El santo desierto del Carmen

¿Un convento del siglo XIX?

CHRISTIAN MENDOZA GUADARRAMA

El convento de la orden de los carmelitas descalzos fue construido a finales del siglo XVIII e inaugurado a inicios del siglo XIX, junto con el templo dedicado a la Virgen del Carmen.

El origen de la congregación de los carmelitas
En el siglo XII surgió la orden de los carmelitas en el monte Carmelo, en Palestina; se impusieron una vida ermitaña rápidamente ganaron adeptos. Fue en el siglo XIII cuando emigraron a Europa, donde establecieron una nueva vida eremítica “basada en la soledad, mortificación, oración perpetua, abstinencia de carne, lectura de la Sagrada Escritura, trabajo moderado de manos en celdas separadas y apostolado exterior casi inexistente”. Su nombre oficial es la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo. A lo largo de los siglos la orden modificó varios de sus preceptos, como el renunciar a algunas de sus mitigaciones originalmente impuesta.

A lo largo de los siglos la orden modificó varios de sus preceptos, como el renunciar a algunas de sus mitigaciones originalmente impuestas. En el siglo XVI algunos monjes no aceptaron las transformaciones, como la Reforma Teresiana, y continuaron con su vida de sacrificios, como el caminar descalzos o con sandalias sencillas; en contraparte, los monjes reformistas sí calzaron. En 1593 la orden se dividió en dos: los carmelitas calzados y los carmelitas descalzos. Ante la inminente separación “en 1592 el padre general Fr. Nicolás Doria expidió un decreto por lo que se instituyó oficialmente en la Reforma la existencia de conventos dedicados completamente a la vida eremítica, a los que se dio el nombre de Desierto, aludiendo a la soledad y separación de seglares que debían tener

Su llegada a la Nueva España 
Los carmelitas, arribaron a la Nueva España en septiembre de 1585. Los carmelitas se asentaron en poblaciones importantes del territorio novohispano como Puebla, Valladolid y Guadalajara; la sede principal en la Ciudad de México no ofrecía las condiciones necesarias para llevar a cabo su vida en paz, el tumulto de la ciudad lo impedía. Después de varias diligencias ante las autoridades virreinales y eclesiásticas, en 1604 obtuvieron los permisos para la edificación de la nueva casa de la congregación en los montes desiertos, atestados de lobos y “leones” –según relataron pobladores al oidor enviado por el virrey don Juan de Mendoza y Luna, cuando fue a verificar el lugar– en lo que hoy es parte de la alcaldía de Cuajimalpa.

Desdel primer cuarto del siglo XVIIIse buscó un nuevo espacio que cubriera las necesidades de aislamiento que la congregación requería; se encontró el lugar idóneo en Tenancingo, perteneciente al partido de Malinalco. No obstante, desistieron ante la cantidad de trabas burocráticas por los permisos de traslado que impusieron las autoridades virreinales. Los carmelitas se quedaron en el Desierto de los Leones; remodelaron y ampliaron el convento, y desecharon temporalmente el traslado. 

Moverse al cerro del Nixcongo para mayor soledad
Pasaron décadas y fue aumentando el tránsito por el camino cercano al monasterio. Los domingos o días festivos circulaban enormes cantidades de carretas y transeúntes que visitaban no sólo el lugar religioso, sino también las montañas que secundaban el convento: la vida eremítica y reservada de los descalzos fue imposible de sostener.

En 1780 la orden reanudó las diligencias para los permisos de construcción de su nuevo convento, pero fue hasta 1796 que obtuvieron la venia para asentarse en el bosque del cerro Nixcongo, perteneciente a la hacienda de la Tenería, propiedad del convento carmelita de Toluca. El permiso fue otorgado directamente por el rey Carlos IV; el monarca concedió los permisos de construcción y, a cambio, reclamó los terrenos del Desierto de los Leones.

Los carmelitas eligieron para su nueva sede el cerro Nixcongo, ubicado al sur de Tenancingo: una zona boscosa y húmeda. Dispusieron erigir su complejo en el corazón del bosque; la construcción inició en 1797 y  estuvo a cargo del arquitecto madrileño Antonio Velásquez, director de arquitectura de la Real Academia de San Carlos, quien se inspiró en el convento del Desierto de las Batuecas, en España. La construcción tardó cuatro años; en 1801 los frailes carmelitas arribaron a su nueva morada para retomar la vida de sigilo y tranquilidad.

Por la puerta principal se ingresaba a la calzada del viacrucis conducente al convento, mientras que a un costado del sendero sembraron árboles traídos de Palestina y Líbano; en la Puerta de la Excomunión se grabó la frase “La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón”. La puerta fue el umbral simbólico hasta donde podían llegar los frailes; al traspasarla quedaban excomulgados.

Descubre más sobre su arquitectura, una batalla icónica de la que los Carmelitas tuvieron un papel y su impacto en la creación del pueblo “Del Carmen de Morelos”, en el artículo completo de la edición de abril. Actualemnte, el convento y el templo está abierto al público, cualquier día de año para renovar su fe, contemplar la arquitectura y el arte sacro, o simplemente para disfrutar de la tranquilidad que guarda el lugar.