De allá por donde el calor florece de entre los cerros era Eugenia. La China, como era mejor conocida por sus ojos rasgados y su cuerpo pequeño, había nacido en el pueblo de Ocampo, Coahuila, hacia el año 1887. Era hija de un minero que nunca conoció, y había crecido con su madre. Era una muchacha sonriente, amable y de corazón dispuesto y apacible. Una personalidad que encajaba casi perfectamente con la de su marido, Armando Velarde. Zapatero de profesión, era un poco llenito, muy hablador y risueño (además de un poco enojón). Era amante de la aventura, y solía intercambiar historias con sus clientes en su puesto de zapatos. Eran una pareja ideal.
Hacia 1910, los levantamientos en contra de don Porfirio comenzaron en los estados del norte. Madero y otros líderes antirreeleccionistas habían despertado al gigante revolucionario, y cada día que pasaba, más hombres y mujeres se unían a las filas de los caudillos Villa y Orozco.
“Chinita, vámonos a la bola”. Armando veía la oportunidad perfecta para vivir en carne propia las historias de guerra y heroísmo que tanto había escuchado. “¿Para hacer qué? Ni sabes disparar una pistola. ¿Y qué haríamos con el niño?”. La China y Armando tenían un retoño de unos pocos meses, todavía inseparable del seno de su madre.
La verdad es que Armando tampoco estaba del todo convencido, pero no pasó mucho tiempo para que insistiera, hasta que hubo convencido a la China de unirse al movimiento. “Ándale, Chinita, vas a ver que no nos pasa nada. El bebé va a estar bien, y además ¿qué voy a comer allá? ¿Ves cómo te necesito?”.
A regañadientes, la China había accedido, y juntos se enfilaron al ejército de Villa.
Al poco tiempo, Armando era un sombrerudo más entre las filas del Centauro del Norte. Nunca había tenido una pistola en su vida, y mucho menos era un tirador nato. Tampoco sabía andar a caballo, así que formaba parte de las divisiones de infantería. La China era su fiel compañera, y adonde quiera que las tropas se desplazaran, ella iba con él.
Los primeros meses de la contienda transcurrieron lentos. Los combatientes eran pocos, y muchos eran inexpertos en el manejo de las armas.
En cierta ocasión, cuando las tropas acampaban en Chihuahua, unos ladrones se infiltraron durante la noche. Nadie los escuchó, excepto la China, que era de sueño ligero por cuidar a su pequeño. Sin dudarlo, tomó el revólver de su marido y, con total naturalidad, abatió uno a uno a los ladrones. Los disparos despertaron al campamento entero, y cuando se enteraron de la proeza de la Chinita, de inmediato el coronel la mandó formar parte de la tropa.
Las primeras batallas siempre son las más difíciles, y más crudas de lo que uno imagina. La China aún no se acostumbraba al campo de batalla sembrado de soldados caídos y heridos de todo tipo. El sonido de los cañones era atronador, una melodía bélica que solo se detenía para recobrar el aliento y seguir. El galope de los caballos se mezclaba con los gritos de los soldados: jóvenes heridos llamando a sus madres, oficiales lanzando órdenes en el fragor de la batalla y experimentados combatientes injuriando al enemigo; era un completo caos.
Ahora una auténtica soldadera, la China, tenía un par de bandoleras ataviadas a su rebozo. Con el revólver tenía una puntería envidiable, y a menudo, los soldados bromeaban diciendo que tenía mejor tino que su marido. Durante las batallas se ayudaba de su pequeño cuerpo para salir ilesa de entre las balas, y tenía semejante valentía “que hasta la Huesuda le temía”. Poco a poco la China fue ganándose el respeto de todos, hasta del mismísimo coronel.
Los paisajes del norte eran como ninguno otro. Al anochecer, los tonos anaranjados del cielo se mezclaban con el desierto, hilados por las sierras y montañas que pueblan la región. Durante el día, el sol abrasaba a todos aquellos a su alcance, y durante la noche, la luna y las estrellas espiaban cada sombrero, rifle y caballo bajo la bóveda celeste.
