La fiesta, en su sentido original, respondía a un calendario litúrgico definido: una celebración devocional dedicada a un santo patrono o a una advocación mariana, organizada mediante procesiones, misas solemnes, sermones y rituales que eran reglamentados por la Iglesia.
Desde la evangelización de la Nueva España, las órdenes religiosas promovieron esas prácticas como parte de un proyecto institucional que articulaba fe y poder, pues a través de ellas se reafirmaba la autoridad monárquica en territorios distantes y se escenificaban jerarquías sociales. En esos actos coincidían cabildos, cofradías, gremios y autoridades civiles; su presencia tenía un peso simbólico evidente, ya que las celebraciones eran uno de esos espacios donde se expresaban las lealtades, tensiones y alianzas. Difícilmente existía acontecimiento civil que no se solemnizara con elementos religiosos, ni conmemoración eclesiástica que no reconociera la preeminencia de las autoridades políticas.
La feria, por otra parte, implicaba un ensanchamiento del gesto ritual, pues no surgía separada de la fiesta, sino que crecía a su alrededor. La concentración de población convocada por la celebración religiosa abría la posibilidad de intercambios comerciales, mercados temporales, espectáculos públicos y juegos. Así, la procesión y la misa solemne podían coexistir con carreras de caballos, representaciones teatrales o corridas de toros. En ese cruce entre lo devocional y lo profano, entre liturgia y economía, la fiesta comenzaba a adquirir carácter de feria anual. No perdía su dimensión religiosa, pero incorporaba nuevas funciones sociales que la convertían en un momento privilegiado de congregación colectiva. Este tránsito es fundamental para comprender el caso de Chihuahua.
Desde el siglo XVIII el real de San Francisco de Cuéllar –que más tarde sería la villa de San Felipe el Real de Chihuahua– comenzó a consolidarse como centro minero y administrativo de la Nueva Vizcaya, y la festividad del patrono de la villa, san Francisco de Asís, marcó el ritmo anual de la población. La celebración religiosa no sólo ordenaba el calendario, sino que convocaba intercambios, espectáculos y encuentros que desbordaban el ámbito estrictamente litúrgico. Con el paso del tiempo, ese eje festivo se desplazó hacia otro punto de la ciudad, en torno a la advocación de Santa Rita. No fue una sustitución abrupta, sino un proceso gradual que acompañó el crecimiento urbano, la redefinición de centralidades y la reorganización espacial entre los siglos XVIII y XX.
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Cuando la Villa minera se vestía de fiesta
El 12 de octubre de 1709 se decidió fundar formalmente a San Francisco de Cuéllar como cabecera de los asentamientos mineros de la región. El auge de las vetas de Santa Eulalia había atraído población desde otras zonas del norte novohispano, y pronto fue necesario organizar un centro que concentrara funciones religiosas, administrativas y comerciales. Así nació la villa, que más tarde se conocería como San Felipe el Real.
Desde sus primeros años existió una iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Regla, pero el crecimiento demográfico fue tan acelerado que hacia 1723 el párroco afirmaba que el templo resultaba insuficiente para la población. Se proyectó entonces una construcción mayor, cuyo diseño se envió, para su aprobación, a España en 1726. A mediados del siglo XVIII el edificio ya se describía como una obra de grandes dimensiones, comparable con catedrales consolidadas de la época.
El tránsito del eje festivo desde San Francisco hacia Santa Rita no implicó ruptura, sino reacomodo. La lógica de reunirse periódicamente para celebrar, intercambiar y convivir se mantuvo, aunque cambió de escenario; de un núcleo compacto contenido por el río se pasó a una ciudad más extensa, con múltiples centros y nuevas dinámicas.
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*América Malbrán Porto
Arqueóloga por la ENAH y maestra en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Profesora investigadora del Centro INAH Chihuahua, en donde actualmente es co-coordinadora del seminario “Caminería, arrieros y rutas de comercio” y titular del proyecto “Arqueología histórica del Camino Real de Tierra Adentro. El desaparecido cementerio de Nuestra Señora de Regla. Registro histórico-cultural”.
**América Martínez Santillán
Maestra en Arqueología por el Centro de Estudios Arqueológicos de El Colegio de Michoacán y licenciada en Arqueología por la ENAH. Sus intereses de investigación se han centrado principalmente en el norte de México. Actualmente es co-coordinadora del seminario “Caminería, arrieros y rutas de comercio” del Centro INAH Chihuahua.
¿Cómo citar este artículo?
Malbrán Porto, América y M. América Martínez Santillán, “Transformación urbana de Chihuahua entre los siglos XVIII y XX“, Relatos e Historias en México, núm. 212, Junio, 2024, pp. 36-41.
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