hacia el puente que permitía pasar a la iglesia de Santa Catalina, cuidando niveles, corrientes y desaguaderos. En 1576 el corregidor mandó reparar calles porque estaban tan malas que no se podía andar por ellas. En 1582, el cabildo ordenó componer un tramo junto a la plaza: por allí debía pasar el Santísimo Sacramento y las carretas que abastecían las carnicerías. La infraestructura hidráulica era parte de esa vida urbana… continúa leyendo en la revista 215.
 


¿Cómo citar este artículo?

Jessica Ramírez Méndez, “Un camino que se volvió barrio. La antiquísima plaza de Santa Catalina, en la Lagunilla”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, pp. 26-33.


*Jessica Ramírez Méndez 
Doctora en Historia por la UNAM. Profesora e investigadora en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, donde imparte un seminario en el doctorado en Historia. Miembro del SNII, ha sido docente en la UNAM y en la ENAH. Su investigación se centra en la organización socioespacial de las ciudades novohispanas en los siglos XVI y XVII y sus reminiscencias como patrimonio cultural. Ha publicado libros, artículos y capítulos tanto científicos como de divulgación. Es autora de *Los carmelitas descalzos en la Nueva España* (2015) y coautora de *La Iglesia en el México colonial* (2021), *Una ciudad anfibia. México-Tenochtitlan en el siglo XVI* (2023) y *Un viaje fabuloso. Manual para elaborar recorridos culturales de patrimonio inmueble* (2024).