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  • viernes, 20 de julio de 2018.

Ignacio Comonfort (11 de diciembre de 1855 al 1 de diciembre de 1857)

Por: Alejandro Rosas

 

Patriota e idealista, el presidente Comonfort intentó por todos los medios conciliar la tradición y la reforma, porque entendía que la civilización se construye protegiendo la libertad de las voces opuestas. En el desgarramiento político que atrapó al país en 1857 su gobierno sufrió insultos de liberales y conservadores; en el momento más crítico, cuando mayor firmeza se requería, perdió el horizonte y erró el cálculo: la guerra civil, la más cruenta, se abrió paso inevitablemente.

 

 

A los tibios, Dios los vomita”, seguramente escuchó decir durante sus años mozos Ignacio Comonfort. Sin saberlo, la tibieza marcaría su carácter para determinar su destino. Nadie habría podido juzgarlo por sus prendas morales en el terreno de la política, ni por su valentía en el terreno de las armas, pero su mayor defecto era su indecisión; y un presidente de la República dubitativo, inmerso entre las aguas de los dos proyectos nacionales que pretendían definir el futuro del país a mediados del siglo XIX, era una bomba de tiempo. Su propia frase definía su ambivalencia: “Llegado el caso, estaré allí donde mi presencia se necesite, y aunque sea el lugar de mayor peligro, aprieto los dientes y me dejo arrastrar”.

 

“Hombre naturalmente dulce, pacífico y de educación la más pulcra y delicada, –escribió Guillermo Prieto–, parecía nacido para el cultivo de los inocentes goces domésticos. La pasión profunda y la veneración por la señora a quien llamaba madre, hacían que la acompañase frecuentemente, creando en él, el hábito de tratar con señoras ancianas, mimar y condescender con los niños y ser un tesoro para las intimidades de familia. Ya arreglaba los tirantes de un papalote, ya competía en el trompo con otros chicuelos... hablaba con las pollas de bailes y de modas, daba su voto en confecciones de guisos y postres y oía los cuentos y milagros, con atención sostenida”.

 

Desde los primeros años de juventud, la influencia de su madre, doña Guadalupe de los Ríos, fue determinante en la formación y el carácter de Ignacio, sobre todo a la muerte de su padre, don Mariano Comonfort, quien lo había inscrito en el Colegio Carolino de Puebla con la única intención de que desarrollara aptitudes como escritor. El repentino fallecimiento del padre truncó su futuro literario y tuvo que dejar los estudios a los cuales, de cualquier forma, no era muy proclive.

 

Tenía cualidades para los negocios y la administración, mismas que puso de manifiesto al ocuparse del cuidado y bienestar económico de su familia. Si su madre había hecho de él un hombre refinado, acomedido, dado a las tareas del hogar y sin miedo a mostrar sus más profundos sentimientos, de su padre había heredado prendas propias del buen militar: arrojo y sangre fría. Era, además, “un diestrísimo jinete y muy notable en el manejo de las armas”.

 

“Donde totalmente se desconocía a Comonfort –escribió Prieto–, era en el campo de batalla; allí se le admiraba previsivo, se veía astuto, activísimo, y sobre todo de una serenidad imponente y tranquila cuando rugían a su alrededor las balas y temblaba el suelo sembrado de cadáveres por el tumulto de la lucha”.

 

Durante las décadas de 1830 y 1840 ocupó diversos cargos dentro de la administración pública. Fue comandante militar de Izúcar y prefecto de Tlapa, lugares ambos que prosperaron bajo su mando. Combatió a los norteamericanos en 1847 y llegó al Congreso en varias ocasiones. Como diputado y senador presentó una faceta que lo mostraba como un hombre excesivamente conciliador, vacilante al expresar sus opiniones y sin principios políticos bien definidos, defectos que lo acompañaron hasta la Presidencia de la República.

 

“Su transformación era realmente increíble al entrar en discusiones sobre gobierno –continúa Prieto–. Se descubría al hombre perspicaz, al patriota ardiente, pero al hombre de principios infirmes, al que no podía desprenderse de la educación mística y disimulada de la población de su época: en una palabra, el vaivén del moderado, el zigzag del conciliador, el tira y afloja de los que quieren un medio sí y un medio no, como decía Ocampo”.

 

En 1854 unió sus destinos a los del cacique de Guerrero, Juan Álvarez, y apoyó la revolución contra Santa Anna. Durante más de un año de lucha viajó a Estados Unidos, consiguió apoyo material, se puso al frente de su ejército y combatió ferozmente al dictador. Al triunfar el movimiento, su popularidad era tan grande como la del propio Álvarez, quien reconociendo la superioridad intelectual del poblano, renunció al poder y puso la Presidencia en sus manos.

