• 13-dic-2019.

¿A quién le toca vestir al Niño Dios?

Katia Perdigón Castañeda

Ésta es una de las conmemoraciones más antiguas de la religión católica, en la que se celebra a la Virgen y su purificación tras haber dado a luz al hijo de Dios; por esa razón el elemento emblemático es la candela bendecida. Sin embargo, la festividad se transformó  a  inicios  del  siglo  XX  y  aunque  no  se  sabe  cómo  o  desde  cuándo  empezó  la  costumbre  de  vestir  al  Niño  Dios,  lo  cierto  es  que  es  una  herencia  de  los  ropajes  que  realizaban  las  monjas  en  los  conventos  desde  la  época  virreinal.

 

 

La conmemoración de la Candelaria surgió en nuestro territorio a través de la evangelización. Según Gerónimo de Mendieta, se celebraba con mucho gusto, fe y devoción: “En la fiesta de la Purificación o Candelaria, todos traen sus candelas a bendecir, y después que con ellas han andado en procesión, tienen en mucho lo que les sobra, y lo guardan para sus enfermedades, para truenos, rayos y otras necesidades”.

 

De acuerdo con documentos encontrados en el Archivo General de la Nación, la importancia de esta celebración en el Virreinato radicaba en la purificación de la virgen en el templo y la adquisición de las velas necesarias para momentos difíciles. “Durante los tres siglos de la dominación española, el virrey, como vice patrono de la iglesia mexicana, concurría a ciertas fiestas. [...] La primera de estas fiestas en el año era la de Purificación de Nuestra Señora, el día 2 de febrero. Esta fiesta es de las primeras de la cristiandad, como que trae su origen de la ley antigua: cambiada esta costumbre, desde los primeros siglos de la Iglesia se introdujo la práctica de conmemorar la Purificación de la Virgen Madre, haciendo una procesión, en la cual van de dos en dos todos los que la forman, con candelas encendidas en la mano, y con ellas asisten a la misa que sigue. Antes de la misa, concluida la tercia, el Arzobispo, si está presente, y si no, el capitular que canta la misa, bendice las velas que han de repartirse para la procesión, y que tienen concedida una indulgencia para la hora de la muerte. De la bendición y uso de las velas en este día, vino a la festividad el nombre de la Candelaria, que suele darse también a la Virgen María de esta advocación”.

 

Tras el Virreinato, según refieren los Calendarios Galván publicados en el siglo XIX, el 2 de febrero se celebraba la Purificación de Nuestra Señora en casi todas las iglesias y se exponía el Santísimo por tres días “por la indulgencia llamada de Carnaval”. “La virgen santísima, aunque exenta de toda mancha, quiere someterse a la ley de Moisés y se presenta con su hijo en el Templo para ofrecer el sacrificio de la Purificación para pagar el tributo que se exigía a todos los primogénitos”. Además, se decía que las velas benditas eran usadas para la hora de la muerte y se trataba de un día obligatorio para oír misa y no trabajar.

 

Para esta época se solían llevar semillas a muchas iglesias, principalmente en las de los pueblos, pues había “la piadosa costumbre de bendecir ese día las semillas que se han de sembrar en el año”, las cuales se mezclaban con otras y así todas quedaban consagradas, por lo que se intuía que habría buena cosecha. En el México del siglo XIX la fiesta presentó algunos cambios, ya que además de recordar la Purificación de la Virgen y la bendición de las velas, los padres de familia acercaban a sus hijos pequeños para que el sacerdote los bendijera.

 

Dichas prácticas continuaron hasta recién iniciado el siglo XX y en algunos hogares se hacía la “Fiesta de los compadres”, una tertulia nocturna para “levantar al niño”, es decir, retirarlo del pesebre navideño por ser el Día de la Candelaria. Esta celebración era efectuada por quienes les tocaba el Niño en la partición de la rosca del Día de Reyes.

