• miércoles, 19 de septiembre de 2018.

Melchor Múzquiz

Por: Javier Villarreal Lozano

 

GOBERNANTES DEL MÉXICO INDEPENDIENTE 

 

 

Presidente interino del 14 de agosto al 24 de diciembre de 1832.

 

 

José Ventura Melchor Ciriaco Eca y Múzquiz de Arrieta nació en el presidio de Santa Rosa, hoy Ciudad Melchor Múzquiz, el 6 de abril de 1788. Fue hijo de Blas María Eca y Múzquiz y Juana Francisca de Arrieta. El padre era teniente y servía en las tropas presidiales cuando bautizó a su hijo, pero poco sabemos de su familia, además de que tuvo dos hermanos que optaron por el sacerdocio.

 

Aunque posiblemente no tenían abundantes recursos, Blas y Juana estaban emparentados con la familia de latifundistas más adinerada del noreste de México, los Sánchez Navarro. Quizá esto explique el que Melchor y sus hermanos hayan podido hacer estudios superiores, privilegio reservado a unos cuantos. Como haya sido, el joven de Santa Rosa tenía 22 años cuando en 1810 se inscribió en San Ildefonso, donde estudiaba Jurisprudencia con una beca de seminarista, la cual dejó al empuñar la espada por la defensa de la libertad.

 

El año de 1812, crucial en la biografía de Múzquiz, marcó el resurgimiento de la fe en la causa independentista. La heroica defensa de cuautla por José María Morelos y Pavón avivó la fe en el triunfo insurgente. Tras esa batalla, la popularidad del generalísimo creció en razón inversa a la disminución del prestigio de Félix María Calleja del Rey. Esto provocó que cierto número de criollos se uniera a la insurgencia.

 

Al dejar los estudios, el 5 de enero de 1812, el coahuilense acudió al campamento de Ignacio López Rayón. Su hermano Ramón recordaría tiempo después: “Hallándome en el pueblo de Zinacantepec se presentó el ciudadano Melchor Múzquiz, con el objeto de que lo ocupara en servicio de la causa independiente. Asistió voluntariamente a algunas acciones de guerra en las que se manejó con entusiasmo y valor”. Ascendió pronto; el 12 de noviembre de 1812 Ignacio Rayón lo nombró teniente de la 1ª Compañía del Regimiento de Infantería en el ejército, cuerpo en el que sirvió hasta junio de 1813.

 

Para entonces estaba cerrado el primer capítulo del movimiento independentista. Miguel Hidalgo había muerto fusilado en Chihuahua el 30 de julio de 1811. Sin embargo, la bandera insurgente no cayó. La hicieron ondear, primero, Rayón con sus cinco hermanos, y después la figura emblemática de la segunda etapa de esta lucha: Morelos.

 

Múzquiz combatió al lado de Ignacio y Ramón Rayón en Michoacány en el hoy Estado de México. Asistió al sitio de Toluca de abril a julio de 1813, en el que se encargó del atrincheramiento del cerro de Tenango. Las operaciones de los Rayón interrumpieron las comunicaciones entre Toluca y la Ciudad de México hasta que el 19 de mayo Joaquín del Castillo lanzó un ataque contra Lerma, para luego tomar Toluca y arrebatar la plaza a los insurgentes. Mientras tanto, Melchor permaneció en Jerácuaro, que abandonó cuando el Supremo Congreso de Chilpancingo, encabezado por Morelos, le puso al frente de las tropas destacadas en Tiripitío y Huetamo.

 

El coahuilense destacó al lado de ramón rayón en los enfrentamientos contra los realistas Landázurri y Manuel de la Concha, en los que su arrojo e inteligen-cia no pasaron desapercibidos. Su fama llegó hasta Morelos, quien a principios de 1815 le otorgó el despacho de coronel efectivo de caballería y lo nombró comandante del distrito de Yuririapúndaro.

