• 22-ago-2019.

¿Conocen a Joséphine Baker, la Madre del Arcoíris?

Ricardo Cruz García

 

Primera escena: Frida Kahlo en un lujoso salón en París, en medio de una crisis en su relación con Diego Rivera. Acto seguido: Frida coqueteando en un elevador con una morena de fuego, una mujer escultural que evoca a Joséphine Baker. Final: ambas desnudas, gozosas entre níveas sábanas. Moraleja: no creamos todo lo que se ve en el cine.

 

La Venus de Ébano, la Perla Negra, la Diosa Criolla: Joséphine Baker, la que encantó al mundo, incluido México, con su voz y sus presentaciones en los años veinte y treinta del siglo pasado, pero también con sus posturas políticas contra el racismo y en defensa de los derechos humanos. Dejemos a un lado a aquella mujer del filme Frida (2002), cuya versión aún muchos dan por verídica, a pesar de que la propia protagonista y una de sus productoras, Salma Hayek, recién reveló que se vio forzada a rodar esa “escena sin sentido” para no tirar a la basura un trabajo de años, debido a las presiones del productor Harvey Weinstein (entonces dueño de la casa Miramax y de los derechos de la obra), quien exigía “desnudez total” y que Salma se metiera a la cama con otra mujer en la película.

 

Dicho lo cual, comencemos: la pequeña Joséphine nació en 1906 en Saint Louis Missouri, Estados Unidos. Afrodescendiente, en su infancia ayudaba a su madre en sus labores como trabajadora doméstica. Aún era casi una niña cuando empezó a destacar por sus habilidades en el escenario. A los trece años dejó la escuela para casarse por primera vez. Para 1921 ya se había divorciado y vuelto a desposar, esta vez con William Baker, de quien también se separaría poco tiempo después, aunque de esa relación conservaría el apellido con el que saltaría a la fama.

 

Para entonces, ya había elegido el camino de la música y la actuación. Decidida a trabajar en Broadway, parte rumbo a Nueva York y consigue un papel en una popular comedia musical. Participa también en bandas y clubes de jazz del bullicioso Harlem de la época, centros de reunión de la comunidad afroamericana.

 

En 1925 consigue apoyo para probar suerte en Francia. Su debut en los escenarios parisinos no puede ser mejor: es la figura estelar de la Revue nègre, estrenada en el gran salón del famoso Teatro de los Campos Elíseos y con escenografía del mexicano Miguel Covarrubias. Su actuación causa escándalo y sensación: su cuerpo apenas cubierto por enormes collares y un atuendo con plumas de avestruz se disloca a ritmo de jazz; sus movimientos sincopados, plenos de erotismo, hacen que su interpretación sea vista como una “danza salvaje”. Son los “años locos” en que Europa intenta olvidarse y recuperarse de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando los artistas de vanguardia revaloran la cultura negra, incluida su música. Joséphine es el emblema de ese momento.

 

Tras regresar de una gira por Europa, se presenta como primera vedette en el célebre cabaret Folies Bergère, aún más desinhibida y casi desnuda, solo con una falda que semeja una penca de plátanos. Está en la cumbre de su carrera: graba canciones que se vuelven muy populares, protagoniza varias películas y abre su propio club: Chez Joséphine.

 

Baker y su esposo Jo Bouillon llegan a Ciudad de México en 1947. Se presentan en el Teatro Lírico con el espectáculo Paris Chante! y causan sensación, mientras que la vedette queda encantada con el compositor Agustín Lara. En 1952 regresaría para abrir su club nocturno Chez Joséphine sobre Paseo de la Reforma, en el que ofrece algunas funciones. También adoptaría a un niño mexicano, hijo de una trabajadora doméstica.

 

En esos años, Baker empezó a conformar una familia multiétnica que representara la fraternidad universal, para lo cual adoptó a niños de diversas nacionalidades, desde japoneses hasta argelinos. Fue llamada la “tribu del arcoíris” y al parecer aquel mexicano formó parte de ella. También apoyó la lucha contra el racismo en Estados Unidos y acudió a la marcha de 1963, en la que Martin Luther King proclamó el Yo tengo un sueño.

 

Pero Joséphine estaría en México una vez más, debido a que en 1973, en Acapulco, contrajo matrimonio por última ocasión, ahora con el artista y coleccionista Robert Brady, quien residía en Cuernavaca en una espléndida casa que preparó para su nueva esposa y que hoy es un estupendo museo.

 

Al final de su vida tuvo dificultades económicas para mantener a su “tribu”, pero siempre contó con el apoyo de personalidades de la política y el espectáculo. Se fue de este mundo un día de abril de 1975, dejando todo un legado para la comunidad afrodescendiente por su lucha y su éxito a lo largo de su carrera.

 

 

El artículo "Joséphine Baker" del autor Ricardo Cruz García se publicó en Relatos e Historias en México número 128