• 20-oct-2019.

Un paseo por la historia de las banderas de México

Ricardo Cruz García

 

Desde tiempos remotos, todo clan, comunidad, sociedad o nación ha requerido de un símbolo de identidad que unifique a sus miembros y los distinga frente a los demás. México no ha sido la excepción.

El uso de banderas acompañó el surgimiento de los Estados nacionales y muchos de ellos, incluido el mexicano, utilizaron emblemas basados en mitos ancestrales para, de alguna forma, vincularse a las raíces históricas de un territorio y su población, y a la vez legitimarse para proyectar el futuro del país.

Entre los siglos XIX y XX, durante el proceso de construcción del Estado mexicano, frente a guerras, invasiones, revoluciones y otros conflictos, la bandera nacional se alzaría como el símbolo de la patria que convocaría a la unidad colectiva, por encima de intereses particulares, al grado de que aún hoy muchos entonan aquellos versos patrióticos:

Banderita, banderita,

banderita tricolor,

yo te doy toda mi vida

y también mi corazón.

 

Aquí presentamos una selección de historias, anécdotas y recuerdos en torno a las banderas mexicanas:

 

El patriotismo criollo, uno de los principales factores que propiciaría el levantamiento insurgente en Nueva España en septiembre de 1810, tuvo en la imagen de la Virgen de Guadalupe un fuerte símbolo de identidad para los nacidos en este lado del Atlántico frente a los españoles peninsulares. Por ello, desde el inicio de la lucha independentista, el cura Miguel Hidalgo blandió un estandarte con la Guadalupana, una manera de expresar su mensaje político contra el mal gobierno novohispano encabezado por peninsulares y a la vez atraer a todos aquellos que se identificaban con este ícono religioso propio de las tierras americanas.

 

El estandarte de esta imagen fue uno de los tantos que perteneció a aquellas primeras fuerzas insurgentes, muchos de los cuales se conformaban por pinturas tomadas de las parroquias de los distintos pueblos por los que pasaban los rebeldes. Del lado izquierdo muestra un escudo que alude a la monarquía española; a la derecha aparece un emblema de la provincia franciscana de San Pedro y San Pablo, en Michoacán. La leyenda señala (con abreviaturas y el anagrama de la Virgen María): “Viva María Santísima de Guadalupe”.

 

El símbolo del águila parada sobre un nopal, procedente de la mitología mexica referente a la fundación de México-Tenochtitlan en 1325, pervivía a casi trescientos años de la conquista española. Aunque era un emblema que identificaba fundamentalmente a la capital de Nueva España, con el paso del tiempo adquirió mayor significación entre los habitantes de todo el virreinato como símbolo que distinguía a los nacidos en este territorio.

 

En 1811, al conformarse la Suprema Junta Nacional Americana en Zitácuaro, los independentistas utilizaron por primera vez el símbolo del águila sobre un nopal, al que agregaron una corona y un puente con tres vanos (reminiscencia española), como emblema oficial para sellar sus actas, proclamas y documentos. Más tarde, el líder de la insurgencia José María Morelos usó una variante de ese escudo para identificar su lucha, con cuadros blancos y azul celeste, los colores de la Virgen María (imagen).

 

En julio de 1815, en la hacienda de Puruarán, el Congreso insurgente retomó de manera más íntegra el emblema de origen indígena al emitir el primer decreto sobre el escudo y la bandera nacionales, que sería ratificado por Morelos como presidente del Supremo Gobierno Mexicano. Allí se establecía que se reconocería como “gran sello de la República” el escudo con un “águila en pie con una culebra en el pico y descansando sobre un nopal cargado de fruto, cuyo tronco está fijado en el centro de una laguna”. En cuanto a la bandera, indicaba que sería “un paño de longitud y latitud usadas por las demás naciones, que presente un tablero de cuadros blancos y azul celeste. Se colocarán en el centro y dentro de un óvalo blanco en campo de plata, las arenas establecidas y delineadas para el gran sello de la nación”.