 

Su administración fue el preludio del gran drama nacional que asomaba en el horizonte mexicano: la Guerra de Reforma. Enfrentó diversas rebeliones encabezadas por miembros del clero y del partido conservador que estallaron en Guanajuato, Puebla, Oaxaca y Jalisco bajo el pretexto de la supresión de los fueros eclesiástico y militar –decretado por el presidente Álvarez–, que se tornaron más violentas al promulgarse la ley del 25 de junio de 1856 sobre la Desamortización de Bienes de Manos Muertas que intentaba poner en circulación las propiedades de la Iglesia. El presidente sentaba, así, las bases de la futura separación entre la Iglesia y el Estado.

 

La respuesta del gobierno ante los levantamientos se dio en términos militares pero siempre con benevolencia: a los derrotados, una y otra vez, el presidente les otorgó el perdón, la amnistía, la clemencia y, en el peor de los casos, el destierro. Hacia finales de 1856 el país parecía entrar en una tensa calma. En un intento supremo de conciliación, condenado al fracaso, Comonfort organizó un gabinete mixto –de liberales y conservadores– que se convirtió en una caja de Pandora. Con la promulgación de la nueva Constitución, el 5 de febrero de 1857, los ánimos se encendieron nuevamente: la Iglesia amenazó con excomulgar a todos aquellos individuos que juraran la carta magna y decenas de funcionarios públicos, incluidos importantes grupos de militares, se negaron a jurarla por temor a morir en pecado.

 

El 1 de diciembre de 1857, Comonfort dejó de ser presidente sustituto para convertirse en presidente constitucional. Cumplía casi dos años en el poder y la pugna entre liberales y conservadores parecía llegar al límite. En la prensa, en los cafés, en las conversaciones se respiraba un ambiente de guerra. En un momento de dudas e incertidumbre, y sin principios políticos firmes, el presidente se arrepintió de haber apoyado las medidas liberales implantadas en el último año, que en vez de conciliar habían agravado la situación. Sumido en una profunda confusión, sin claridad en sus pensamientos, al parecer escuchó las palabras de su madre –perenne influencia– quien le aconsejó no contravenir los preceptos de la Iglesia, y apoyado en los conservadores, el 17 de diciembre desconoció la Constitución que había jurado meses atrás. Era,sin más, un autogolpe de Estado.

 

El carácter dubitativo del presidente apareció nuevamente semanas después: arrepentido, quiso volver sobre sus pasos, pero ya era tarde. Se encontraba solo. El Partido Conservador le había dado la espalda y los liberales repudiaban la manera en que había roto el orden constitucional. Sin salida alguna, Comonfort dejó el poder el 21 de enero de 1858 y marchó rumbo al destierro a los Estados Unidos. Su tibieza había significado el inicio formal de la Guerra de Reforma.

 

El triunfo de Juárez y la inminente intervención francesa le otorgaron la posibilidad de redimirse frente a la Patria. En 1861 regresó a México y, perdonado por don Benito,se puso al servicio de la República ocupando el ministerio de Guerra. Su mejor faceta, la del guerrero, volvió a surgir. Con arrojo, intentó inútilmente auxiliar al ejército republicano sitiado en Puebla en mayo de 1863. Parecía buscar la muerte para ganar el perdón de la Patria. Morir en combate significaba su vindicación: el momento llegó en una emboscada el 13 de noviembre, cuando la filosa lanza de un guerrillero enemigo partió en dos su corazón.

 

El golpe fue tan violento que lo derribó del caballo. El frío metal atravesó su pecho. Agonizó con su espíritu en la más absoluta calma. La herida moral abierta desde 1857 cicatrizó al fin con su muerte. Camino de San Luis Potosí a Guanajuato, en el molino de Soria cerca de Chamacuero, la Patria lo había redimido.

 

“Estaba dotado de grande benevolencia –escribió Manuel Rivera Cambas–, nunca agotada por los desengaños más crueles, y en su bello corazón vibraba muy alto la fibra de la humanidad; siempre estaba dispuesto a la reconciliación y cifraba su mayor ventura en perdonar y dar un fraternal abrazo a los que habían sido sus enemigos”.

 

Y sin embargo, no había tenido la sensibilidad política para entender que las diferencias entre liberales y conservadores eran irreconciliables. No era cuestión de buena voluntad, era el enfrentamiento definitivo de dos proyectos de Nación que buscaban un lugar en la historia. Años atrás, en 1856, Melchor Ocampo escribió lo que habría de convertirse en una profecía: “Dudo mucho que con apretones de mano, como Comonfort me dijo que ha apaciguado a México y como se propone seguir gobernando, pueda conseguirlo, cuando yo creo que los apretones que se necesitan son de pescuezo. El tiempo dirá quién se engañaba”.

 

 

El artículo "Ignacio Comonfort" del autor Alejandro Rosas, que se publicó en Relatos e Historias en México, número 33. Cómprala aquí.