…
En la década de 1830, con un país recién salido del fogón independentista, la capital mexicana destacaba no sólo por los novedosos cafés que ya eran una tendencia gastronómica y social relevante, sino también por la comida que se ofrecía en calles, plazas y banquetas. Con ojo curioso, pero también con cierto clasismo, el entonces joven Guillermo paseaba por una ciudad en la que, a unos pasos de Palacio Nacional, “el populacho vil tenía sus fondas o comedores al aire libre en el callejón de los ‘Agachados’, en el tránsito de Portacoeli [actual Venustiano Carranza] y Balvanera [República de Uruguay], y allí gente sucia y medio desnuda, en cuclillas o de plano, hervía alrededor de cazuelones profundos, con piélagos de moles, arvejones, habas, frijoles y carnes anónimas e indescriptibles, no para recordadas por los racionales”.
Prieto, sin duda, hace referencia al callejón de Tabaqueros, que hasta la fecha existe (por lo común luce atestado de vendedores ambulantes) y el cual justamente sirve de cruce entre Venustiano Carranza y República de Uruguay. Manuel Payno, en una nota de su célebre novela Los bandidos de Río Frío (1891), confirmó tal aseveración, pues señaló que los “Agachados” eran “los puestos de comida que había en el Callejón de Tabaqueros. Los manjares eran las sobras y desechos de las casas que vendían las cocineras, y calentaban, revolvían y recomponían las vendedoras. Se podía comer pollo, costillas y guisados por medio real. Muchos pedían cuartilla de escamocha [al parecer, sobras de comida]”.
En la prensa de la primera mitad del siglo XIX se habla de tal pasadizo como un sitio inmundo y apestoso a orines, pero ya desde entonces conocido como “de los agachados”. En efecto, Tabaqueros no brillaba por su higiene, pues en 1851 el diario El Monitor Republicano solicitaba… Sigue leyendo en el artículo en la revista 217.
Otra figura fundamental de la comida callejera de la época: la enchiladera, que por lo común se colocaba cerca de la puerta de alguna pulquería y en torno a la cual se agolpaba la inquieta y abigarrada concurrencia.
Cercana a las mesillas donde se vendía tepache y aguas de loza (bebidas con zumo de fruta y azúcar), y enfocada en ofrecer lo que hoy conocemos como antojitos y garnachas, la enchiladera “era mujer experimentada; trenza grande y cuello laboreado de gargantillas y relicarios, anillos de plata en las manos y aretes de calabacillas de corales. Ojo listo, nariz chata, lengua retozona y fácil, y la palabra que interrumpía, la carcajada escandalosa, o cortaba la injuria precursora del araño, la mordida y la desmechadura”. En su puesto abundaba la grasa y la sabrosura: “allí gritaban: ‘¡cómeme!, ¡cómeme!’ los envueltos y chalupas, las quesadillas y las tortillas en su hojalata con manteca chillante, sus ollas con salsas picantes, sus montones de cebolla picada, y su sal y pimienta, según lo requerían los potajes”.
¿Cómo citar este artículo?
Ricardo Cruz García, “Los “agachados” y las enchiladeras. Comida callejera en la Ciudad de México del siglo XIX”, Sobremesa, Relatos e Historias en México, núm. 217, Noviembre, 2026, pp. 16-17.

