La segunda mitad del siglo XVI fue una época de profundos cambios para España y su imperio. En ese periodo, Felipe II intentó imponer el dominio español sobre el Mediterráneo frente a los turcos y en el Atlántico se erigió en campeón de la ortodoxia católica atacando a los reinos que habían abrazado las distintas reformas protestantes. Los enormes gastos ocasionados por esas guerras provocaron una profunda crisis que intentó paliarse con los metales que llegaban de América y con la expansión del comercio mundial. En 1581 Felipe II era coronado rey de Portugal tras una crisis sucesoria en dicho reino. Con ello, las colonias portuguesas en África, Asia y América se unían a las posesiones españolas en Europa, así como a Nueva España, Perú y las Filipinas, convirtiendo a ese rey en el monarca más poderoso del mundo.
La continua demanda de metales preciosos provocó también importantes cambios en los virreinatos americanos. En Nueva España, los descubrimientos de yacimientos de plata en Zacatecas habían desatado una guerra a sangre y fuego contra los pueblos chichimecas que asaltaban las caravanas de colonos, mientras que en el centro y el sureste se vivía un proceso de consolidación de instituciones civiles e eclesiásticas. Las ciudades prosperaban alrededor de sus organizaciones municipales, y en las capitales episcopales, obispos y cabildos catedralicios impulsaban la formación de parroquias dirigidas por el clero secular, en detrimento de los intereses de los frailes.
Mientras tanto, en los ámbitos rurales, la mayoritaria población nativa sufría una brutal disminución ocasionada por sucesivos brotes epidémicos; la reducción de trabajadores y tributarios afectó a los grupos que se beneficiaban de ello: los frailes mendicantes, la nobleza indígena y los encomenderos. Además, los primeros se veían presionados por los obispos para que abandonaran sus doctrinas, y los segundos, con las nuevas políticas que les quitaban privilegios, eran desplazados del control que tenían sobre los indios.
A causa de las epidemias se hizo necesario redistribuir la fuerza de trabajo para fortalecer a la creciente actividad minera, el auge constructivo de las ciudades y las empresas agrícolas de los colonos españoles recién llegados. Estos, junto con los mercaderes y los funcionarios de la Corona, forjaban nuevos sectores sociales y, con el arribo de las órdenes religiosas de la Contrarreforma –como los jesuitas, los carmelitas y los mercedarios–, se fortalecían corporaciones, hermandades y cofradías, mientras se creaban nuevas instituciones educativas, devotas y caritativas.
En esos tiempos de profundos cambios vivió uno de los personajes que tendría un papel fundamental para el futuro de la Nueva España en ese periodo.
Formación y vínculos del hijo de un virrey
Luis de Velasco y Castilla nació en 1538 en Carrión de los Condes (villa situada en Palencia, en el Camino de Santiago) en una familia de la nobleza castellana. Aunque su estirpe no era de las más encumbradas, estaba emparentado con los marqueses de Santillana, los condes de Haro, los duques de Frías y el mariscal de Castilla. Su madre Ana de Castilla pertenecía al importante clan de los Mendoza, favorecidos por los Reyes Católicos, y su padre Luis de Velasco y Alarcón habíacombatido con los franceses en tiempos de Carlos V y había ocupado el cargo de virrey en Navarra. En 1549 el emperador encargó a éste el gobierno de Nueva España, pues su virrey Antonio de Mendoza sería enviado al del Perú. Velasco se embarcó en Sevilla, acompañado por su hermano Francisco y por un séquito de sirvientes y esclavos africanos; su esposa Ana de Castilla y sus hijos Antonio, Luis, Beatriz y Ana se quedaron por el momento en España.
Cuando su padre tomó a su cargo el gobierno virreinal en 1550, Luis tenía doce años e iniciaba los estudios de gramática latina, retórica y filosofía en la Universidad de Salamanca; antes de cumplir los 16 años entró como paje al servicio del príncipe Felipe, y en 1554, junto con su hermano Antonio, formó parte del séquito que acompañó al futuro rey en su viaje a Inglaterra para casarse con su tía, la reina María Tudor. En 1559 el ya entonces rey Felipe II, durante su estancia en Bruselas, otorgó a Luis el título de caballero de Santiago y una pensión; al año siguiente, por petición de su padre, Luis se embarcó en Sevilla rumbo a América.
