• 17-sep-2019.

Tres sismos, tres épocas

Las catástrofes que sacudieron a la capital del país en los últimos setenta años y confrontaron a la sociedad consigo misma
Alejandro Rosas

 

Entre la incertidumbre, la destrucción y la muerte, también la Esperanza se hizo añicos durante el sismo del 19 de septiembre de 2017. Cayó desde lo alto de la Catedral Metropolitana y se estrelló en el atrio. Era una de las virtudes teologales realizadas por Manuel Tolsá que se encontraba en el cubo del reloj, en compañía de la Fe y la Caridad, desde 1813.

 

No deja de ser irónico: la esperanza parecía perdida hasta antes del 19 de septiembre gracias a la inseguridad, a la corrupción y a la impunidad de la clase política; y sin embargo, el sismo de 7.1 grados que trastornó la vida de los habitantes de Ciudad de México y de otros estados de la República, devolvió la esperanza a la sociedad, aunque fuera de una manera efímera.

 

Ciudad de México ha padecido tres sismos de consecuencias funestas: en 1957, en 1985 y en 2017. No hay punto de comparación entre el primero y el último con el de 1985, también ocurrido el 19 de septiembre, que registró doce mil muertos según las cifras oficiales –aunque se calcula que pudieron haber sido veinte mil– , decenas de miles de heridos y damnificados, cientos de edificios colapsados o dañados permanentemente.

 

Tres sismos, tres momentos de la historia nacional; tres épocas de México completamente distintas y tres narrativas de cómo los mexicanos se vieron a sí mismos frente a la adversidad.

 

1957: el ángel caído

 

Cuando la Columna de la Independencia fue inaugurada el 16 de septiembre de 1910, nadie imaginó que su vuelo sería interrumpido 47 años después, en la madrugada del 28 de julio de 1957, cuando Ciudad de México fue sacudida por un terremoto que hizo caer a la victoria alada desde lo alto de su pedestal. El Distrito Federal por entonces tenía poco más de cuatro millones y medio de habitantes y ya gozaba de la estabilidad económica que traería consigo el después llamado milagro mexicano.

 

El Calendario del más antiguo Galván, en su cronología de 1958, lo describió así: “Espantoso sismo del grado 7º de la escala de Mercalli, sacude a la capital. Se caen el Ángel de la Independencia y algunos edificios como el Rioma, situado en la avenida Insurgentes y el ubicado en la esquina de Frontera y Álvaro Obregón. Otros edificios quedan dañados muy seriamente y ordenan las autoridades su demolición. Como el edificio internacional, ubicado en Reforma y Av. Juárez, 657 heridos y 52 muertos. En Chilpancingo y Acapulco los daños son inmensos, se calcula que en Chilpancingo se derrumbaron 30 por ciento de las casas y 6 muertos y 10 heridos”.

 

Algunos otros periódicos señalaron que las víctimas mortales alcanzaron 72 –en un país donde imperaba la opacidad, nunca se tuvo una cifra clara sobre el número de muertos–, pero la nota de ocho se la llevó el ángel caído. La victoria alada quedó hecha añicos, y una vez que clareó el día y las autoridades dieron cuenta de lo sucedido, el rumor corrió como reguero de pólvora: el Ángel de la Independencia ya no se encontraba en su lugar.

 

La gente se arremolinó sobre la principal glorieta de Paseo de la Reforma para ver los restos del angel caído. Las miradas mostraban azoro, curiosidad, tristeza. El ejército acordonó la zona para evitar que los pedazos de la escultura fueran tomados por la gente que buscaba quedarse con alguna reliquia de la célebre escultura.

 

“No es fácil prever que haya talleres de reparación para los ángeles”, escribió Alardo Prats en su artículo “Noticia de un ángel dorado”, publicado en la revista Carteles el 15 de septiembre de 1957. Pero sí los había y el regente de hierro Ernesto P. Uruchurtu ordenó su pronta reparación.

 

 

Las obras de restauración tomaron poco más de un año y la escultura emprendió de nuevo el vuelo el 16 de septiembre de 1958, pero con un rostro diferente: la cabeza original descansa hoy en la antigua Casa de los condes de Heras y Soto, en República de Chile 8.

