Museo de Geología, el Palacio de las Ciencias de la Tierra

110 años de investigación y divulgación científica desde Santa María la Ribera
Lucero Morelos Rodríguez y Luis Espinosa Arrubarrena

Dada la importancia estratégica y las ventajas científicas, técnicas y económicas que ofrecía estudiar en México los recursos de la tierra y el subsuelo, hace 110 años, el 6 de septiembre de 1906, se inauguró el suntuoso y monumental edificio del Instituto Geológico Nacional, hoy Museo de Geología, en la antigua calle del Ciprés, actualmente Jaime Torres Bodet, en la colonia Santa María la Ribera de la capital del país. Este ícono arquitectónico representa uno los recintos urbanos y universitarios mexicanos más longevos construido ex profeso para albergar a una instancia científica y museística dedicada al estudio y difusión de los recursos mineros y geológicos.

 

El Instituto Geológico Nacional, antecesor del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fue concebido en 1886 y fundado dos años más tarde para llevar a cabo la evaluación, exploración, estudio, acopio, difusión y exhibición permanente de los recursos geológicos nacionales. Precisó para el desarrollo de sus actividades de un local adecuado a sus fines, que incluyera oficinas de trabajo, dibujo, laboratorios, biblioteca y un museo. Heredera de la tradición científica del Real Seminario de Minería, esta institución a lo largo de su centenaria existencia ha propiciado el surgimiento de diversas instancias orientadas al estudio y reconocimiento de los recursos de nuestro planeta.

 

La Comisión Geológica Mexicana

 

México es heredero de una práctica ancestral que se emparenta con la actividad científica relacionada con la extracción de los recursos de la tierra: minerales, piedras preciosas, combustibles fósiles y materiales de construcción, la cual se remonta al menos a quinientos años.

 

En el siglo XVIII, en Europa se fundaron las primeras academias de minas y con ello surgieron los primeros especialistas en la exploración y explotación minera. Ello sirvió de base para la fundación del Real Seminario de Minería de México en 1792, cuna de la ingeniería y las ciencias en el continente americano. Casi cien años más tarde y con el antecedente de ese gran proyecto académico, floreció una pléyade de ingenieros y hombres de ciencia, cuya labor se materializó el 26 de mayo de 1886, al crearse por acuerdo presidencial la Comisión Geológica Mexicana; dos años más tarde, el 18 de diciembre de 1888, el Congreso de la Unión decretó la fundación del Instituto Geológico Nacional, el cual constituyó el primer servicio geológico latinoamericano.

 

Los trabajos pioneros de este organismo fueron exhibidos en la Exposición Universal de París de 1889 y consistieron en la construcción de mapas especiales como el Bosquejo de la carta geológica de la República Mexicana y la Carta minera, verdaderos “monumentos a la ciencia nacional” y piedras angulares de la geología moderna en México. Los fundadores de esta institución fueron los ingenieros Antonio del Castillo, José Guadalupe Aguilera, Ezequiel Ordóñez, Baltasar Muñoz Lumbier, Francisco Garibay, Lamberto Cabañas y Juan Orozco y Berra, precursores y artífices de las ciencias geológicas en México.

 

El Instituto Geológico Nacional

 

En el siglo XIX surgieron en el mundo las instituciones de servicios geológicos, entidades de carácter gubernamental encargadas de realizar investigación científica y construir la cartografía de la disciplina que ofreciera una idea fidedigna de los filones minerales, la antigüedad de las rocas, su tipo y distribución geográfica.

 

En México se creó el Instituto Geológico Nacional (también conocido como de México), bajo los auspicios de la Secretaría de Fomento, Colonización, Industria y Comercio, al que por acuerdo presidencial, en 1891, se le confirió el carácter de Servicio Geológico Nacional.

 

Desde sus primeros años realizó actividades como la contratación de especialistas nacionales y extranjeros, la organización de expediciones científicas por el territorio nacional, que incluyeron la recolección y protección de las meteoritas mexicanas, la elaboración y perfeccionamiento de mapas especiales y la edición de las primeras publicaciones especializadas, como el Boletín del Instituto Geológico, que desde 1895 se edita regularmente.

 

Otros eventos notables de esta época fueron la compra del terreno para construir el edificio que albergaría al monumental Palacio de la Ciencia y los preparativos para recibir en él a la comunidad geológica del orbe en el X Congreso Geológico Internacional a celebrarse en 1906. Este evento dio fama mundial a los precursores de la geología mexicana y a nuestro país.

 

La construcción del palacio

 

En los albores del siglo XX, el gobierno porfiriano destinó una cuantiosa partida para la construcción de recintos especiales, entre ellos el edificio que albergaría al Instituto Geológico Nacional y al Museo Geológico Paleontológico de la Nación. El 18 de mayo de 1900, bajo la dirección del arquitecto mexicano Carlos Herrera López –hijo del naturalista Alfonso Herrera– inició la construcción del edificio que contaría con cuatro salas de exhibición: Litología, Petrología, Mineralogía y Paleontología, en un terreno de 2 125 m2 de forma rectangular en la 5ª calle del Ciprés, al frente de la Alameda de la colonia Santa María la Ribera.

 

Esta publicación es un extracto del artículo "El Palacio de las Ciencias de la Tierra" de los autores Lucero Morelos Rodríguez y Luis Espinosa Arrubarrena, que se publicó íntegramente en la revista impresa de Relatos e Historias en México No. 100: http://relatosehistorias.mx/la-coleccion/100-cien-ediciones-contando-his...