• martes, 25 de junio de 2019.

Los usos de la historia desde el poder: Las primeras historias de la Nueva España

Por: Alfredo Ávila Rueda

 

Las primeras historias de la Nueva España las escribieron los conquistadores, los misioneros y algunos nobles indígenas aliados de la Corona de Castilla. Se puede pensar que todos fueron los ganadores, de modo que se ratificaría la frase del escritor británico George Orwell relativa a que son ellos quienes escriben la historia. Sin embargo, como mostraré en los párrafos siguientes, esos ganadores también se encontraban en riesgo de tener fuertes pérdidas y eso motivó, entre otras cosas, que tomaran la pluma para contar la historia.

 

 

Los conquistadores

 

No resulta extraño que fuera Hernán Cortés el primer interesado en que se escribiera la historia de la Conquista de México-Tenochtitlan. En 1519 redactó una larga carta dirigida a la reina Juana y a su hijo, el príncipe Carlos. Aunque en un sentido estricto no se puede afirmar que estas cartas sean obras de historia, pues relataban acontecimientos que estaban sucediendo al momento de ser escritas, también es verdad que Cortés tenía en mente empezar a forjar la imagen que quería dejar para la posteridad.

 

La segunda carta, de 1520, sería publicada en España en una de las principales imprentas de toda Europa, la de Cromberger. La tercera, firmada en Tenochtitlan en 1522, fue publicada apenas se conoció en Madrid; allí se relata precisamente la gesta de la conquista de esa ciudad mexica. La cuarta misiva narra el avance hacia otras regiones.

 

En las cartas destaca por su protagonismo el propio Hernán Cortés. No se cansa de señalar la inferioridad numérica y los puntos flacos de su tropa, comparándolos constantemente con la enorme cantidad de enemigos. De ahí que lo que más resalta del relato cortesiano sea la inteligencia con la que consiguió hacerse de aliados o cómo pudo amedrentar a sus enemigos, y no tanto su valor o su fortaleza física.

 

Cortés había realizado algunos estudios de derecho en la Universidad de Salamanca. Su prosa es llana y simple, lo que le permitió ser muy leído. Algunos de sus contemporáneos se percataron de que, en las cartas, el conquistador sugería una analogía de sí mismo con el romano Julio César, vencedor de los galos y autor de una historia de la Guerra de las Galias, en la que aparece como protagonista indiscutible, vencedor de guerreros feroces, además de estar escrita también con un estilo claro.

 

El mismo Cortés sabía que la publicidad de sus cartas era importante para poder negociar privilegios con el rey, pero que eso no era suficiente. Hacia 1526 se le inició el juicio de residencia, un procedimiento que se hacía a cualquier funcionario de la Corona española al dejar el cargo. Las acusaciones que recibió eran una amenaza para sus objetivos y corría el riesgo de perder concesiones y privilegios.

 

Por ello, encomendó a su capellán, Francisco López de Gómara, que escribiera un libro con el relato de la conquista de los fabulosos pueblos y ciudades de Nueva España. Gómara era un humanista destacado. Había publicado una obra breve, De rebus gestis Ferdinandi Cortesii, en la que mostraba la admiración que tenía por el capitán extremeño. En 1552, en Zaragoza, apareció finalmente publicada su Historia de las Indias y conquista de México, en la que se ensalza a Cortés como conquistador y gobernante que supo otorgar cargos a sus soldados, lo mismo que a algunos jefes indígenas, tanto aliados como derrotados.

 

Este aspecto, el de un Hernán Cortés gobernante, ocasionó que empezara a verse al conquistador no solo como el vencedor, el que hizo caer un gran imperio, sino también como el fundador de un nuevo reino, el que nombró alcaldes, regidores, repartió terrenos e instaló instituciones. Desde entonces, fue visto como el innegable fundador de Nueva España. En el siglo XVII, el cronista Antonio de Solís y Rivadeneyra recuperó esta faceta en su Historia de la conquista de México, una de las obras más exitosas sobre el tema, dada la calidad literaria de su autor. En el siglo XVIII, con la reedición de las Cartas de relación se mantuvo esta interpretación que sería consolidada por Lucas Alamán en sus Disertaciones sobre la historia de la República mexicana de 1844.

 

Por supuesto, tanto halago para el jefe de la expedición que condujo a la caída de Tenochtitlan incomodó a otros que también participaron en aquellas campañas. El ejemplo más destacado es Bernal Díaz del Castillo. Por lo que se puede apreciar en las menciones que otros conquistadores hicieron de él, se trataba de un simple soldado, no muy destacado. Participó en varias expediciones, incluida la que encabezó Cortés. Después, estuvo bajo las órdenes de Luis Marín para conquistar Coatzacoalcos. De allí, viajó al sureste en la expedición ordenada por Hernán. Finalmente, se asentó en Guatemala, donde obtuvo varios privilegios y cargos. Fue regidor del ayuntamiento y encomendero, es decir, se le dio una encomienda, una institución que le permitía explotar la mano de obra de pueblos indígenas a cambio de impulsar su evangelización y mantenerlos en la fe cristiana.

