• 17-ago-2019.

En busca del oro negro

Gerardo Díaz

 

Los primeros grandes pozos petroleros en México

 

 

Existen registros que indican que desde la época prehispánica se conocía el petróleo. En aquel tiempo se le podía ver brotar naturalmente y los mesoamericanos se referían a él con una palabra que pasó al español como chapopote. Era utilizado en diversas tareas, desde la higiene dental hasta su quema en ceremonias religiosas.

 

Su uso a pequeña escala y en actividades variadas continuó hasta el siglo XIX, cuando el desarrollo del queroseno incrementó la importancia del petróleo y, años más tarde, la maquinaria moderna lo empleó como principal fuente de energía. Con ello, su búsqueda y explotación se convirtió en un negocio altamente redituable.

 

En 1900, el empresario estadounidense Edward L. Doheny viajó a México para explorar las emanaciones encontradas a lo largo de la vía del Ferrocarril Central Mexicano que unía a Tampico y San Luis Potosí, y así determinar sus posibilidades de explotación. De inmediato se convenció de la riqueza de este subsuelo y para 1901 ya había adquirido propiedades en la Huasteca potosina y organizado la Mexican Petroleum Company.

 

No podemos hablar de un primer pozo petrolero en México sin entrar en polémica, ya que antes de Doheny, hombres como Adolfo Autrey realizaron perforaciones en su búsqueda y tuvieron resultados efectivos, aunque bastante menores en cuanto a cantidades. Lo cierto es que en 1901 Doheny estableció el primer campo petrolero mexicano, llamado El Ébano, y perforó el primero de sus pozos, nombrado Doheny I.

 

Para 1903, la producción y ganancias distaban mucho de lo deseado: alrededor de tres millones de dólares invertidos en diecinueve pozos que daban escasos barriles diarios. La inversión en El Ébano parecía perdida. Sin embargo, la perseverancia de Doheny, dadas las evidencias de enormes chapopoteras en la zona, brindó frutos en 1904, cuando, por consejo del geólogo mexicano Ezequiel Ordóñez, se decidió perforar en las faldas del pequeño cerro de La Pez, así conocido por los lugareños. De este modo, el 3 de abril, a una profundidad aproximada de quinientos metros, el pozo La Pez No 1 arrojó crudo a quince metros de altura y al paso de los días produjo cerca de 1 500 barriles diarios.

 

Ese fue el antecedente de la producción a gran escala en territorio nacional. Con el tiempo, la zona abasteció al mercado nacional de los productos petroleros esenciales e importó a Estados Unidos el sobrante.

 

El monopolio de Doheny terminó con la llegada del capital británico de la mano de Weetman Pearson, quien creó la compañía El Águila para explorar otras zonas del golfo de México que incluso resultaron más ricas que El Ébano, e impulsó que en Tampico se construyera una importante refinería que podía procesar cuatro mil toneladas de crudo por día.

 

 

El artículo "En busca del oro negro" del autor Gerardo Díaz se publicó en Relatos e Historias en México número 119. Cómprala aquí