EL “MATADERO” DE ORIENTE

La leva dentro del ejército de mexicanos que derrotaron a los franceses en 1862 

Héctor Strobel

Parte II.

“El 23 de noviembre de 1861, tras conocerse la noticia de la Convención de Londres del 31 de octubre que anunciaba la intervención extranjera, Benito Juárez creó el Ejército de Oriente con 10,000 soldados de las brigadas que tenía disponibles y entregó su mando a José López Uraga, un general experimentado que partió al teatro de operaciones en Veracruz. Este hecho espoleó el fervor patriótico de diversos sectores. Los gobernadores y un número importante de civiles donaron recursos, que provinieron sobre todo de gente letrada, propietarios, artesanos y 
las clases medias urbanas. En esa época estaba germinando un sentido de identidad nacional, lo que atrajo a la defensa incluso a opositores del régimen juarista y a militares conservadores de la talla del general Miguel Negrete. Este nacionalismo naciente, empero, distaba de ser general, por lo que los oficiales se esforzaron en usar coacción para movilizar a las masas. El 
mayor alistamiento voluntario se concentró en unidades de la Guardia Nacional, pero la mayor parte de ellas no marchó a la guerra, sino que se quedó a resguardar sus localidades.

[…] . El 17 de diciembre desembarcaron las tropas españolas y, para inicios de 1862, anclaron las flotas francesa e inglesa. Sin embargo, el Ejército de Oriente no estaba en condiciones para luchar; décadas después, el general Eduardo Paz diría que ni siquiera se le podía llamar “ejército”. Aunque López Uraga recibió refuerzos, su llegada resultó contraproducente, porque a mayor número de hombres, más insostenible se volvía su alimentación, control y pago […]

Ante la precariedad, el plan defensivo de López Uraga era “hacinar” a tantos hombres como fuera posible, por lo que recurrió al reclutamiento forzoso y declaró traidor a todo aquel que no tomara las armas. Apresó indiscriminadamente a varones en edad militar en el centro de Veracruz, incluyendo a miembros de la Guardia Nacional que formaban las guarniciones, lo que molestó al gobernador Ignacio de la Llave, quien se quejó porque al hacerlo “tomaba de leva a los mismos que sirven a la nación”. En Xalapa, las autoridades organizaron una corrida de toros gratuita con el fin de capturar en masa a los concurrentes. Inquieto, López Uraga escribió a Juárez que se sentía más un “jefe de presidio que de un ejército” de tanto vigilar a sus hombres para que no huyeran; aquellos que lograban burlar la guardia emprendían largos viajes a pie de regreso a sus estados. El 10 de enero Ignacio de la Llave advirtió que el Ejército de Oriente “pronto se desbandaría” a falta de auxilios y López Uraga también preveía “las consecuencias de la horrible escasez”, por lo que fusiló a decenas de desertores como escarmiento, incluyendo voluntarios que huían del maltrato de sus superiores”

López Uraga se entrevistó con los generales extranjeros y quedó desmoralizado al ver la organización de sus ejércitos, así que se convenció de que la mejor estrategia para evitar lacatástrofe era satisfacer sus exigencias. Le molestaba que uno de sus generales, Ignacio Zaragoza, pensara lo contrario […]  Juárez, considerando inadmisible esta actitud, relevó a López Uraga y entregó el mando a Zaragoza, quien el 10 de febrero de 1862 tomó las riendas del Ejército de Oriente. Aunque el nuevo general en jefe era consciente de la “miseria espantosa”, radicalizó el reclutamiento forzoso. Sostenía que un contingente de leva podía ser bueno si era bien controlado y estaba convencido de que no había otra manera de formar soldados en México, ya que, opinaba, el “pueblo” carecía de “ilustración” y “la clase media” y la “aristocracia” eran egoístas.

