Durante la Segunda Intervención francesa (1862-1867), como padeció los horrores de la guerra en toda su crudeza. Reclutamiento forzoso, matanzas, violaciones a los derechos, separación de familias, mutilaciones, saqueo de pueblos, hambrunas, epidemias y fuego cruzado son traumas históricos que se vivieron en aquellos días y que a menudo se invisibilizan. Más allá de los grandes acontecimientos y batallas, es crucial entender a los ejércitos como instituciones humanas, verdaderas entidades trashumantes que más allá de su función bélica poseían una naturaleza vulnerable. Tras la maquinaria de guerra existieron personas, tanto hombres como mujeres, sobre quienes recayó el riesgo del combate y la extenuante gestión logística de mantener las columnas
en pie dentro de un país devastado.
Este artículo analiza experiencias vividas entre 1861 y 1863, con énfasis en el impacto social provocado por las fuerzas armadas mexicanas, principalmente el Ejército de Oriente. Estas unidades, creadas para repeler a las fuerzas europeas desembarcadas desde finales de 1861, han sido idealizadas por intelectuales liberales como Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto y Justo Sierra, quienes las relacionaron con los conceptos de patria, pueblo e independencia. No obstante, su existencia supuso un sacrificio desmedido y una carga económica y social abrumadora para el pueblo de México.
En ese contexto se tuvo noticia de la aproximación de las flotas de España, Francia y Reino Unido, para exigir a México el pago de la deuda externa:
El 11 de enero de 1861 Benito Juárez hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México. tras expulsar a los conservadores, que ocupaban la capital desde 1858, los liberales se proclamaron vencedores de una guerra que denominaron de “Tres Años”, la cual, sin embargo, estaba lejos de concluir. Leonardo Márquez seguía en pie de lucha con una campaña de amplia movilidad.
Juárez intentó reestructurar sus fuerzas, profesionalizarlas y reducir su tamaño para economizar recursos. Pidió a los gobernadores reorganizar la Guardia Nacional de cada estado, ya que había perdido su propósito original: ser integrada por ciudadanos registrados para prestar servicio militar. No obstante, la urgencia del momento y la resistencia popular a enrolarse obligaron a que tanto esta institución como el ejército liberal siguieran nutriéndose de tropa reclutada por la fuerza, lo que limitaba gravemente su efectividad.
Tanto liberales como conservadores dependieron de los voluntarios y del apoyo popular, pero el factor decisivo que les permitía sostener la contienda era su capacidad de movilizar grandes contingentes por medio del reclutamiento forzoso, también llamado “leva”. Este mecanismo, recurrente desde la época colonial, se radicalizó en las guerras del siglo XIX y se convirtió en el principal recurso para obtener tropas.
Comisiones de oficiales capturaban hombres en edad de servicio en las calles –e incluso en sus hogares– como una fuente inagotable de reclutas, pero la práctica más común era recurrir a los campesinos indígenas, apresados en cuarteles y amedrentados para impedir su fuga. Incluso cuando se les permitía salir de paseo, permanecían custodiados por oficiales y sargentos. Se prefería a los indígenas sobre otros reclutas por su dificultad para elevar quejas y porque terminaban resignándose al servicio militar, siempre y cuando recibieran comida y pago. El oficial francés Raoul Meynier admitió que podían ser considerados entre los mejores soldados del mundo por su fiereza en combate, su austeridad y su disposición a tareas extenuantes, aunque reconoció las penurias que sufrían al ser utilizados para luchar en causas políticas que les eran ajenas.
Los mexicanos de “raza blanca” no se consideraban sujetos al reclutamiento, así que si llegaban a ser víctimas de la leva solían recurrir a sus contactos y a medios legales para liberarse. No obstante, cuando elegían la carrera de las armas eran quienes asumían los roles de mando. La forma violenta en la que se integraban los ejércitos era considerada uno de los mayores males en México, no solamente por perpetuar problemas poscoloniales de etnia y clase, sino porque muchos reclutas intentaban huir y, en vez de garantizar la seguridad nacional, usaban las armas para abusar de la población.
¿Cómo era la vida dentro de estos ejércitos?
Consulta todos los detalles en el artículo completo… Imagina a las columnas militares las seguía un séquito de hombres y mujeres que se desempeñaban como vendedores, asistentes y “carroñeros” que vivían de los despojos de los combates y campamentos. Entre ellos había prostitutas que ofrecían sus servicios en los cuarteles o en burdeles cercanos durante los periodos de descanso. También había un número importante de niños que no sólo acompañaban a sus familias, sino que en ocasiones eran integrados como soldados o utilizados como cornetas para transmitir las órdenes de mando mediante toques de clarín. Por otro lado, los campamentos militares eran focos de infección debido a la nula higiene y prevención. Conoce más acerca de la expansión de la sífilis y el tifus a través del desplazamiento del ejército liberal, en el artículo completo.
Las mujeres en la guerra ¿por qué les decían barraganas?
Ellas cocinaban el maíz y la carne que la tropa recibía como ración, o bien, buscaban semillas, leña y ganado que solían robar cuando el suministro oficial faltaba. Eran tantas las mujeres que seguían a los reclutas, que conformaban verdaderas procesiones y se volvieron mucho más temidas por pueblos que los propios batallones por sus saqueos.
Lee más de sus actividades en la revista, en cuanto a su condición como parejas de oficiales vs las que no lo eran. La mayoría de los comandantes fomentaban su presencia por ser un factor de peso para que los soldados no desertaran, ya fuera por el vínculo afectivo, los servicios sexuales o, primordialmente, porque los soldados se negaban a realizar las labores domésticas. En definitiva, la subsistencia de las fuerzas armadas dependía por completo del trabajo femenino, históricamente invisibilizado. No obstante y, en contraste: También, eran tratadas con desprecio, al punto de la humillación; no faltaron militares que intentaban ahuyentarlas –sin éxito– por argumentar que retrasaban las marchas, distraían a los hombres o los desmoralizaban al aconsejarles la deserción, o por llorar y gritar asustadas en los combates. Su presencia era de cuidado, en ocasiones era perjudicial para la tropa porque sustraían material de guerra para venderlo
Una “barragana” era sinónimo de “concubina”, pero además de eso, las que recibieron este apelativo entre las tropas era porque empuñaban las armas en los combates y alcanzaron notoriedad. La investigación en archivos ha visibilizado algunos nombres como Ignacia Ruiz e Ignacia Riesch -no hay que confundirlas-, conoce un poco de sus biografías en el artículo completo.
Hacer la guerra a la mexicana: a pesar de no tener siempre buenas armas ni la voluntad de toda la tropa, tenían ingenio y estilo:
- La táctica mexicana de combate consistía en una mezcla de improvisación y adaptación de los manuales europeos. Los comandantes actuaban con cautela, buscando flanqueos o emboscadas.
- Las tácticas de engaño eran la especialidad de los mexicanos, ellas consistía en que los cornetistas aprendían los toques de clarín del enemigo para ordenarles retiradas falsas o el cese al fuego en momentos decisivos. Esta artimaña resultó tan efectiva que el ejército francés la replicó años después en la guerra franco-prusiana.
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¿Cómo citar este artículo?
Héctor Strobel, “Los horrores de la guerra. El sufrimiento humano durante la Segunda Intervención francesa”, Relatos e Historias en México, núm. 211, Mayo, 2026, pp. 26-44.
Parte I.

