Las increíbles auroras boreales que se vieron en México en los siglos XVIII y XIX

Consuelo Cuevas-Cardona y Salvador Cuevas-Cardona

El fin de los tiempos

 

Sobre el extraordinario suceso, don Antonio de León y Gama narró, en la Gaceta de México del 1 de diciembre de ese 1789, que muchas personas se asustaron tanto que corrían despavoridas por las calles, pues pensaban que se trataba del fin del mundo. Él sabía que lo que estaba viendo era una aurora boreal, fenómeno que se presenta con frecuencia en latitudes cercanas a los polos y, por supuesto, le asombraba que se viera una en la ciudad de México.

 

Además de interesarse por las razones físicas que llevaron a que ocurriera el evento, investigó también si alguna vez se había visto alguna en América, en una región geográfica de latitud baja. Así supo que el 4 de noviembre de 1602 varios tripulantes de una embarcación que viajaba de las islas Filipinas a la Nueva España, habían observado una.

 

Para los habitantes novohispanos el acontecimiento de 1789 fue tan inusitado que se continuó hablando de él por muchos años. Un ejemplo es que todavía en 1870 se anunció en varios periódicos la venta de una novela histórica escrita por José Tomás de Cuéllar, llamada El pecado del siglo, que iniciaba con la llegada a la Nueva España del virrey Juan Francisco de Güemes, conde de Revillagigedo (1746), y finalizaba con la presencia de la aurora boreal. En el anuncio se decía que la intención era popularizar la historia nacional y dar a conocer sucesos relevantes ocurridos durante el siglo XVIII. Y en 1899 se anunciaba otro texto, escrito por Manuel Miranda Marrón, profesor de Historia de la Escuela Nacional Preparatoria, que trataba del acontecimiento como parte de una serie de ciclos astronómicos.

 

Don Antonio de León y Gama escribió en sus notas que la aurora boreal no sólo se vio en la ciudad de México, sino también en otras partes del país. Gracias a las cartas enviadas al editor de la Gaceta de México, Manuel Antonio Valdés, se supo que fue observada en la villa de San Miguel el Grande, Guanajuato; en Papantla, Veracruz; en Real de Charcas, San Luis Potosí; y en las ciudades de Puebla, Guadalajara, Zacatecas y Oaxaca. En todos los casos, las personas describían que se había visto como un incendio en el horizonte seguido por una luz blanca de gran luminosidad y nadie dudaba que se tratara de una aurora boreal. Algunos describieron que en sus poblados hubo consternación y que mucha gente creyó que se trataba de un incendio de los montes, pero en general al parecer los mayores temores se dieron en la capital novohispana.

 

Por otra parte, don Antonio narró que la aurora boreal no fue vista en la villa de Guadalupe ni en Teotihuacan. ¿Por qué ocurrió esto, si se trata de lugares tan cercanos a la ciudad de México? Seguramente la noche del 14 de noviembre de 1789 no había nubes en el cielo nocturno del centro de la urbe, pero sí en los otros dos lugares.

 

La aurora boreal fue motivo también para que se estableciera un debate entre tres científicos novohispanos: Antonio de León y Gama, José Antonio de Alzate y José Francisco Dimas Rangel. Las discusiones giraban en torno a la altura en la que se presentaban las auroras, si ocurrían dentro de la atmósfera terrestre o fuera de ésta, qué materia las conformaba, si la misma que se había visto en México se había visto en Europa y otros aspectos. Las discusiones que se establecieron son interesantes para comprender el estado de los conocimientos que se tenían en ese entonces en física, y también para entender mejor las relaciones que se daban entre los científicos interesados en un mismo fenómeno.

 

Un fenómeno extraordinario

 

La siguiente aurora boreal ocurrió la noche del 1 de septiembre de 1859. En el periódico La Sociedad se informó que durante la madrugada del día 2 los alumnos de la clase de astronomía del Colegio de Minería habían visto desde su observatorio “el espléndido meteoro tan raro en presentarse a nuestra corta latitud, una aurora boreal”.

 

Por su parte, el astrónomo aficionado Ismael Castelazo escribió desde el mineral de Zimapán (hoy en el estado de Hidalgo) que la había observado desde este lugar. Él había podido verla quince minutos antes de las once de la noche del día 1, cuando se formó en el horizonte una nube negra, cuyo límite inferior se había iluminado de repente y había aparecido “como una lis de plata en forma de arco, del que se desprendían rayos luminosos hacia abajo como al encuentro de una luz roja que subía del horizonte”. La nota apareció el 28 de septiembre en La Sociedad, pero don Ismael señaló que había mandado la noticia al Colegio de Minería desde el día 3. Otras personas escribieron que la vieron en Querétaro, Guadalajara y Guanajuato.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo "Las increíbles auroras boreales" de los autores Consuelo Cuevas-Cardona y Salvador Cuevas-Cardona, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 99: http://relatosehistorias.mx/la-coleccion/99-felipe-angeles-un-extraordin...