En ese momento, el virrey Velasco llevaba diez años de gobernar la Nueva España y, por su apoyo a los frailes misioneros, se había ganado la oposición del poderoso arzobispo fray Alonso de Montúfar. Su defensa de los derechos indígenas y su atención a las quejas de sus dirigentes contra varios miembros de la Audiencia también lo enfrentaron con los oidores Francisco Ceynos, Vasco de Puga y Lope de Miranda. Finalmente, la implantación de las Leyes Nuevas, que limitaban el poder de los encomenderos, le ocasionaron la oposición de los miembros del ayuntamiento de la capital, órgano que representaba los intereses de aquellos.
Una de las estrategias del virrey Velasco para contrarrestar el poder de sus enemigos fue vincularse con las más ricas familias del virreinato. De hecho, su hermano Francisco se había casado en 1552 con Beatriz de Andrada, viuda de Juan Jaramillo (el marido de la Malinche), heredera de la encomienda de Jilotepec y miembro del poderoso clan de los Cervantes. Asimismo, en 1561 Velasco había traído desde España a su hija Ana para desposarla con el minero vasco Diego de Ibarra, uno de los hombres más ricos de Nueva España, famoso por haber sido uno de los descubridores de las minas de Zacatecas.
El virrey tenía también el apoyo de la familia Castilla (parientes de su mujer) y de su primo Rodrigo de Vivero, todos vinculados con importantes linajes novohispanos. La llegada de Luis de Velasco y Castilla a Nueva España formaba parte de los proyectos de su padre para afianzar a su clan familiar en estos territorios, y entre sus planes estaba casarlo con la hija de Alonso de Villaseca, rico ganadero y traficante de cacao, pero el enlace se frustró. Sus políticas matrimoniales se convirtieron en los argumentos utilizados por los enemigos del virrey para desacreditarlo, y para ello enviaron cartas a Felipe II en las que solicitaban su destitución.
La supuesta conjura de Martín Cortés
Cuando en 1563 llegó a la capital el visitador Jerónimo de Valderrama, los opositores a Velasco pensaron que sus quejas habían sido escuchadas, pero quedaron frustrados al ver que el funcionario no venía a enjuiciar al virrey, sino que traía la orden de realizar una reforma dirigida a retasar los tributos indígenas, que en adelante se cobrarían en pesos y no en especie, lo cual tocó muchos intereses. La visita de Valderrama desató una enorme polémica y encontró una fuerte oposición por parte de los frailes, quienes, apoyados por el virrey Velasco y por el oidor Alonso de Zorita, consideraban injustas estas medidas, sobre todo aquellas que afectaban a sus aliados, los señores indígenas, a los que se obligó a tributar.
Valderrama acusó entonces al virrey Velasco de solapar los abusos de los mendicantes, obstaculizar la tasación de los pueblos, beneficiar a su parentela y otorgar corregimientos y estancias ganaderas a sus amigos y allegados. A sus quejas se unieron los descendientes de los conquistadores que habían perdido sus privilegios con las Leyes Nuevas; éstos encontraron una voz que los defendiera en el también recién llegado Martín Cortés Zúñiga, el hijo de Hernán Cortés y heredero del marquesado del Valle de Oaxaca. El marqués venía acompañado por su esposa embarazada, Ana Ramírez de Arellano (que era además su sobrina) y por sus hermanos Martín (el hijo de la Malinche) y Luis.
A su llegada a la capital, después de una larga estancia en la Corte española, el segundo marqués del Valle se enfrentó con una fuerte hostilidad por parte de la Audiencia, de otras autoridades virreinales y de las poderosas familias terratenientes.
La tensión se agravó con la muerte del virrey Luis de Velasco en 1564, y cuando en su lugar comenzó a gobernar la Audiencia encabezada por Valderrama. Para ganarse a los encomenderos, el visitador apoyó a una facción del ayuntamiento, pero a principios de 1566 fue llamado a España y, tras su partida, aquel grupo cayó en desgracia.
Luis de Velasco y Castilla, entonces regidor del ayuntamiento, y el sector beneficiado por su padre que él representaba aprovecharon la ocasión para perjudicar a los encomenderos descontentos. Para tal fin comenzaron a esparcir el rumor sobre una conspiración encabezada por los hermanos Ávila, mediante la cual se pretendía asesinar a los oidores, nombrar rey de Nueva España a Martín Cortés y pedir ayuda al sumo pontífice y a Francia.