 

El cambio notable en la celebración de la Purificación se gestó probablemente en la segunda década del siglo XX, ya que se ubicó una documentación específica sobre este acontecimiento que data de febrero de 1912, cuando en la iglesia de la Candelaria de los Patos ya se celebraba la poética ceremonia de levantar y vestir al niño que estuvo reposando desde la víspera de Navidad, “festividad a la cual concurren multitud de pequeñuelos vestidos de blanco, llevando flores como ofrenda al divino hijo de la Santísima Virgen y en el que se solemniza la función con cánticos religiosos muy sen-tidos y armoniosos”.

 

En los años cincuenta la “levantada” de la tradicional fiesta de la Candelaria daba motivo para que en las iglesias se presentaran los devotos con sus Niños Dios, a fin de que recibieran las bendiciones en las ceremonias litúrgicas. En los sesenta se alababa la pulcritud y encanto con que se vestían las imágenes. Hasta esta época se dice que los Niños eran vestidos de raso, túnicas de seda y zapatitos tejidos, pero no se habla mucho de los indumentos de santos, aunque es probable que ya estuvieran presentes en el gusto popular aproximadamente desde mediados del siglo XX.

 

Antaño, la confección de trajecitos para el Niño Dios fue una fuente de ingresos para costureras en muchas partes; por ejemplo, en las puertas de muchos locales de modistas se podía ver el letrero: “Se visten Niños Dios”. Ahora bien, existe la posibilidad de que la proliferación de nuevas indumentarias no tradicionales se diera con mayor apogeo con el devenir de las pequeñas fábricas que desplazaron a modistas o hábiles dueñas (os) de las imágenes a partir de 1975, año en que nació el actual emporio Casa Uribe, dedicado a confeccionar vestidos para estas imágenes y que impuso moda en su tiempo.

 

Hoy es manifiesto que la tradición que pareciera perderse años atrás se ha revitalizado, de tal manera que la indumentaria resulta más variada y llamativa que antes; además, el mercado de vestidos e imágenes de Niños Dios se ha incrementado de forma considerable.

 

Vestir al Niño: ¿una tradición?

 

Como se puede observar, esta festividad ha sufrido cambios: la Purificación de la Virgen y la bendición de vela se han suplido con la imagen del Niño Dios. A falta de fuentes escritas que determinen el lugar y quién inició con la idea de vestir las pequeñas esculturas, la hipótesis que presento es que nace como un recurso catequístico o drama litúrgico. Es viable que en el siglo XX en las filas de la Iglesia surgiera la idea de sacar la escultura que se encontraba en el pesebre navideño para realizar la alegoría de la presentación de Jesús en el templo. De esta manera, el anciano Simeón se compara con el sacerdote y los dueños o padrinos de la pieza son el símil de María y José.

 

Es factible que la imagen simbólica expresada en la escultura de Niño Dios impactara tanto en la concurrencia que dio paso a la imitación y con ello se generó una tradición popular que se perdió en tiempo y espacio. Nadie sabe cómo ni quién empezó con la idea de vestir al Niño Dios hogareño, aunque es posible que se gestara en el templo de la Candelaria de los Patos, en la parroquia de Tacubaya o en la de Mixcoac, dado que son los lugares con noticias de este acto a partir de la primera década del siglo XX.

 

Sin embargo, algunos autores dejaron volar su imaginación sin hacer una correcta investigación y escribieron que el hecho de vestir al Niño Dios viene de la Colonia, lo cual es erróneo, pues no se encontró ningún documento que lo certificara. Y no solo ellos, sino que algunos osados con arraigo “mexicanista” definieron esta celebración como de origen prehispánico, sólo por el hecho de que actualmente se ingieren tamales al celebrar y porque se dice que “la fiesta coincide con la celebración de Tláloc y Chalchitlicue”. Pero lo importante es mencionar que, como en otras fiestas religiosas de México, en el Día de la Candelaria se mezclan tradiciones prehispánicas y europeas cuyos ritualismos celebran muchos y casi nadie sabe explicar. Hay diversos documentos de la época del Virreinato referentes a la fiesta de la Purificación de la Virgen, incluidas las velas y su bendición. Es substancial aclarar que el día en que a la figura del Niño Dios se le vestía y celebraba en grande era en la Navidad, el 25 de diciembre, tanto en los templos como en los diversos conventos. Al acto de vestir al niño para su onomástico se sumaba la festividad de alguna Virgen María que en su advocación llevara a Jesús en su regazo –como la Virgen del Rosario, la Virgen de la Luz o la Virgen del Carmen, por citar algunas–, para lo cual se vestían en conjunto las esculturas.