 

No queda muy claro cuándo empezó a escribir su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, pero la aparición del libro de López de Gómara fue un acicate para el ya entonces anciano encomendero. El libro se terminó hacia 1568. Hay muchas interrogantes sobre la factura de esta obra. Se sabe que el viejo Bernal estaba ciego y, por lo mismo, dictó a un amanuense sus memorias, tal vez a su hijo Francisco, quien hizo una revisión posterior del manuscrito, con numerosas adiciones y modificaciones.

 

A diferencia de la prosa simple de Hernán Cortés, la de Bernal es más complicada y llena de anécdotas que rompen el relato. Sobra decir que estas anécdotas hacen que la Historia verdadera sea más entretenida. Hay, también, numerosas referencias a la cultura popular española. Por ello, hay apariciones de la Virgen o de Santiago. La literatura de caballería también se halla presente.

 

Como es de esperarse, Bernal otorga un mayor protagonismo a los soldados de a pie. De allí que constantemente emplee la primera persona del plural: “nuestras gentes”, “nosotros los soldados”. No fue la gesta de Hernán Cortés sino que fue “nuestra conquista”. La intención de Díaz del Castillo era mostrar a las autoridades que todos los conquistadores, y no solo sus capitanes, debían ser reconocidos con privilegios y mercedes. Cuando hacía su libro, la Corona española estaba poniendo más obstáculos a que las encomiendas pudieran heredarse, de ahí que los conquistadores y sus hijos enviaran cada vez más acaloradas cartas a las autoridades para reclamar lo que ellos creían merecer por los grandes servicios hechos a la monarquía. Parecía injusto que solo los capitanes como Cortés, a quien se le dio un marquesado, pudieran heredar sus privilegios a sus descendientes.

 

Ahora bien, resulta curioso que pese al objetivo de Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés siguiera siendo el personaje principal de la Historia verdadera, el genio político y militar. Esto ha conducido a pensar a algún historiador que, en realidad, la obra que finalmente se publicó en 1632 en Madrid hubiera sido hecha por el mismo Cortés o a partir de sus manuscritos. Esta hipótesis ha sido rechazada por la mayoría de quienes se han especializado en el tema, pero es muestra de lo mucho que desconocemos sobre este asunto.

 

Los misioneros

 

Los frailes que arribaron a Nueva España tras la caída de Tenochtitlan también tenían motivos para considerarse los vencedores. Si los soldados derrotaron a los feroces ejércitos mexicas y a la resistencia de otros pueblos, los misioneros se ufanaban de haber derrotado al demonio y el dominio que tenía entre las personas que habitaban el Nuevo Mundo.

 

Hay que considerar dos elementos para referirnos a las obras de los frailes misioneros. La primera, su intencionalidad. Aunque en términos generales mantuvieron buenas relaciones con los conquistadores y los colonos españoles, se percataron de que la sobreexplotación de los naturales podía conducir a una catástrofe de la magnitud de la ocurrida en las Antillas. El afán de proteger a los indígenas se muestra con toda claridad en los trabajos de Bartolomé de las Casas, autor de una enorme obra, incluidas la Historia de las Indias, la Apologética historia de las Indias y la Brevísima relación de la destrucción de las Indias. En todos esos trabajos exhibió los excesos de los conquistadores. La propuesta que se desprendía de esos libros y de otros escritos por frailes era que el cuidado de los indígenas debía quedar precisamente en manos de los misioneros, en las doctrinas; es decir, en los pueblos de indios bajo la jurisdicción de los conventos.

 

Cuando la monarquía empezó a otorgar encomiendas a los conquistadores para que inculcaran el cristianismo en los pueblos originarios a cambio de su trabajo, los frailes mostraron que ese método de evangelización resultaba contraproducente, pues la explotación ocasionaría que los pueblos rechazaran la nueva religión, como algo asociado con el sometimiento, la violencia y la muerte.

 

Por ello, las obras de autores como Toribio de Benavente Motolinía (autor de Historia de los indios de la Nueva España) hacían énfasis en que unos pocos misioneros consiguieron “salvar” las almas de millares de indígenas a través de métodos amables. Sin embargo, las investigaciones actuales muestran que la evangelización fue realizada mayormente por indígenas neófitos que, en no pocas ocasiones, emplearon medios brutales. Los frailes prefirieron poner énfasis en la predicación para no ser comparados con los conquistadores.

