Navegar por el Pacífico

La épica de la apertura comercial de Nueva España con Oriente
Miguel A. Aguilar Ojeda

Entre los siglos XVI y XIX, el imperio español dominó buena parte de los territorios, las rutas marítimas y puertos indispensables para el abundante y lucrativo comercio que cruzaba por el océano Pacífico, hasta el resquebrajamiento de la monarquía con las independencias americanas y el surgimiento del gigante continental: Estados Unidos.

 

A la conquista del Pacífico

El español Vasco Núñez de Balboa cruzó Panamá en 1513, con lo que se convirtió en el primer europeo en ver el océano Pacífico –conocido también como mar del Sur. En seguida inició la conquista de esa parte del continente. Más tarde, tras la victoria española sobre México-Tenochtitlan, concretada en 1521, Hernán Cortés fundó el puerto de Tehuantepec (hoy en el estado de Oaxaca), y en 1527, desde Zihuatanejo, zarpó una primera expedición de sus tropas hacia el Pacífico. Sin embargo, aunque llegaron con éxito a las islas Molucas (en Indonesia), ya no pudieron regresar.

Años después, el conquistador envió varios contingentes al Pacífico norte (en la zona que hoy es Baja California), ante los signos que indicaban la existencia de perlas en la región, pero la encomienda resultó infructuosa. Tras estos fracasos, Cortés decidió voltear hacia el sur y envió en 1536 un par de barcos hacia Perú, desde Acapulco. Cargados con armas para apoyar a las tropas del conquistador Francisco Pizarro –que estaba en aprietos debido a una rebelión inca–, estos navíos significaron el primer viaje entre Nueva España y el virreinato peruano. Sólo uno de esos barcos regresó a Nueva España.

Para 1537 Huatulco (hoy en Oaxaca) se convirtió en el puerto más importante del Pacífico novohispano; funcionó como astillero, es decir para la construcción y reparación de navíos, aunque duró como tal poco tiempo por falta de recursos.

En este periodo, las guerras en la península ibérica y la distancia obstaculizaron los nexos de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo con la metrópoli, por lo que las relaciones entre éstas fueron una alternativa para el desarrollo económico y administrativo de la región. Aunque cabe decir que los intercambios evolucionaron cuando la economía americana fue autosuficiente para producir alimentos y algunas manufacturas.

La abundancia de plata en Nueva España y Perú contribuyó de manera importante a que se convirtieran en los puntos protagónicos de la política y el comercio en América, a tal grado que los comerciantes de México y Lima llegaron a monopolizar el abastecimiento en el continente al dominar el crédito y proporcionar capital a la administración real.

Al principio, la Corona aceptó de buena manera el comercio entre los puertos del mar del Sur, ya que no representó competencia para el monopolio sevillano; además, prosperó gracias a los descubrimientos argentíferos y la demanda de manufacturas. Si bien las relaciones entre Nueva España y los puertos americanos del Pacífico se limitaron a herramientas, animales de tiro y conservas, en cuanto se desarrolló la agricultura y ganadería en Perú, se sustituyeron por textiles, sombreros y los excedentes de la flota de Sevilla. En menor medida se importaron al territorio novohispano vinos y, después de 1566, azogue, fundamental para la explotación de la plata. No debemos olvidar que con este último metal se pagaban las transacciones económicas.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Navegar por el Pacífico” del autor Miguel A. Aguilar Ojeda y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 95.