Western mexicano

Entre el cine de vaqueros y justicieros enmascarados
Rafael Aviña

A mediados del siglo XX, la industria del cine mexicano comenzó a entrar en una crisis de la que sería duro salir. Agotados temas y géneros que antaño habían provocado la admiración del público y la crítica, se intentó adaptar el western estadunidense a la escena nacional, en una extraña mezcla del género ranchero, humor, cine de horror y hasta lucha libre.

 

En tanto que Hollywood abandonaba de a poco la epopeya del western a fines de los cincuenta, el cine mexicano, por el contrario, descubría las bendiciones de un género legendario capaz de albergar las más insólitas propuestas. Lejos de rastrear en los mitos de la pradera, la filosofía del honor y de las armas, la mezcla de civilización y barbarie, o su singular topografía, que convirtieron a Ford, Mann, Budd Boetticher o Raoul Walsh en semidioses, el western nacional, también conocido como “cine de caballitos”, elegía la baratura, el híbrido y la degeneración ranchera.

En los estertores del cine de charros y las aventuras folclórico-campiranas, el género ranchero apostó por un vuelco extraño. La bravura del charro encarnada por Jorge Negrete, los machos peleoneros que personificaron Pedro Infante, Luis Aguilar o Antonio Badú, las heroínas sumisas e ingenuas, así como los indígenas nobles y cabales, ya no tenían cabida a mediados de los cincuenta. Al mismo tiempo, el público empezaba a abandonar los palacios fílmicos para concentrarse en la televisión. El negocio del cinematógrafo se iba a pique, excepto en algunos pueblos y plazas de provincia, donde las imágenes de héroes rurales cabalgando por las llanuras aún atraían la curiosidad de los espectadores, acostumbrados a exhibidores trashumantes y salas apenas funcionales, las cuales proyectaban un cine sin mayores pretensiones. Así, con un espíritu de western “serie B” en un contexto nacional, surgía el cine de caballitos.

Eran relatos fílmicos de héroes justicieros, dueños de una dudosa elegancia churrigueresca, que enfundaban llamativas pistolas y, muchos de ellos, ocultos detrás de una máscara al estilo de aquel enigmático personaje llamado “el Zorro”. Por supuesto, los ambientes de este nuevo subgénero se alejaban de la opulencia y los escenarios fotogénicos. Lo que rifaba aquí eran las locaciones paupérrimas, los llanos cercanos al Distrito Federal y las extensiones de terreno propias para el género en los estudios Churubusco, Azteca y América.

De esta manera, con fondo musical de boleros rancheros, en medio de persecuciones a caballo, ineptas peleas de cantina y jovencitas cuyos ranchos eran amenazados por tortuosos villanos, resaltaron sus descabellados argumentos que mezclaban sin remilgos el cine de horror, la lucha libre, la comedia y una suerte de cine policiaco rural que intentaba dar fe de un Viejo Oeste en plena provincia mexicana.

No es casual que la llegada de este subgénero ranchero coincidiera con otro aún más popular, repetitivo, previsible y paupérrimo, pero con una enorme carga de delirio: el cine de luchadores. Y es que el sueño parecía haber terminado; la época dorada de nuestra industria fílmica se resquebrajaba a finales de la década de los cincuenta, no sólo con la muerte de grandes figuras como Jorge Negrete, Pedro Infante, Joaquín Pardavé o Miroslava, sino con el cierre de varios estudios como los Clasa, los Tepeyac y los Azteca. El cine mexicano empezaba a agotar los temas y géneros que unos años antes eran su orgullo nacional.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Western mexicano” del autor Rafael Aviña y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 66.

 

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