• domingo, 9 de diciembre de 2018.

¿Cuál guerra de pasteles?

Por: Javier Torres Medina

 

La guerra económica de una potencia imperial frente a la debilidad del México recién independizado

 

 

En la década de 1830, los casos documentados en la prensa mexicana demostraban la diversidad y complejidad de los hechos violentos que involucraban a súbditos galos, lo que desmiente rotundamente que las reclamaciones de Francia a México hayan sido solo por el asalto a una pastelería.

 

Entre el recuento de daños aparece un robo irrelevante en 1832 a una pastelería de Tacubaya, aunque por diversas razones la prensa lo magnificó hasta el punto de llegar a llamarle al conflicto Guerra de los Pasteles. El mito construido y difundido posteriormente persiste hasta nuestros días, y da un sentido ridículo y absurdo a un conflicto diplomático que fue muy serio y complejo. Aunque otras fuentes de la época citaban el motín del Parián de 1828 como el leit motif de las reclamaciones francesas por el monto de lo robado, Carlos María de Bustamante escribió en su Diario histórico de México: “después vimos que percibido el dinero no se volvió a hablar más de los muertos; pero sí de la indemnización de los pasteles de Tacubaya, valuados en algunos miles de pesos, que entre dos compadres no valdrían diez, y que con razón fueron materia de burla en los periódicos ingleses, y aun entre los más respetables ministros de aquella nación”.

 

El viajero Mathieu de Fossey escribió en su obra Le Mexique: “un fondero francés, llamado Remontel, fue víctima de un robo ejecutado en Tacubaya por algunos oficiales, malas cabezas, en la víspera de la partida de las tropas que mandaba Santa Anna en 1832 […] quejóse entonces el fondero ante el encargado de negocios de Francia, el barón Gros, quien reclamó una suma de 800 pesos como indemnización. Todavía hoy [1857] no hay cien personas en México que rehúsen dar crédito a las reclamaciones de 30 000 pesos por el consumo de pastelillos”.

 

Esta idea se fijó en el imaginario popular y sirvió muy bien para descalificar los cuestionamientos franceses al gobierno mexicano. Será tiempo después que el conflicto se llamará Guerra de los Pasteles.

 

Franceses en la nota roja

 

Desde 1826 se registraron hechos delictivos contra franceses. El almacén de la librería de monsieur Seguin fue saqueado el 6 de diciembre de ese año. Alexander Martin, el enviado francés, informó que, según los estados de cuenta, se le habían robado libros y otros efectos por 74 800 pesos.

 

El 3 de diciembre de 1828 una muchedumbre de mendigos, presidiarios, soldados y léperos saqueó el principal mercado de Ciudad de México, el Parián, en la Plaza de la Constitución. Allí se vendían mercancías extranjeras y varios cajones eran propiedad de franceses. El pillaje a los almacenes arrojó una pérdida de alrededor de dos millones de pesos, según las quejas.

 

Ese mismo año, en Tampico, cinco franceses fueron asaltados y heridos por el populacho. Se robaron una suma de doce mil pesos del domicilio del vicecónsul de Francia. Otro hecho fue el caso del capitán Rives: una tormenta lo arrojó por Mazatlán y ahí murió en la miseria, sin la ayuda que le prometieron empleados de la aduana.

 

El 21 de agosto de 1833 fueron asesinados cinco franceses en Atencingo (Puebla), entre ellos una mujer, quienes “gozaban del aprecio general, y fueron degollados, hechos pedazos y arrastrados a la cola de los caballos por mexicanos conocidos, que obraban públicamente a la mitad del día”, mientras gritaban: “¡Mueran los extranjeros!”.

 

En ese año, cuando cundió la terrible epidemia del cólera, cinco buhoneros franceses que se habían internado en el país en poblados indígenas fueron culpados de transmitir la enfermedad y fueron linchados.

 

En 1835 se fusilaron a varios franceses acusados de tomar las armas a favor de los texanos que luchaban por la separación de México. La prensa la llamó “la carnicería de Tampico”. Sin juicio y sin proceso, se les fusiló por “piratas”. El gobierno de Francia reclamó: “el mayor crimen de los veintinueve desgraciados fusilados era sin duda el de ser extranjeros”.

 

A otro francés, Pilse le Morgue, lo enviaron a los calabozos de San Juan de Ulúa por haber cometido un homicidio. Aquí sí hubo testigos y la condena fue conforme a la ley. En otro caso, se decía que un alcalde de México había comprado varios marranos al francés Duval para hacer chorizos y carnitas, pero que los animales estaban enfermos y al extranjero se le culpó de haber envenenado a varios tragones. El francés negó los cargos y pidió que le pagaran sus cerdos.

 

El 25 de julio de 1836, en Tehuantepec se suscitó un caso de robo a Enrique Bailly y Esteban Gourjon, comerciantes franceses. El 5 de febrero de 1837 Pitre Lemoine, en estado de completa ebriedad, ofendió a un mexicano y la gente del pueblo lo persiguió hasta su casa con el fin de vengar al compatriota. Acosado por la muchedumbre, sacó su escopeta y disparó, matando a uno. Lemoine escapó y se refugió en la legación francesa; la gente y varios policías entraron, pero fueron calmados por dos funcionarios mexicanos que se encontraban ahí. El francés fue procesado y condenado a diez años de prisión en Ulúa. El cónsul de Villeveque y el barón Deffaudis protestaron y afirmaron que había habido “disposiciones malévolas”.

 

En Colima fue asesinado el médico Giraud Dulong, quien gozaba del aprecio general, pero se había enemistado con el coronel Francisco Pardo, comandante de la plaza, porque el francés se negó a prestarle dinero. Pardo y el oficial Osorio lo golpearon a sablazos y lo pisotearon con los caballos. Murió sin esperanzas de que se le hiciera justicia, pues los militares se amparaban en su fuero.

 

En esos años, un motín se formó en Orizaba con el propósito de saquear los establecimientos comerciales de la ciudad. Las autoridades consiguieron calmar a la multitud, pero esta se fue en contra del taller de hilados de M. Legrand. Lo saquearon, robaron cien pesos e hirieron a los empleados franceses que intentaron defender el establecimiento.

 

En Pitic (Sonora) se encarceló al cónsul francés de Guaymas que había sido arrestado –según Deffaudis injustamente–, sin que se le diera la oportunidad de alegar nada en su defensa. En Ciudad de México, durante los motines del cobre, se asaltó la tienda de ropa El Tocador de las Damas, del comerciante y súbdito francés monsieur Clemente.

 

El 21 de octubre de 1837, dos franceses en San Luis Potosí cometieron un asesinato, fueron arrestados, juzgados y condenados a muerte. Deffaudis argumentó que no estuvo claro el juicio. En Bolaños (Jalisco), se arrestó al comerciante Besson en castigo por reclamar a las autoridades. En Tampico, se persiguió a Duranton, acusado ante los tribunales de Veracruz por envenenamiento. Ahí mismo, habían secuestrado al comerciante llamado D’Arbel.

 

En suma, estos numerosos casos de violencia y crimen eran parte del contexto en vísperas de la invasión francesa a Veracruz de 1838.