El Palacio Nacional es uno de los enclaves históricos que rodean la imponente Plaza de la Constitución de la ciudad de México. Debajo de él reposan, como mudos testigos del pasado, vestigios de la antigua Tenochtitlan. Fue la casa de Hernán Cortés, morada de los virreyes de la Nueva España, palacio de los emperadores Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo, así como sede oficial de la presidencia de la República desde el siglo XIX hasta nuestros días. Casi cinco siglos de existencia lo han convertido en espejo de nuestra historia y símbolo del poder político de México.
La construcción del palacio comienza en 1523, dos años después de la conquista de México. Su origen está marcado por el encuentro de Cortés y sus soldados con la gran Tenochtitlan en 1519. Lo visto por ellos rebasó todo lo imaginable. El espacio donde se erigían los templos sagrados y de gobierno los llenó de asombro, al que igual que el orden y desarrollo urbanístico y el gran conjunto ceremonial y político.
Atraído por el esplendor de la urbe, Cortés imaginó riquezas y poder, fraguó traiciones, discurrió complicidades, asesinó e hizo la guerra. El 13 de agosto de 1521 la sede del imperio mexica fue avasallada y las casas del huey tlatoani Moctezuma II fueron destruidas. En poco tiempo, la ciudad quedó en ruinas. El propósito último del conquistador era sepultar en el olvido a la gran Tenochtitlan y construir sobre ella la capital del imperio español en estas tierras.
De Tenochtitlan a la Nueva España
Los primeros espacios ocupados por los conquistadores fueron las Casas Nuevas de Moctezuma, el más importante centro administrativo mexica edificado por ese gobernante que estuvo en el poder de 1502 a 1520.
La construcción del palacio culminó en 1550, entre encendidas disputas legales del conquistador con las autoridades enviadas por el rey de España. A la muerte de Cortés en 1547, la obra constaba de tre
Años después, agobiado por deudas económicas, en 1563 el hijo del conquistador, Martín Cortés, vendió el recinto a la Corona. De inmediato fueron trasladadas ahí algunas dependencias virreinales, para lo cual el gobernante novohispano Luis de Velasco (1550-1564) encargó al arquitecto Claudio Arciniega reparar y adaptar las habitaciones de la Casa Real de los Virreyes. Aunque pasarían todavía tres años para que un mandatario, Gastón de Peralta (1566-1568), habitara el Palacio Virreinal. A partir de entonces este edificio fue sede de la más alta autoridad política de la Nueva España y del aparato administrativo en que descansaba su gobierno.
En el último tercio del siglo XVI, el recinto parecía una fortaleza, aunque sufría frecuentes deterioros a causa de las inundaciones y sismos en la ciudad, lo que se traducía en gastos cuantiosos por su arreglo y mantenimiento. A pesar de ello, en el lado norte se construyó la Casa de Moneda (1571) y la Real Cárcel de Corte (1578).
Al finalizar la centuria, muchas eran las personas que habitaban en el Palacio; estaba el virrey con sus familiares, criados y protegidos, además de funcionarios y militares, los oidores de la Audiencia y oficiales reales, también con su parentela.
Blanco de ataques
En el siglo XVII el Palacio Virreinal consolidó su imagen como símbolo del poder político. Puertas adentro, el virrey y su corte vivían al modo aristocrático de las casas reales europeas. Con sus bailes, banquetes, funciones de teatro y demás fiestas, la élite novohispana exhibía su abundancia y preeminencia social.
Afuera, el recinto era, al mismo tiempo, objeto de reverencia y blanco del encono social.
El 15 de enero de 1624, una revuelta de indígenas, mulatos y mestizos incitados por religiosos y encabezados por el arzobispo de México, Juan Pérez de la Serna, irrumpieron en el palacio al grito de "¡Viva la fe y muera el mal gobierno de este luterano!". En medio de la multitud que saqueaba muebles, enseres y documentos personales, el virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves, huyó disfrazado como uno de ellos para después refugiarse en el convento de San Francisco.
El siguiente virrey, Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo, ordenó a los arquitectos del recinto reparar los daños sufridos durante el motín y embellecer su aspecto. Así, en 1628 el arquitecto Juan Gómez de Trasmonte construyó un conjunto de habitaciones para el mandatario y doce balcones con barandales de hierro que asomaban a la Plaza Mayor. De esos años data la ampliación de la fachada principal que va de la esquina de la calle de la Acequia (Corregidora) a la del Arzobispado (Moneda).
De acuerdo con la descripción del Palacio Virreinal que hizo el doctor Isidro de Sariñana en 1666, su fachada principal tenía tres puertas y un portal con columnas y arcos de cantera. Al centro de la misma se construyó un remate coronado con almenas que mostraba un reloj. Todo el conjunto constaba de dos niveles. Había cuatro patios que se comunicaban entre sí; el central, conocido como de los Virreyes, era el más extenso. Por su parte, Carlos de Sigüenza y Góngora menciona que en el edificio había otras dos puertas, ubicadas en los laterales sur y norte.
Ya para finalizar el siglo, en 1692, una crisis de desabasto de maíz originó un nuevo tumulto popular en contra de la autoridad virreinal. Entonces una turba pren- (el texto se interrumpe al final de la página)
El motín de 1692
Esta obra del pintor Cristóbal de Villalpando muestra la mayor destrucción que haya sufrido Palacio en su historia. En 1692 la escasez de maíz, causada por las lluvias y el chahuistle, provocaron una rebelión entre los más pobres de la ciudad de México. El domingo 8 de junio por la tarde, la muchedumbre atacó con piedras la fachada del edificio. En los cajones de madera del mercado y en la horca de la Plaza Mayor hallaron el combustible para incendiar el recinto. Los soldados enfrentaron a los sublevados, cuyo número crecía a cada momento, y ante su avance subieron a la azotea y desde allí dispararon.
El gran cosmógrafo don Carlos de Sigüenza y Góngora, alarmado por el avance de las llamas, no dudó en arriesgar su vida y con una escalera subió al segundo piso para rescatar los archivos coloniales, entre ellos algunos libros capitulares. De cualquier modo, la pérdida de valiosos documentos fue cuantiosa.
Para la media noche el incendio había consumido las casas del cabildo, las Audiencias, la Cárcel Real, los tribunales, las habitaciones del virrey, la Real Hacienda... prácticamente todo. En una carta a un amigo, Sigüenza plasmó su testimonio: "No hubo puerta ni ventana baja en todo el Palacio, así por la fachada principal que cae a la plaza, como por la otra que corresponde a la plazuela del Volador, donde está el patio del Tribunal de Cuentas y en él los oficios de gobierno, Juzgado General de los Indios y Capilla Real, en que no
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¿Cómo citarlo?
Carlos Mújica, “Nace el Palacio Virreinal”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2015, pp. 55-59.
*Alejandro Rosas
Licenciado en Historia por la UNAM, se desempeña como subdirector del Recinto de Homenaje a Don Benito Juárez y del Recinto Parlamentario en Palacio Nacional. Asimismo, es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