Pero la vida en el desierto no era sencilla. La comida escaseaba, haciendo de los estómagos vacíos una constante. Y las temperaturas, altas como las montañas mismas durante el día, bajaban por la noche para seguir debilitando a todos por igual. No era extraño que los enfermos perecieran. Entonces la guerra no era contra federalistas o antirreeleccionistas, sino contra el hambre y el clima.
La guerra no es lugar para un niño (mucho menos un infante). El bebé de la China y Armando enfermó gravemente por falta de alimento y poco después falleció. Eugenia se volvió seria y distante, y no luchó por un largo tiempo. La muerte los acompañaba en su día a día; lo sabían, pero no se imaginaban que fuera su niño el que muriera.
Los meses transcurrieron, plagados de asaltos furtivos y batallas encarnizadas contra los federales. Ambos bandos se reducían después de los enfrentamientos, pero los villistas se nutrían de nuevos combatientes día tras día. Los federales, en cambio, iban cediendo terreno poco a poco a los revolucionarios. Esta tendencia siguió hasta que el norte fue tomado.
Una vez vencido Díaz, parecía que la aventura había terminado para la China y Armando, pero la paz duró poco cuando Orozco y los suyos se negaron a ser disueltos por el nuevo gobierno de Madero. Ahora los villistas se encargarían de derrotar a los sublevados que una vez habían llamado “aliados”.
La nueva campaña fue distinta de la anterior. Antes luchaban contra los federales, pero ahora se enfrentaban a personas iguales a ellos: jornaleros, bandidos, veteranos y adelitas que, de una u otra manera, habían terminado envueltos en la lucha.
Fue en una batalla contra los orozquistas que Armando pereció. Eugenia, como aún estaba de luto por su niño, no había luchado aquella vez. Pero según le contaron, los sublevados, reducidos en número, estaban asediados por las tropas de Villa. Al ver que se batían en retirada, algunos soldados –entre ellos Armando– se lanzaron a tomar las últimas posiciones defensivas. Pero en una bodega que servía de arsenal, un oficial enemigo detonó los explosivos del batallón, muriendo en el acto y llevándose consigo al buen Armando.
Tras la muerte de su marido, no fueron pocos los hombres que intentaron abusar de la China, y ella les contestaba de la misma manera: desenfundando su revólver y apuntando a los machitos, para luego gruñirles una leperada mientras regresaban por donde habían venido.
La partida de Armando y su hijo le había dejado un vacío en el corazón. Ya, vencidos Orozco y sus tropas, la China se preguntaba qué hacía ahí. La razón por la cual se había unido a los villistas era su marido, su querido Armando. Pero él ya no estaba, y su dulce niño tampoco. ¿Qué, entonces, la mantenía en aquella lucha? ¿Qué la hacía soportar las condiciones tan deplorables y las depreciaciones que sufría al ser una “marimacha”? ¿Qué le permitía sobrevivir el fragor de batalla tras batalla, arrebatando vidas enemigas (padres e hijos de alguien más)? ¿Qué la hacía seguir allí, y no abandonar todo y volver por su camino? Durante sus años en el ejército, Eugenia había conocido personas que combatían por muchas razones: campesinos que querían recuperar sus tierras, idealistas que luchaban por un mejor gobierno, bandoleros en busca aventuras, adelitas que habían estado con muchos hombres; en fin, cada persona tenía una razón para luchar. La China había tenido un motivo –en realidad dos– hace tiempo, pero ahora pertenecía a un grupo reducido que no tenía bien claro por qué peleaba.
Una tarde, cuando las tropas se movían en tren hacia el sur, una comadre se le acercó a Eugenia. “Chinita, ¿no has pensado en juntarte con otro hombre? Hace tiempo que Armando murió y todavía te ves muy apagada. Vas a ver que te sientes mejor”. Pero la China no quería a ningún otro hombre en su vida. Quería a Armando y a su hijo de vuelta.