 

Ahora bien, es probable que vestir al Niño Dios fuese una actividad promovida en conventos femeninos de Nueva España entre los siglos XVII y XIX. Prueba de ello son algunos documentos de la época, así como la indumentaria que puede observarse en obras de museos como el de Arte Religioso de Santa Mónica, en Puebla, o el Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán, en los cuales las religiosas muestran los exquisitos vestidos que elaboraban para sus Niños Dios, junto con vistosas joyas, pelucas y otros accesorios. Las vestimentas que se observan en estos trabajos de caballete se relacionan con advocaciones específicas por los atributos, de tal manera que hay Niños Dios como: Salvador del mundo, que muestra el mundo en la mano (atributos que lleva el niño de Praga); del Sagrado Corazón, que lleva la imagen de un corazón en la mano (como el Niño Mueve Corazones que se venera en el templo de Loreto, en la Ciudad de México); el llamado Pasionista, que carga una cruz, un cráneo o una corona de espinas, o bien dos de estos elementos a la vez (que es el caso del Niño de las Suertes que se encuentra en Tacubaya); puede verse a manera de Peregrino, que porta esclavina y un báculo con calabazo (como es el indumento del niño de Atocha que está en Plateros, Zacatecas). Todo este ropaje que muestran las religiosas pintadas, curiosamente ha prevalecido hasta el presente siglo, no solo en algunas imágenes milagrosas, sino en la actual tradición de vestir al Niño Dios casero para el Día de la Candelaria.

 

Podemos decir que esta práctica fue inventada a principios del siglo XX. Como toda tradición, ha pasado de padres a hijos al correr los tiempos y sucederse las generaciones. En sentido general, es una continuidad de ideas que de alguna manera se institucionalizaron como normas populares. Si bien en los periódicos de inicios de la centuria pasada sólo se dice que se solían vestir las esculturas, con el tiempo se dio una especie de reglamentación sobre cómo presentar al niño durante sus primeros tres años; aunque lo relacionado con la vestimenta ha variado, así como los modelos.

 

Cada persona o familia tiene su propia versión para adornarlos, a lo que se suman las propuestas de revistas que se venden en puestos de periódicos y que incluyen vestirlos con el uniforme de su equipo de futbol preferido.

 

Sea cual fuere el porqué de vestir y llevar al templo al Niño Dios hogareño, lo cierto es que con este acto se suele dar el compadrazgo. De esta manera la festividad del Día de la Candelaria tiende a originar vínculos de obligación para con el Niño Dios y con la familia a la que pertenece la escultura. La relación entre compadres es una oportunidad para reforzar lazos de vecindad, amistad y familiar, pues se demuestra respeto. Por otro lado, gracias a este evento religioso se crean vínculos sociales y comunitarios.

 

El evento de la Candelaria en la Ciudad de México generalmente termina cuando los compadres que han vestido la imagen del Niño Dios, o bien, que han sacado al niño de la rosca, regalan tamales. Todo porque en la pasada noche del 6 de enero el cuchillo bajó lenta y suavemente, rompiendo el crujiente decorado de la esponjosa Rosca de Reyes cubierta de azúcar y frutas secas. De pronto... ¡zas!, se atoró y no bajó más. Insistir fue inútil. El que cortó le “atinó” al niñito y ya ni modo. Lo que para algunos se convierte en alegría y jolgorio porque el 2 de febrero cenarán tamales, para otros no lo es tanto, pues tienen que pagar la deuda.

 

El artículo "La Candelaria" de la autora Katia Perdigón Castañeda se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 42