 

Tras derrotar al ejército realista, el líder del movimiento independentista, Agustín de Iturbide, se dirigió a Ciudad de México para afirmar su victoria. Antes de entrar, acordó con el ayuntamiento de la capital retomar el escudo de armas de origen indígena. El 27 de septiembre de 1821 el Ejército Trigarante, con sus principales jefes al frente, desfiló por la ciudad para celebrar su triunfo en medio de vítores y banderitas tricolores.

 

El 2 de noviembre siguiente, la Junta Provisional Gubernativa del nuevo Imperio mexicano estableció que el escudo de armas imperiales estuviera conformado por “el nopal nacido de una peña que sale de la laguna, y sobre él parada en el pie izquierdo un águila con corona imperial”, mientras que “el pabellón nacional y banderas del ejército deberán ser tricolores, adaptándose perpetuamente los colores verde, blanco y encarnado en fajas verticales, y dibujándose en la blanca un águila coronada”. Dicha orden fue elevada a la categoría de decreto el 16 de enero siguiente, con el fin de que todos los órganos gubernamentales de la regencia lo cumplieran y sustituyeran el antiguo emblema de la monarquía española. Esta bandera se mantuvo durante el imperio de Iturbide de 1822 a 1823.

 

Religión, independencia y unión fueron las tres garantías que proclamó Agustín de Iturbide con el Plan de Iguala del 24 de febrero de 1821, lo que implicaba la conservación del catolicismo sin tolerancia de ninguna otra religión, constituirse en un país independiente de España bajo una “monarquía moderada” y fomentar la concordia entre americanos y europeos.

 

De acuerdo con la versión tradicional, Iturbide encomendó al sastre igualteco José Magdaleno Ocampo la confección de la bandera trigarante, que incluiría por primera vez los colores actuales de la enseña nacional, aunque en un orden distinto. Se dispuso que tuviera franjas diagonales con tres colores –en concordancia con la práctica iniciada con la Revolución francesa–: el blanco para simbolizar la pureza de la religión católica; el verde para representar a la insurgencia, y el rojo “que figuraba al grupo español adherido al impulso libertador”. No incluía el águila mexicana, sino una corona al centro y una estrella en cada franja.

 

Con la caída del imperio de Agustín de Iturbide en 1823, se estableció la primera República federal en México. En abril de ese año, el Congreso constituyente, que daría forma a la primera carta magna del país, modificó el escudo y la bandera nacionales, retomando más elementos del símbolo indígena originario: el primero incluiría “el águila mexicana parada en el pie izquierdo sobre un nopal que nazca de una peña entre las aguas de la laguna, y agarrando con el derecho una culebra en actitud de despedazarla con el pico; y que orlen este blasón dos ramas, la una de laurel y la otra de encina, conforme al diseño que usaba el gobierno de los primeros defensores de la independencia”. En cuanto al pabellón nacional se conservaría el usado hasta entonces, “con la única diferencia de colocar el águila sin corona, lo mismo que deberá hacerse en el escudo”.

 

Como bien señaló el historiador y bibliófilo Juan B. Iguíniz, debido a que durante el siglo XIX no se determinó un diseño específico del águila y demás detalles del escudo, “los encargados de confeccionarlo han dado vuelo a su imaginación artística, de lo que ha venido a resultar la inmensa variedad de ejemplares que, elaborados en diversidad de estilos, muchos de ellos bastante caprichosos y originales, pueden verse en los documentos y publicaciones, en las medallas y monedas y en los edificios y monumentos públicos”.

 

La bandera de la imagen incluye una de esas muchas variaciones del emblema. Perteneció a una de las unidades militares que se formaron en México tras constituirse como república. Entonces cada batallón debía establecer un lema con el cual se identificarían en la región. El de este fue “Por Libertad y Progreso”.

 

 

Esta publicación es solo un fragmento del artículo "Banderas mexicanas" del autor Ricardo Cruz García que se publicó en Relatos e Historias en México número 126. Cómprala aquí