Entre el 10 y el 11 de septiembre de 1810, una serie de alarmantes denuncias llegaron hasta los oídos de Francisco Xavier Venegas, el recién nombrado virrey de la Nueva España, quien en ese momento se encontraba en tránsito hacia la Ciudad de México para tomar posesión del cargo. Las informaciones daban cuenta de la puntual existencia de una organización clandestina, integrada por personas insurrectas con ideales autonómicos e independentistas, que planeaba socavar y derrocar al gobierno virreinal por la vía armada.
No era el primero ni el único movimiento conspiratorio de ese calibre que emergía en estos territorios. Sin embargo, el flamante virrey prefirió no correr riesgos y, desde el primer momento, ordenó la defensa del reino y el inminente sofocamiento de los alzados.
De entre las diversas conjuras, se decía que la de Querétaro era la más peligrosa: algunos testigos afirmaban que los conspiradores de esa ciudad llevaban meses fabricando armas y cartuchos, manteniendo reuniones políticas y planeando un levantamiento para los primeros días de diciembre, durante la feria de San Juan de los Lagos. Entre las personas que integraban ese complot destacaba el nombre de Josefa Ortiz Téllez-Girón —mujer insurgente, mote que el virrey Venegas les colocaba a los sublevados—, una figura férrea y comprometida. «El torrente de esa señora ha conducido a los depravados fines que he anunciado», anotó al virrey el alcalde Juan Ochoa, uno de los delatores de la conjura.
Josefa, a quien años más tarde se le conocería con el epíteto de «la Corregidora», era esposa del magistrado y corregidor de la ciudad de Querétaro, Miguel Domínguez. Ambos formaban parte de la confabulación. Así, el jueves 13 de septiembre, el virrey entró a la Ciudad de México y ordenó desarticular la conspiración de Querétaro.
El primero en enterarse fue Miguel Domínguez, quien inicialmente intentó negar su vínculo con la confabulación. Ese mismo día, varios conjurados fueron aprehendidos por las autoridades. Para protegerla, el corregidor mandó encerrar a su esposa en la recámara del palacio o bajo resguardo; sin embargo, aún presa, Josefa se las ingenió —la leyenda popular dice que mediante tres fuertes taconazos en el suelo— para llamar la atención del alcaide, Ignacio Pérez Álvarez. A través del ojo de la cerradura, le ordenó que partiera de inmediato a San Miguel el Grande para advertir a los líderes que la conjura había sido descubierta. «¡Que inicien el levantamiento ya!», habría sentenciado.
Como alma que lleva el diablo, a matacaballo y cambiando de corcel según lo exigía el camino, la mañana del 15 de septiembre Ignacio Pérez cabalgó raudo para llevar el mensaje de doña Josefa. Por la tarde llegó a San Miguel, alertó a Juan Aldama y, juntos, se dirigieron al pueblo de Dolores, al que arribaron por la noche. ¿A quiénes encontraron ahí y qué pasó? Encuentra el relato completo en la revista,