A pesar de que los inculpados negaron haber participado en una conspiración de tales dimensiones, Luis de Velasco, su tío Francisco y sus amigos declararon en el juicio que en verdad la conspiración había tenido lugar. Los oidores consideraron que había pruebas suficientes para ejecutar a los cabecillas; los hermanos Alonso y Gil de Ávila, así como otros encomenderos, fueron ajusticiados en la Plaza Mayor de México, mientras que Martín Cortés y sus hermanos quedaron presos y fueron remitidos a España. Con este desenlace, el nuevo sector formado por los ricos terratenientes –amigos de Velasco y emparentados entre sí– comenzó a controlar el ayuntamiento. Tal situación se afianzó con la llegada del tercer virrey de Nueva España, el marqués de Falces, tres meses después de aplacada la supuesta conjura.
Por su activo papel como denunciante de la rebelión, Luis de Velasco y Castilla recibió el reconocimiento del rey, quien lo nombró corregidor de Zempoala. Por entonces Luis hizo sus primeros viajes hacia el norte del territorio para visitar a su hermana en Zacatecas, quien en 1566 había dado a luz a su primogénito Luis de Ibarra y Velasco. En 1565 nuestro personaje se había casado con María de Ircio y Mendoza, sobrina del virrey anterior, emparentada también con los clanes Cervantes y Castilla, y quien al año siguiente, al igual que su hermana, esperaba el nacimiento de su primer hijo.
Alianzas favorables y conflicto conyugal
Desde muy pronto, Luis tuvo serios conflictos en su matrimonio, pues su suegra, María de Mendoza, lo acusó de maltrato hacia su esposa y de incumplir las cláusulas del testamento de su suegro Martín de Ircio y los acuerdos firmados sobre no disponer libremente de la herencia y de la dote de su hija. Velasco movió sus influencias para que ningún abogado defendiera a su suegra, y cuando ella se presentó ante la Audiencia en persona, sobornó a los oidores para que desestimaran su petición.
El pleito con María de Mendoza llegó hasta el Consejo de Indias, por lo que Velasco decidió ir a España en 1572 para buscar el favor del rey en el asunto y arreglar otros pendientes personales, como su pensión de caballero de Santiago y poner a su nombre los bienes y la riqueza del patrimonio familiar. Su hermano mayor Antonio y su madre Ana habían muerto y él era por tanto el único heredero.
A su regreso a Nueva España en 1575, Velasco era un hombre rico; el rey le había concedido abundantes rentas, poseía tierras e indios en Tultitlán y bienes urbanos en la capital virreinal. Además de ganarse el favor del rey –quien le encargó ser informante de lo que acontecía en Nueva España–, Luis solucionó a su favor el pleito con su suegra.
Cuando Velasco había partido hacia España en 1572, Pedro Moya de Contreras, el primer inquisidor, acababa de ocupar la sede arzobispal y aún no se hacían presentes sus conflictos con el nuevo virrey Martín Enríquez de Almanza (ver *Relatos e Historias en México*, núm. 207). Pero en 1575 la competencia de jurisdicciones entre las dos máximas autoridades del virreinato, las fuertes personalidades de ambos y el apoyo del virrey hacia los religiosos en sus pleitos con las catedrales habían generado una gran tensión política. En un principio, Velasco no tomó partido y se puso a las órdenes de Enríquez; cuando éste fue enviado a regir el virreinato del Perú en 1580 y llegó a regir la Nueva España un nuevo virrey, el conde de la Coruña, también le ofreció a éste sus servicios.
Durante ese tiempo, los vínculos de Velasco con el arzobispo Moya se volvieron muy estrechos, sobre todo cuando en 1583 este último fue nombrado visitador del reino, y en 1584 virrey interino. Por esas fechas se le encargó a Velasco encabezar una expedición de reconocimiento en la conflictiva región chichimeca, y allá fundó el presidio-fortaleza de Atotonilco. Para entonces, ya habían nacido, de su matrimonio con María de Ircio, Francisco (su primogénito) y otros seis hijos: tres varones y tres mujeres.
