Tina Modotti

Luces y sombras de una fotógrafa y comunista italiana

Primera parte

Ricardo Lugo Viñas

Ciudad de México, 5 de enero de 1942. La fría y despejada tarde estaba por caer. Tina Modotti y su marido Carlos Contreras –conocido entre sus más cercanos como Comandante Carlos– abordaron un taxi con dirección a la casa de Hannes Meyer, amigo de ambos y connotado arquitecto suizo que recién se había establecido en México. Hannes y su esposa Lena organizaron ese día una reunión para convivir con sus amigos más íntimos, entre ellos la pareja Modotti-Contreras. Tras la cena, Carlos se disculpó con sus generosos anfitriones: en la redacción de El Popular, periódico en el cual colaboraba, lo estaban esperando para resolver un tema propio del trabajo; así que, con la pena, se retiró de la velada.

Los Meyer comprendieron la situación y le pidieron a Contreras que no se preocupara. Modotti se quedó en la reunión, departiendo con el resto de los invitados. La noche aún era joven. Sin embargo, a los pocos minutos de la partida de su marido, Tina comenzó a sentirse incómoda. No era nada relacionado con los presentes en la fiesta, ni mucho menos con los obsequiosos dueños de la casa; se trataba de algo más hondo, como un malestar proveniente de lo más profundo de su ser. Entonces, agradeció las atenciones, se despidió de los Meyer y pidió un taxi para su casa, en el número 137 de la calle Dr. Balmis.

En el auto, Tina sacó la cabeza por la ventanilla. Necesitaba aire fresco. Arriba, el despejado e invernal cielo dejó ver la negra y resplandeciente bóveda celeste. Ni la frescura del aire ni la luz de la luna lograron brindarle consuelo a Modotti; cada vez se sentía peor. El chofer del taxi se percató de aquello, así que, de un volantazo, cambió de destino. Más rápido de lo normal, condujo hacia el Hospital General, que estaba muy cerca de la casa de Tina.

Los esfuerzos del chofer fueron en vano. Antes de lograr llegar al nosocomio, Modotti exhaló su último aliento; yacía, inexplicablemente, muerta en el asiento trasero de aquel taxi. Dos días después, el 7 de enero, los diarios de la ciudad publicaron: “Tina Modotti falleció en forma extraña y repentina en un automóvil”. El parte médico indicaba que la causa de muerte había sido una “congestión visceral generalizada”. Por su parte, el Comandante Carlos –el mayor sospechoso de la muerte de Tina– declararía en sus memorias (publicadas en México en 1984, un año después de su muerte): “de allí [de las oficinas de El Popular] me fui a la casa, seguro de encontrar ya a Tina. No obstante Tina no estaba y esperé a que regresara leyendo casi dos horas. Cuando tocaron el timbre me di cuenta de que ya era la una; corrí hacia el portón convencido de que a Tina se le habían olvidado las llaves. Abrí y me encontré con dos señores vestidos de negro que me dieron las buenas noches y me preguntaron si yo era el marido de la señora Tina Modotti”. A los pocos días, se esfumó de México para siempre.

Los italianos de la colonia Doctores

El 19 de abril de 1939 arribó al puerto de Veracruz una mujer que se identificó como Carmen Ruiz Sánchez. Así lo decía su pasaporte español. Venía a coadyuvar en las tareas de encontrar asilo para los miles de refugiados republicanos españoles. Tras llegar, se adentró hacia la Ciudad de México. Sin llamar demasiado la atención, rentó un pequeño departamento en el número 137 de la calle Dr. Balmis, en la colonia Doctores. Unas semanas después de haberse instalado, su esposo la alcanzó. Él llegó a México vía aérea, procedente de Nueva York, y se identificó en la aduana como Carlos Contreras, mediante un pasaporte canadiense.

Para los vecinos, aquella modesta y tranquila pareja de extranjeros era de origen italiano, pues los escuchaban comunicarse entre sí en ese idioma. Y no estaban para nada equivocados, pues habían ingresado al país mediante pasaportes falsos. Sus verdaderos nombres eran Tina Modotti (alias Carmen –o María del Carmen– Ruiz Sánchez) y Vittorio Vidali (alias Enea Sormenti, Comandante Carlos, José Díaz o Carlos Contreras). Ambos habían sido expulsados de México en 1930, por órdenes del presidente Pascual Ortiz Rubio, como parte de una campaña anticomunista y por su posible participación en el asesinato del comunista cubano Julio Antonio Mella.

En esta ocasión, Vidali regresaba a México con una misión muy concreta, orquestada desde el Kremlin de la Unión Soviética, organizar el asesinato de Trotsky (en caso de que la misión de Ramón Mercader no prosperara). Él era un alto funcionario de la GPU (Policía Secreta Soviética), destacado agente del Socorro Rojo Internacional –organización que dependía directamente de Stalin y se dedicaba a infiltrarse en la vida de los partidos comunistas del mundo– y miembro del Partido Comunista Italiano y del de Estados Unidos. Además, había sido comandante del Quinto Regimiento del Ejército Popular de la República, en la Guerra Civil española, por lo que algunos lo consideraban un héroe.

Modotti y Vidali se conocieron en México, en el verano de 1927, en las oficinas del Partido Comunista Mexicano (PCM), en la esquina de las calles de Mesones e Isabel la Católica. Él había llegado al país gracias a una visa concedida por el embajador de México en la URSS, Ramón Denegri. Pronto invitó a Tina a unirse al Socorro Rojo. A partir de ese momento, iniciaron una relación política y sentimental que se intensificaría con el paso de los años.

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