En una noche cálida se encontraban las tropas acampando. El cielo estaba despejado y se podían escuchar a los coyotes aullar en la lejanía. La China estaba pensando en el sentido de su lucha, cuando de repente les cayeron los pelones. Como ella estaba despierta no la agarraron por sorpresa, al contrario de muchos otros que murieron. Pero ella tampoco salió ilesa. Un oficial enemigo abusó de ella y la golpeó tanto que pensó que moriría, mientras le decía que “eso le pasaba por andar con la bola, a ver si se estaba quieta”. El pelón la dio por muerta, pero sobrevivió, maltrecha y gravemente herida, y con una rabia como nunca.
Este episodio le había recordado el de hace unos años, cuando unos ladrones se habían intentado meter al campamento y ella los había despachado con el revólver de Armando. Aquella vez había podido defender a su hijo, a su marido y a sus compañeros. Pero esta vez no había podido defenderse ni a ella misma. Ahora tenía claro que no iba a volver a casa, no sin antes vengarse, por la memoria de Armando, de su hijo y la suya.
En 1913 Madero había sido asesinado por Huerta y otros conspiradores, ocasionando que los villistas (en conjunto con Carranza y otros líderes) tomaran las armas de nueva cuenta. En la campaña contra el Usurpador, la tristeza y el dolor eran el fuego que mantenía el espíritu de la China. Al no tener nada que perder, Eugenia era ahora más aguerrida y valiente. Quería vengarse, tener de vuelta a su marido y a su hijo, pero cada enfrentamiento la dejaba más desdichada que antes. Durante cada batalla, sus ojos rasgados centelleaban fuego, y su carabina era más certera y letal que nunca. Su coraje causaba inspiración y envidia por igual, e incluso le compusieron corridos.
La China fue escalando rangos dentro del ejército. Ahora convertida en teniente, le propuso al general formar su propio batallón de soldaderas, con algunas de las mujeres que supieran disparar un revólver. Inmediatamente descartaron su idea y la tacharon de ridícula. Pero si algo le había enseñado la guerra a Eugenia, era no rendirse nunca, y si tenía que abandonar a los villistas para formar su propia facción de soldaderas, que así fuese.
Y entonces, con un puñado de mujeres, la China desertó y conformó su propio batallón de mujeres.
Con tan solo una decena de combatientes comenzó el nuevo capítulo de la China. Fue lento el proceso de instrucción, pues pocas eran las mujeres diestras en el manejo de las armas. Pero, al cabo de unos meses, las Golondrinas, como se hacían llamar, sumaban poco más de un centenar de efectivas. Participaron en pocas batallas de la Revolución, por lo general en emboscadas y ataques relámpago a los pelones, logrando debilitar en el norte a las tropas del general Huerta.
Al concluir la Revolución, la China y sus Golondrinas fueron disueltas por Carranza, sin reconocimiento ni agradecimiento alguno por su heroísmo y sacrificio, mucho menos remuneración por sus servicios.
Lejos de sentirse ofendida, la China se sentía agradecida por todo lo que le había tocado vivir. En especial con Armando, que si no fuera por él, no estaría donde ahora. ¡Ah, cómo lo extrañaba!, pero contrario a como había pensado hacía tiempo, quizá ya fuera hora de sentar cabeza de nuevo, después de todo; ahora tenía muchas historias que compartir. No encontraría a otro Armando, de eso estaba segura, pero posiblemente sí a un hombre que la hiciera reír y estuviera dispuesto a acompañarla a buscar aventuras.
Ahora, de camino a casa después de varios años, la China era una mujer distinta de cuando se había unido a la bola. Regresaba montada en su caballo, con el fusil tintineando en su espalda, el rebozo ondeando al viento y varias cicatrices en el cuerpo; pero más importante, volvía con historias de todo tipo. Historias de valentía, historias de tristeza, historias para reír, historias de miedo y una de las mejores historias de amor. Después de todo, las personas son el cúmulo de historias que pueden contar, y las que se cuentan sobre ellas mismas.
Allá a lo lejos iba la China,
con los ojos rasgados
y fijos en el horizonte,
de regreso a las montañas
que resguardan el lejano norte.
Allá a lo lejos se distingue a la China,
con el sombrero de ala ancha
y la carabina a la espalda,
lista para defender a todo aquel
que del norte se haga saber.

