• 24-sep-2021.

El cineasta ruso Serguéi Eisenstein y su visión de los toros en México

Carlos Silva

En parte de su documental sobre nuestro país, Eisenstein tuvo la intención de mostrar el ritual taurino dentro y fuera del ruedo; sin embargo, la crítica expuso que no fue certero en su visión.

 

Lo que hoy se conoce como la versión final de ¡Que viva México! Tiene una duración aproximada de dos horas 32 minutos. Pasada la primera media hora, hay una escena por demás emblemática para la cultura de la tauromaquia mexicana y para el propio Eisenstein, quien la consideró como una de las costumbres más arraigadas en nuestro país heredada por los españoles: “la corrida”.

El protagonista de esas imágenes fue el matador David Liceaga, quien el 11 de enero de 1931 habría de tomar una de sus varias iniciativas como torero apadrinado por Manuel Jiménez, Chicuelo, en el coso de la Condesa. En aquella ocasión lidió y dio muerte a Polillero, de Zacatepec, en presencia de Carmelo Pérez.

Relata Raymundo Vázquez Villalobos que Liceaga, aunque novillaba desde 1927, no había logrado su consolidación, sino hasta aquel 1931. Después de varias apariciones en Ciudad de México y en el interior de la República, ese año viajó a España, donde actuó en siete novilladas en la plaza de Barcelona. Ahí recibió su segunda alternativa de manos de Manolo Bienvenida, con el toro Chuponero, de la ganadería de Guadalet, siendo el testigo Domingo Ortega. “Ceremonia que confirmó en Madrid el 25 de septiembre cuando Nicanor Villalta le cedió el burel Buñuelo, de José Encinas”, siendo Ortega otra vez testigo.

En 1938, por segunda ocasión, renunció al doctorado actuando con éxito en la temporada de novilladas de El Toreo. Y así, el 18 de diciembre de dicho año recibió su tercera alternativa de manos de Fermín Espinosa, Armillita, con Cabrero, de La Punta, en presencia de Silverio Pérez. En la Monumental Plaza México se despidió el 2 de febrero de 1947, pero volvió a reaparecer en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 20 de junio del siguiente año. Se retiró de los ruedos el 11 de enero de 1959 en Mérida (Yucatán).

La vida de Liceaga estuvo llena de anécdotas, una de ellas, por su puesto, su paso por el cine en el documental de Eisenstein, y otra más, aquella en que, el “24 de julio de 1932, en Barcelona lidió el toro más grande del que se tenga noticia en la historia de la tauromaquia moderna, que fue de la ganadería de Arranz, que pesó 950 kilos”.

O aquella otra en que, de manera inusitada, el domingo 3 de enero de 1943, “al celebrarse la sexta corrida de aquella temporada en El Toreo de la Condesa, Fermín Espinosa Armillita, David Liceaga y Carlos Arruza, se enfrentaron a un encierro de Zacatepec. Había salido al ruedo el segundo de la tarde, Badila de nombre para Liceaga. Ni tardo ni perezoso tomó tres pares de banderillas, y en un acto de provocación profesional, se afirmó en el tercio para invitar a Fermín Espinosa y a Carlos Arruza a banderillar”.

La valentía de Liceaga al enfrentar a aquellos monstruos del toreo ha implicado interpretar su actitud, mirada y pensamiento ante este hecho: “no debió haber sido un ‘buenas tardes’, sino del auténtico ‘¡Señores aquí estoy yo, y lo demás lo vamos dejando claro en el ruedo!’. Reto que la afición agradecía emocionada, sabiendo que los tres poseían el notable potencial de grandes rehileteros, con lo que aquello no fue un tercio de banderillas más”, agrega Coello.

La visión de Eisenstein

En lo que respecta a su participación  cinematográfica, Liceaga encarna todo el rito que significa “transformarse en torero”: el vestir el atuendo, la devoción familiar y religiosa, su actuación en el ruedo y la celebración extasiada en comunión con el público, la gente, el pueblo.

La secuencia fílmica, que dura poco más de diez minutos, tiene sus asegunes. Es casi irreal por su interpretación, sus escenografías y teatralidad; probablemente, debido a que es la visión de un espectador ajena a la tradición taurina. También quizá porque el cineasta ruso tan solo quiso aprovechar el momento oportuno que le tocó durante su recopilación de imágenes, algo que ya le había ocurrido, con otro afán de suerte, cuando a su llegada a México se celebraba la fiesta por la devoción guadalupana.

Las escenas de la fiesta brava comienzan con una mujer tumbada en una mecedora de estilo barroco que, ataviada al estilo jerezano, simula tocar acordes españoles en una guitarra, acompañada de una voz en off en ruso –italiano o español, según la versión que se vea–. De pronto aparece la figura del joven Liceaga, quien instantes después se encuentra inmerso en el ritual para transformarse en torero. Su hermano menor, quien hace de mozo, le teje la coleta; luego, ata con prestancia los cordones del tubo inferior de la taleguilla, que toman el nombre de “machos”.

Se ha dicho popularmente que ello tiene un significado lúdico en la torería: “apretarse los machos” es sinónimo de ser muy valiente o, valga la redundancia, “ser muy macho”. Posteriormente lo calza con las zapatillas. Vienen escenas de algunos detalles del traje de luces y de su cuadrilla ataviándose. Luego la toma vuelve a Liceaga para ver el enredo de la faja, hasta que por fin le colocan la chaquetilla, se cubre con la montera y se echa el capote de paseíllo.

Enseguida, aquel ritual se vuelve íntimamente emocional. El matador y su hermano visitan a la madre, donde se postran de hinojos para recibir la bendición, un beso en la frente y una despedida fugaz que podría ser la última. Esta escena termina cuando ambos se santiguan frente a una “Santa Virgen” de piedra, que extrañamente no es la Virgen de Guadalupe, a la que se encomiendan los toreros mexicanos, sino la de la Macarena, venerada por los españoles.

 

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Carlos Silva. Doctor en Historia por la UNAM. Ha sido coordinador de Gestión Cultural de la Subdirección General de Patrimonio Artístico del INBAL, director de la colección “20/10: Memoria de las revoluciones en México” y colaborador en los diarios Reforma y Milenio, entre otros medios. Entre sus publicaciones están El diario de Fernando, las biografías de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Gonzalo N. Santos, 101 preguntas de historia de México y La Independencia de México.

 

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¡Que viva México… y la tauromaquia!