Los efectos de la leva se manifestaron en los primeros enfrentamientos. En el combate de las cumbres de Acultzingo del 28 de abril de 1862, primer intento por frenar el avance del ejército francés a la Ciudad de México, los reclutas aprovecharon el desorden para desertar en masa y Zaragoza culpó a los oficiales por su “abandono e impericia” y a la tropa por ser “novicia en su mayor parte”. En consecuencia, marchó a Puebla para encerrar a los soldados tras fortificaciones y alimentarlos mientras podía para evitar deserciones. En el trayecto apresó a cuantos campesinos encontró –la mayoría indígenas– y, ante la urgencia, al llegar a la ciudad reclutó a la fuerza incluso “a la gente bien vestida”. Con la tropa alimentada, vigilada y reforzada, el Ejército de Oriente tuvo un desempeño ejemplar el 5 de mayo en la defensa del cerro de Guadalupe contra el asalto del general Charles de Lorencez, quien, confiado, cargó con pocos hombres que atacaron de manera descoordinada. Los voluntarios tuvieron un desempeño crucial para controlar a la tropa, pero también para inspirarla. El general Negrete se maravilló del desempeño de los campesinos reclutados tres días  antes en Acatzingo, quienes, al repeler la última carga, arrojaron sus fusiles para lapidar a los asaltantes a pedradas.

Juárez volvió a solicitar reemplazos a los estados y los gobernadores, bajo presión, comenzaron el envío de contingentes. De esa forma ningún estado se quedó sin representación en el Ejército de Oriente, excepto Tabasco, Campeche y Yucatán, absortos en sus propios conflictos internos y en la defensa del litoral. Ángel Albino Corzo, gobernador de Chiapas, envió a 950 hombres que cubrieron más de 1,000 km a pie hasta alcanzar Puebla. En todas las marchas, sin embargo, la deserción era escandalosa: la brigada de Durango desertó tras expandirse el rumor de que “era conducida al matadero del Ejército de Oriente” y los pocos hombres que permanecieron en las filas fueron custodiados con rigor. El batallón de Chihuahua perdió a 150 hombres por un motín y los 350 restantes, bien vigilados, llegaron a pie a la Ciudad de México el 27 de agosto de 1862. A finales de noviembre, un batallón sonorense se desbandó cerca de Cosalá (Sinaloa), por lo que el gobernador Ignacio Pesqueira sustituyó el envío de hombres por recursos económicos.

La situación de Zaragoza se tornó crítica tras la batalla de Puebla. Había gastado todos sus recursos y tenía que sostener a otros 3,000 refuerzos enviados por Juárez. Para mitigar las bajas, ordenó a sus comandantes que “levantaran a cuanta fuerza les fuera posible”, pero el general Ignacio Mejía, gobernador de Puebla, contravino la orden en defensa de la libertad individual […] 

El tifus, principal azote del Ejército de Oriente, se volvió endémico en pueblos y campamentos, y la falta de recursos motivó a la deserción incluso de oficiales. Patriotas de la talla de Vicente Riva Palacio escribieron a sus allegados su intención de retirarse. Zaragoza mostró su inclemencia con los desertores: “es preciso castigar estas faltas rigurosamente, pues de otra manera el ejército se desmoralizará completamente. El 8 de septiembre de 1862 González Ortega asumió el mando del Ejército de Oriente tras la repentina muerte de Zaragoza por tifus”. ¿Qué rumbo tomó el Ejército de Oriente a partir de entonces? Descúbrelo en el artículo completo.

El Ejército de Oriente, con 24,828 hombres, era similar en tamaño al francés, que tras recibir refuerzos había alcanzado los 24,300 soldados. Hay que tener en cuenta que, desapareció para siempre en 18, por lo que no debe confundirse con el que Porfirio Díaz volvería a formar en otras dos ocasiones bajo el mismo nombre, pero eso ya son otras historias. 

 

¿Cómo citar este artículo?

Héctor Strobel, “Los horrores de la guerra. El sufrimiento humano durante la Segunda Intervención francesa”, Relatos e Historias en México, núm. 211, Mayo, 2026, pp. 26-44.