• lunes, 15 de octubre de 2018.

Miguel Miramón y Tarelo

Por: Alejandro Rosas Robles

 

Presidente Interino del 15 de agosto al 24 de diciembre de 1860.

 

 

“Próximo a perder mi vida y cuando  voy  a  comparecer  en  la  presencia de Dios, protesto contra la acusación de traidor que se me ha lanzado  al  rostro  para  cubrir  mi ejecución. Muero inocente de este crimen,  con  la  esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas apartarán de mis hijos tan vil   mentir, haciéndome justicia.”

 

 

Aunque conservador, su juventud lo alejaba de las posiciones radicales de los  demás  miembros  de  su  partido,  muchos  de  ellos,  mayores  de cincuenta  años,  fogueados  en  el  terreno de la política desde la década de 1820. Así lo demostró en su manifiesto a la nación del 12 de julio de 1859 –conocido como “La Hermosa  Reacción”–,  donde  establecía  la  necesidad de una gran transformación nacional,  de  una  verdadera  “reforma”,  que  para  sorpresa  de  muchos, coincidía  en  algunos  puntos  con  la del partido liberal. Había llegado la hora de los cambios profundos.

 

“Creo  que  debo  emprender  las  reformas administrativas, así creo interpretar rectamente ese hermoso grito: “reacción”,  que  resuena  por todos los ángulos de la república, y que hoy no expresa otra idea que la de renacimiento, reconstrucción del edificio social.”

 

La hacienda pública, la justicia, el ingreso nacional y la educación debían ser los pilares básicos de su gobierno. Y al igual que el credo de los liberales, en el centro de la gran reforma estaba  el  individuo. “Estoy  íntimamente persuadido de que ningún gobierno se ha consolidado en el país porque ninguno ha cuidado de proporcionar al público el bienestar  individual. Los  males de México no están en la política, sino en la administración.”

 

En  un  hecho  sin  precedentes  en  el  partido  conservador, el  general  se  atrevió  a  presentar a  Estados  Unidos  como  un modelo de bienestar. No intentaba  buscar  su  auxilio  ni  copiar sus instituciones –tan ajenas a la realidad  mexicana–,  simplemente lo consideraba un ejemplo del desarrollo. “¿Y quién al lamentar la suerte infausta de México, este hermoso país, no se preocupa en primer  lugar  de  la  hacienda  pública, no suspira por los medios de viabilidad de la república vecina, por la actividad de comercio que allí reina, por los elementos verdaderos  de  riqueza  nacional? ¿Quién  no  ve  en  la  abundancia de  trabajo,  el  bienestar  individual  consiguiente,  los  cimientos de una paz estable que nuestros grandes políticos no han podido darnos?”

 

La  gran  reforma  conservadora, sin embargo, no contemplaba el problema de fondo. Limitar el poder  político  y  económico  de ese  “estado”  que  se  había  creado  dentro  del  Estado  mexicano: la  Iglesia.  Mucho  menos  tenía previsto  poner  en  circulación  las propiedades  del  clero  –llamadas  de manos  muertas–  para  impulsar  el desarrollo de la economía nacional a través de pequeños propietarios. No hubo  tiempo  siquiera  de  pensarlo. No había sonado todavía la hora de la reconstrucción, seguían hablando las bayonetas. Bella pieza retórica, el manifiesto de Miramón, dormiría el sueño de los justos en el gran acervo documental de la nación mexicana.

 

En 1860 el conflicto bélico se encontraba  en  su  tercer  año  y  súbitamente el clero retiró su apoyo económico al presidente conservador. Las derrotas no  tardaron  en  aparecer. Con  el  apoyo  nada  despreciable  de Estados  Unidos,  Juárez  hizo  ver  su suerte a Miramón: el joven Macabeo nunca pudo tomar el puerto de Veracruz,  ciudad  donde  estaba asentado  el  gobierno  juarista. En  diciembre,  el  liberalismo marchaba  triunfante  hacia  la capital  de  la  república.  Don Miguel  dejó  la  presidencia  y junto  con  su  esposa  partió rumbo  a  Europa.  A  los  29 años  iniciaba  el  declive  de su carrera militar.

 

En julio de 1863, no sin ciertas  dudas,  regresó  a México  y  ofreció  sus  servicios al Imperio. Tratado con  desdén  por  los  oficiales  franceses  y  ante la  incomodidad  que  su carisma  y  popularidad provocaron en Maximiliano, aceptó una absurda comisión del emperador para marchar a Berlín a estudiar tácticas militares. Era prácticamente otro exilio.  Fue  la  etapa más triste de su vida. Humillado en lo más profundo de su  ser,  alejado de la patria y viviendo penurias económicas, fue víctima de la desesperación. Intentó, incluso, acercarse  a Juárez y otorgar su experiencia militar a la causa de la República. Don Benito no se tomó la molestia de responder.

 

Volvió a México en 1866, cuando los  franceses  habían  anunciado  su retirada  de  México  y  Maximiliano, abandonado por sus aliados extranjeros, no tuvo más remedio que depositar  su  confianza  en  el  partido conservador, al que tiempo atrás había desdeñado. El general sabía que la situación del Imperio era irremediable  pero  la  carrera  de  las  armas era su vida. Más cercano a la Patria que a su familia, la guerra le devolvió el ánimo. Y con nuevos bríos, se batió como en sus mejores tiempos.

 

En los primeros meses de 1867, en un furioso ataque  sobre  Zacatecas, Miramón  estuvo  a  escasos  metros de aprehender a Juárez –su acérrimo enemigo–. La suerte favoreció a don Benito y la ilusión del triunfo se tornó en amarga derrota. En la defensa de  Querétaro,  selló  su  destino. Tras un largo sitio de sesenta y dos días –con heroicas jornadas y alguno que otro amorío–, el 15 de mayo de 1867 la vieja ciudad colonial cayó en poder de la República. Un mes después, un consejo de guerra lo sentenció a morir fusilado junto con Maximiliano y el general indio Tomás Mejía.  

 

En el Cerro de las Campanas las balas del pelotón cegaron su vida. Y como la viuda se resistiese a perder por completo a su esposo, ordenó  que  se  extrajera el órgano vital de su marido. De esa forma le fue entregado “aquel noble corazón que tanto me había amado”, el cual colocó en una urna iluminada permanentemente por una lámpara. “Tengo el corazón de mi esposo –solía comentar–, que pienso llevármelo a Europa y tenerlo siempre en mi recámara”. Sorprendido por la macabra reliquia,  un  sacerdote  la  persuadió para que dejase descansar en paz al valiente general. Mientras caía la tierra sobre el último vestigio del guerrero,  Concha  se  hizo  una  promesa de amor para el resto de su vida: “Péguese mi lengua a mi boca si llegara a olvidarte”. Cincuenta y cuatro años después, se volvieron a encontrar.

 

 

Si quieres saber más sobre la vida del Joven Macabeo, busca el artículo completo "Miramón, el desconocido" del autor Alejandro Rosas Robles, que se publicó en Relatos e Historias en México número 20. Cómprala aquí.