El 18 de noviembre de 1585 hacía su entrada a la capital virreinal el marqués de Villamanrique, séptimo virrey de Nueva España. Los conflictos con el arzobispo Moya no se dejaron esperar por su prepotencia y abiertos actos de corrupción y por los ataques que comenzó a hacer contra personajes prominentes como Luis de Velasco. Sin esperar a su remplazo en la sede episcopal, el arzobispo encargó la catedral al deán y emprendió su regreso a la península para denunciar la actuación del nuevo virrey.
En la flota que zarpó de Veracruz el 11 de junio de 1586 también se embarcó Luis de Velasco, quien decidió escapar de las tensiones provocadas por el nuevo virrey; al poco tiempo de su partida murió su mujer María de Ircio. La misma flota llevaba las cartas que el virrey Villamanrique dirigía al monarca –en las que acusaba al arzobispo y a Velasco de afectar los intereses de la Corona–, las cuales no tuvieron ningún efecto, pues en Madrid ambos tenían todo el favor del rey. Felipe II convirtió a Moya en su principal asesor para los asuntos americanos y más tarde designó a Luis de Velasco como sucesor de Villamanrique en el virreinato septentrional. A este último se le hizo un riguroso juicio de residencia y se le obligó a pagar una elevada multa por sus malos manejos en el gobierno de Nueva España.
Carrera política en dos virreinatos americanos
En 1589, cuando cumplía 51 años, Velasco regresaba a América para regir un territorio que conocía muy bien después de casi tres décadas de haber vivido en él. Recién llegado, cumplió la orden de Felipe II de enviar a sus hijos varones a España, pues el rey quería vincularlos a su Corte. Los tres murieron jóvenes: Martín, casi al llegar; Antonio, durante su servicio en el ejército español, y Luis siendo novicio de los jesuitas.
Siguiendo los pasos de su padre, Luis de Velasco y Castilla ya había dispuesto, antes de su partida a España, el matrimonio de su hijo Francisco con su prima Ana de Castilla, la hija segunda de su hermana y de Diego de Ibarra. En 1590, ya como virrey, propició que su hija mayor Mariana de Ircio y Velasco se desposara con el destacado criollo, también pariente suyo, Juan de Altamirano y Castilla, natural de la Ciudad de México y alguacil mayor de la Inquisición. A sus otras dos hijas las había mandado profesar como monjas en el monasterio de Regina.
Durante su primer periodo de gobierno en el virreinato de Nueva España (1590-1595), Luis de Velasco puso fin a la prolongada Guerra Chichimeca; en lugar de utilizar la fuerza militar y mediando los oficios del capitán mestizo Miguel Caldera, a quien había conocido en 1584, estableció pactos con los dirigentes chichimecas por medio de regalos. Al mismo tiempo, promovió en la región el establecimiento de comunidades de tlaxcaltecas regidas por misioneros franciscanos para buscar un acercamiento con los grupos nómadas y agilizar su conversión al cristianismo.
Apoyó también a Juan de Oñate, hijo de otro de los descubridores de las minas de Zacatecas, para que explorara los territorios del llamado Nuevo México y para que consiguiera en 1595 el título de adelantado, con lo cual se inició formalmente la conquista de esas regiones. Velasco fomentó igualmente la industria textil, reorganizó el sistema de tributos que debían pagar los indios, incrementó la congregación de poblados dispersos a sus cabeceras y reforzó las fortificaciones en Veracruz para protegerla de los ataques piratas. A él se debe también la creación de la Alameda en la Ciudad de México. Continua leyendo el artículo completo en la revista para saber más de su gestión en Nueva España y en Sudamérica, donde gobernó por ocho años (1596-1604), un territorio mucho más inmenso, diverso y complejo que el de Nueva España.
Referencia:
Antonio Rubial García, “Luis de Velasco y Castilla. El virrey que consolidó el reino de Nueva España”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p.62-71.
*Antonio Rubial García
Doctor en Historia por la UNAM e investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de esa casa de estudios. Es miembro del SNII (nivel 3) y de la Academia Mexicana de la Historia. Se especializa en historia cultural y social de Nueva España, así como en cultura en la Edad Media. Fue reconocido con el Premio Nacional de Artes y Literatura (2022). Entre sus libros más recientes se hallan: El cristianismo en Nueva España. Catequesis, fiesta, milagros y represión (2020), La justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo (2011), El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804) (2010) y Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana (2005). Junto a diversos especialistas, ha coordinado La Iglesia en el México colonial (2013) y Cuerpo y religión en el México barroco (2011), entre otras obras.