 

Un segundo elemento a considerar con las obras de los misioneros: sus trabajos formaban parte de la crónica del convento o de la orden religiosa. Esto significa que los libros de historia de los franciscanos, como Motolinía o Andrés de Olmos, integraban una única memoria de la Orden de los Hermanos Menores. Por esta razón, se pueden hallar copias de algunos textos en otros. La autoría no era de una persona sino de la congregación.

 

Como señalé, el objetivo final de estas obras era otorgar a los frailes el mayor control posible sobre los pueblos indígenas. Esto también significó que se beneficiaran de su mano de obra. Cuando se fundaron las diócesis de Puebla, Antequera de Oaxaca, Valladolid de Michoacán y la arquidiócesis de México, los libros de historia escritos por estos misioneros fueron muy útiles para justificar que debían ser ellos, los frailes y no el clero diocesano, los que debían seguir al frente de las doctrinas de indios.

 

Los nobles indígenas

 

Otros ganadores de la Conquista fueron algunos nobles indígenas, en especial aquellos que se aliaron con las nuevas autoridades. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl puede ser un buen ejemplo de estos descendientes de la nobleza prehispánica que escribieron obras para contar su versión de la historia, la de la Conquista, la de sí mismos y la de sus ancestros. El objetivo que tenía este escritor en su Relación histórica de la nación tolteca era dar cuenta de la importancia de su estirpe y de su pueblo, como forma de negociar privilegios con las nuevas autoridades. De ahí que, por ejemplo, se pusiera énfasis en la vida de Nezahualcóyotl, el gobernante de Texcoco a quien presenta como un señor que prefería el sacrificio propio en vez de los sacrificios humanos, como los que practicaban los mexicas. Lo que hizo Ixtlilxóchitl fue “cristianizar” a su ancestro, a quien atribuyó virtudes que, lo sabía bien, eran adecuadas a la religión que trajeron los europeos.

 

Objetivos semejantes podemos ver en las Relaciones originales de Chalco Amecamecan de Domingo Francisco Chimalpahin y, de modo mucho más claro, en la Crónica mexicana y la Crónica mexicáyotl de Fernando Alvarado Tezozómoc. El caso de este descendiente de la nobleza tenochca es muy importante, pues su obra tenía por finalidad mantener los privilegios, tierras, encomiendas y rentas que la Corona española había concedido a los nobles mexicas y sus herederos. De ahí que tanto en la versión castellana como en la náhuatl de su obra, Tezozómoc resaltara el valor de los pipiltin, los nobles, de la antigua México-Tenochtitlan. Al describir sus cualidades guerreras, hacía una analogía con los conquistadores y con los valores caballerescos españoles.

 

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando Tezozómoc escribió, la posición privilegiada que tenían los nobles indígenas se hallaba en peligro. En un inicio, ellos podían servir como intermediarios entre las nuevas autoridades y los macehuales. Sin embargo, las instituciones novohispanas ya se estaban consolidando y ofrecieron a la multitud de indígenas que no pertenecían a la nobleza la posibilidad de negociar sus demandas sin necesidad de esos intermediarios. Esa fue una de las razones, tal vez la más importante, por la que escribió Tezozómoc.

 

Los vencedores en peligro también escriben historia

 

Estos vencedores, los conquistadores, los misioneros y los nobles indígenas, escribieron historia en momentos en los que veían peligrar las prerrogativas que habían ganado tras la caída de México-Tenochtitlan. Cortés quiso forjar una imagen de sí mismo en la que se mostraba como un estratega, mientras que López de Gómara lo describió como el fundador de Nueva España. Esto sucedía mientras la Corona intentaba restar privilegios al conquistador y sus herederos. Lo mismo sucedió con Bernal Díaz del Castillo o con el noble de origen mexica Fernando Alvarado Tezozómoc. Bernal mostró que, sin los soldados de a pie, no hubiera sido posible ganar estas tierras, mientras que Tezozómoc ensalzó a su estirpe para mostrar que no eran menos que los nobles europeos. De igual forma, la historia sirvió a los misioneros para promover sus demandas; la más importante, que los pueblos indígenas quedaran bajo su cobijo. Con el paso del tiempo, también las órdenes religiosas verían cómo perdían este privilegio, cuando la Corona empezó a quitar las doctrinas y sustituirlas por parroquias administradas por curas diocesanos.

 

Y es que, en realidad, la vencedora de todos, de los pueblos derrotados pero también de los conquistadores, fue la Corona. La monarquía hispana también promovería su escritura de la historia, como se abordará en la siguiente colaboración de esta serie.