Los movimientos de rechazo a las estatuas

La Redacción

Este año, la directora del Museo de Historia Natural de Nueva York, Ellen V. Futter, propuso remover la estatua del expresidente Theodore Roosevelt (1901-1909), instalada en la entrada del museo en 1939. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, apoyó la propuesta “porque representa explícitamente a los negros e indígenas como subyugados y racialmente inferiores”.

 

En 1992, al cumplirse 500 años del arribo de Colón a las costas de América se registró un encendido debate en muchos países sobre la historia y el significado de ese hecho. En general, reflejaban las visiones de los vencidos y de los vencedores. En las calles de Irlanda, Estados Unidos, Canadá o México, los movimientos de rechazo a la sombra que proyectaba el genovés, apoyados en los conocimientos históricos cada vez más accesibles al público, aplicaron grafiti a sus estatuas como expresión de profundas heridas nunca sanadas.

En 2020 cayó la estatua de Colón en Minnesota, y el gobernador Tim Walz dijo que esos monumentos “representan los sufrimientos históricos que condujeron a lo que vimos con George Floyd cuando la rabia reemerge”. Otra de Colón fue ahogada en un lago de Virginia y al día siguiente los trabajadores de la ciudad se lo llevaron como si fuera un cadáver. En Boston, el genovés perdió la cabeza.

Con los cuestionamientos que han surgido comienzan a divulgarse las historias del emplazamiento de estas estatuas, erigidas 400 años después de que el genovés llegara a este continente. La corona española tampoco se preocupó por alzar monumentos a Cortés: su efigie, en Medellín, Extremadura, fue hecha a finales del siglo XIX, lo mismo que las primeras de Colón en Estados Unidos. Las decisiones políticas por las que fueron construidas comienzan a conocerse en cada país.

Por ejemplo: por qué Porfirio Díaz aceptó en 1877 colocar en el lugar más privilegiado de Ciudad de México la estatua de Cristóbal Colón, que le fue enviada desde París por don Antonio Escandón, un adinerado empresario mexicano que formó parte de la comisión que en Trieste le ofreció la corona de emperador a Maximiliano apenas trece años atrás. Y en otro sentido, tenemos que explicar por qué la estatua de Morelos, inaugurada por Maximiliano y Carlota en la Plaza Guardiola (a un costado de la Casa de los Azulejos, en Cinco de Mayo), fue desterrada a la periferia de la ciudad y ya nunca regresó al centro.

La discusión sobre las estatuas en los espacios públicos ameritan la divulgación de esas historias y cobrar conciencia del uso del espacio y de las razones de los monumentos. Eso es lo positivo que ha traído el movimiento actual: nos ha hecho pensar en algo que parece inamovible en el paisaje de la ciudad.

 

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