 

1985: la sociedad civil

 

El terremoto de 1985 sorprendió a los habitantes del Distrito Federal en medio de una severa crisis económica, inflación por los cielos, un sistema político absolutamente corrompido y un gobierno, encabezado por Miguel de la Madrid Hurtado, que vivía dormido en sus laureles.

 

Ciudad de México, con sus casi ocho millones y medio de habitantes, quedó devastada; colapsaron muchas construcciones emblemáticas: los famosos Televiteatros, el Centro Médico, el Hotel Regis, Televisa Chapultepec, el conjunto Pino Suárez, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, el edificio Nuevo León de Tlatelolco, entre muchos otros.

 

Con la soberbia característica de los presidentes mexicanos y la eterna paranoia de la “no intervención en los asuntos internos de México”, las primeras declaraciones de Miguel de la Madrid, cuyo marco era la ciudad devastada, fueron, por decir lo menos, muy estúpidas: “Estamos preparados para atender esta situación y no necesitamos recurrir a ayuda externa. Agradecemos las buenas intenciones, pero somos autosuficientes”.

 

Veinticuatro horas después, cuando pudo concebir por un instante que gobernaba un país en bancarrota y una ciudad devastada y colapsada, regresó sobre sus pasos. En unos días llegó la ayuda internacional.

 

El terremoto sacudió la consciencia cívica y fue un verdadero despertar; una bocanada de oxígeno para una sociedad que llevaba casi diez años soportando crisis económicas. A través de los noticieros internacionales, de la prensa, de las fotografías, el mundo fue testigo de la espontánea y efectiva organización de la sociedad civil que prestaba auxilio a las víctimas de la catástrofe.

 

A pesar del gobierno, la ciudadanía tomó la situación en sus manos y recuperó su destino. No fue un efímero despertar, ya que a partir de 1985 surgieron un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales para distintos fines políticos, sociales, culturales y altruistas. Ese momento marcó el inicio de la democratización del país y, en 1988, esa nueva sociedad le reclamaría a De la Madrid seis años de tibieza e incapacidad. Llegó el despertar ciudadano con una participación política sin precedentes en la elección presidencial, que terminó con la famosa “caída del sistema” del secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral, Manuel Bartlett, y el magno fraude que llevó a Carlos Salinas de Gortari al poder.

 

2017: la gran duda

 

El sismo del 19 de septiembre de 2017 encontró a una sociedad fastidiada contra toda la clase política; harta de la corrupción y la impunidad, pero también absolutamente dividida y enconada. Por unos días, los habitantes de Ciudad de México olvidaron sus diferencias y buena parte salió a las calles buscando la manera de ayudar.

 

Hombres y mujeres, jóvenes, niños, gente adulta… todos se sumaron y encontraron la unión a través de la solidaridad con los caídos en desgracia. El gobierno, sin duda, reaccionó rápidamente, pero con cierta inconsistencia y falta de claridad.

 

Los medios de comunicación, las redes sociales, los teléfonos inteligentes han jugado un papel inédito en la tragedia. Pero es un hecho: la solidaridad mexicana está diseñada para el dolor, la destrucción y la tragedia, no para la vida cotidiana. A unas semanas del sismo, los tambores de guerra de la sociedad han vuelto a escucharse en torno a la sucesión presidencial del 2018.

 

La percepción social ha construido mitos que tendrán que pasar por el tamiz de la historia en algunos años: decir que los jóvenes han tomado el destino del país en sus manos y viene la gran transformación parece excesivo; el aplauso por la antipolítica sobre la política despreciando la participación del gobierno es, cuando menos, riesgoso; la idea de que México está más unido que nunca es totalmente falsa.

 

La sociedad mexicana reaccionó con lo mínimo que se le puede exigir ante una tragedia así: con una muestra de humanidad. ¿Alcanzará esta solidaridad para darle oxígeno a la sucesión presidencial del 2018?

 

 

El artículo "Tres sismos, tres épocas" del autor Alejandro Rosas se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 111.