Las rivalidades indígenas que existían en Mesoamérica fueron promovidas y usadas estratégicamente por los españoles para obtener ayuda en sus campañas colonizadoras. Durante el siglo XVIII, en los actuales estados de Sonora y Sinaloa, se articuló una particular alianza entre pimas y españoles. Estas dinámicas causaron la distinción entre los “indios amigos” de los españoles y la oposición a la dominación colonial de los “indios bárbaros”: los yaquis y seris.
Importancia de los “indios amigos”
En su libro *La guerra chichimeca (1550-1600)* (1977), Philip W. Powell se refirió a la importancia del papel desempeñado por los aliados indígenas de los españoles en la conquista de América. Dijo lo siguiente: En sentido literal, los indios de América fueron los conquistadores –o destructores– de su propio mundo en beneficio de los invasores europeos. Una y otra vez la historia se repitió: unos indios sometieron a otros, permitiendo a los europeos dominar vastas zonas del nuevo mundo. Gran parte, o, mejor dicho, la mayor parte de la conquista de América por los europeos, fue propiciada y realizada por las luchas de unos indios contra otros, luchas que fueron dirigidas por puñados de hombres blancos que astutamente aprovecharon las antiquísimas rivalidades entre indígenas.
Este trabajo trata de mostrar, entre otras cosas, que las posibilidades que los españoles encontraron en Sonora para realizar sus empresas de conquista y colonización no fueron la excepción a la regla, porque allí también los grupos indígenas se hallaban enfrentados entre sí desde tiempos inmemorables. De modo que, al igual que en otras regiones de América, no tuvieron mayores problemas para hacerse de aliados entre los propios indios con el fin de inclinar el equilibrio de sus enfrentamientos armados en su propio favor. Tan graves debieron ser esos conflictos que todavía en 1750 el juez pesquisidor y visitador de Sonora y Sinaloa, José Rafael Gallardo, escribió: “decirle a un yaqui ‘pima’ o a un pima ‘yaqui’ es entre ellos la mayor afrenta y asunto para tomar venganza del improperio”.
Para los españoles, así pues, nada resultaba más útil para asegurar la continuidad de sus empresas de conquista y colonización en Sonora que fomentar la prolongación indefinida de dichas rivalidades. Tan ventajosa les resultó la aplicación de esa estrategia que no dudaron en llevarla más lejos las veces en que llegaba a verse en peligro su dominio en la región. Es muy interesante lo que al respecto escribió el capitán Domingo Jironza al virrey en 1695. Veamos:
Doy cuenta a Vuestra Excelencia de haber hecho las enemistades de los pimas y sobaipuris con los jocomes y janos, sumas y otras muchas naciones que hacen guerra a esta provincia. Y a dichos pimas y sobaipuris los he sacado a pelear tres o cuatro veces con todas estas naciones que antes eran aliadas con ellos y ahora han rompido [sic] la guerra y están en paz con los cristianos y encarnizados con los otros. Señor, no es posible menos, porque para hacer cualquiera salida, función o campaña sin la gente amiga, no se hace nada. Y ésta es muy necesaria para espiar, subir las sierras y peñoles de esta provincia y sus contornos.
Debemos decir que incluso en ese mismo año de 1695, los españoles se vieron en la necesidad de recurrir a nuevas alianzas con los indios de Sonora, pues hasta sus antiguos aliados pimas volvieron a levantarse en armas contra la imposición de su dominio en la región. En efecto, solicitaron el auxilio de los seris, entonces enemigos irreconciliables de los pimas, pese a la cercana vecindad que con ellos tenían. Tan adecuada resultó esa medida que, como relató al respecto un misionero, al observar los seris que un oficial español degollaba a varios rebeldes, no tardaron en seguir su ejemplo, “con lo cual, en un instante, quedó el campo cubierto de cadáveres”.
Consideramos importante señalar que los españoles, luego de tales experiencias, fueron aún más lejos en la aplicación de dicha estrategia, incluso a costa de retrasar los cambios que estimaban necesarios en las formas tradicionales de vida de los indios. Por ejemplo, procuraron estimular sus antiguas costumbres relacionadas con la guerra, con el fin de mantener vivas las rivalidades que los enfrentaban entre sí. Conoce lo que decía el visitador de Sonora, antes citado, en el artículo completo en la revista.
Pavor causa ver que por demostración festiva [los indios] lleguen a comer con la misma mano del muerto, casi corrupta, por el mucho tiempo que la conservan. [Y] estos bailes es preciso permitírselos y así lo toleran las justicias y los reverendos padres misioneros. Y a mí no me pareció conveniente de negarles –en el pueblo de Cocóspera– la licencia de celebrar a esta usanza una victoria en mi presencia porque les sirve de incentivo y mayor aliento para la guerra.
En consecuencia, el mismo visitador no tuvo reparo alguno en hacer la siguiente recomendación: “Una de las más prudentes máximas debe de ser la de excitar al odio y la enemistad entre unas naciones con otras al laudable fin de reducirlas para que unas con otras presten favor y auxilio”.
¿A qué podría deberse que todavía hacia finales del periodo colonial los españoles y los indios de Sonora siguieran interesados en mantener su alianza militar? Descúbrelo en el artículo completo en la revista.
¿Cómo citar este artículo?
José Luis Mirafuentes, “El hombre fuerte del Norte. Los últimos días de Santiago Vidaurri”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 26-37.
*José Luis Mirafuente
Doctor en Historia por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad de París. Profesor e investigador de la UNAM en retiro, ha obtenido el premio al mejor artículo en 1991, otorgado por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas, y mención especial en 1992, en la edición de premios de la misma institución. Es autor de diversos artículos en revistas especializadas, así como de libros, entre los que se cuentan: Movimientos de resistencia y rebeliones indígenas en el norte de México (1680-1821). Guía documental (3 t., 1989), Nómadas y sedentarios en el norte de México. Homenaje a Beatriz Braniff (en coedición, 1999), además de la edición (con Pilar Máynez) de la obra de Domingo Elizondo, Noticia de la expedición militar contra los rebeldes seris y pimas del Cerro Prieto, Sonora 1767-1771 (1999).