 

No obstante los triunfos obtenidos, los luchadores por la libertad vivían uno de sus peores momentos. Vencidos en Puruarán, Michoacán, perdido el fuerte de San Diego de Acapulco, muertos Mariano Matamoros y Hermenegildo Galeana, y maltrechas en el sur las tropas de Morelos, la rebelión languidecía. Un golpe demoledor fue la aprehensión del generalísimo, ya que su fusilamiento, el 22 de diciembre de 1815 en San Cristóbal Ecatepec, sembró el caos en las filas de los americanos y el desaliento entre los patriotas; además, se introdujo la discordia y ninguno obedecía a otro.

 

De los balazos a los abrazos

 

En 1815 el congreso de Apatzingán encomendó a don Melchor una delicada misión, por lo que partió a Nueva Orleans con el general José Herrera Valdés. El objetivo del viaje era negociar la ayuda del gobierno estadunidense. Las gestiones no dieron frutos, pero Múzquiz aprovechó su estancia de ocho o nueve meses en el vecino país para estudiar inglés y francés.

 

Al regresar a México volvió a la lucha, esta vez en Veracruz, con las fuerzas de Guadalupe victoria, uno de sus condiscípulos en San Ildefonso, a quien se unió después de estar en Acapulco y recibir en Ario el grado de coronel de infantería permanente. En 1816 Victoria le encomendó la defensa del fortín de Monteblanco, cercano a córdoba, el cual contaba con trescientos hombres y tres cañones. A finales de septiembre, después de escoltar a veracruz al ex virrey calleja y embarcarlo hacia españa, el realista Márquez donallo regresó a Orizaba. Allí se unió a la guarnición de esa ciudad y se dirigió a Monteblanco apoyado con mil infantes y otros cuerpos expedicionarios.

 

Dada la superioridad de las fuerzas atacantes, Múzquiz les salió al paso en el pueblo de chocomán, pero no pudo sostener el punto. Después del repliegue de los insurgentes, Márquez Donallo sitió Monteblanco. El 6 de octubre emplazó un cañón y con pocos tiros abrió una brecha en la muralla. Sin esperar el asalto que amenazaba convertirse en una carnicería, Múzquiz se rindió, salvando su vida y la de los que lo acompañaban. Fue conducido a la cárcel de Puebla y se le condenó a diez años de prisión en Ceuta, al norte de África, y al destierro perpetuo. En tanto se le enviaba a Ceuta, lo que nunca sucedió, estuvo confinado en la cárcel poblana donde, cuenta lucas Alamán, “perdió el oído por las escaseces y miserias que en ella sufrió”. después de un año de prisión (hay documentos que alargan el encarcelamiento a dos años) quedó en libertad gracias al indulto concedido con motivo del matrimonio del rey de españa, pero se le prohibió residir en Veracruz, Puebla y Coahuila, por lo que eligió radicar en Monterrey, donde vivía uno de sus hermanos.

 

La prolongada lucha por la independencia llegaba a su fin, pero el término del movimiento iniciado once años atrás no sería producto del triunfo de los insurgentes, sino resultado de un pacto entre las facciones contendientes. El proceso que desembocaría en la ruptura definitiva del cordón umbilical que unió tres siglos a Nueva España con la península fue gradual.

 

No se conocen las actividades de Múzquiz en Monterrey después de recibir el indulto. Su reaparición pública ocurrió tras el lanzamiento del Plan de Iguala que respaldó declarando la independencia en valle de Salinas, Nuevo León, pueblo en donde era párroco otro de sus hermanos. 

 

Crisis de la primera República

 

Silenciosas las campanas de los templos, mudos los cañones que dispararon estruendosas salvas. A los autores del Plan de iguala ahora les esperaba una tarea para la que no estaban preparados: construir una nación soberana. A su inexperiencia se sumaban las incongruencias de una alianza entre los que hasta hacía poco eran enemigos acérrimos.

 

Optimistas todavía, su primera providencia fue integrar, el 28 de septiembre de 1821, una Junta Provisional Gubernativa que delegó el poder a un consejo de regencia presidido por Agustín de Iturbide. Conforme a lo previsto en el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, el 24 de febrero de 1822 se instaló el Congreso constitucional. Múzquiz ocupó uno de los escaños representando a la Provincia –hoy estado– de México. En la cámara el coahuilense dio muestras de valor e independencia de criterio frente a Iturbide. Sin embargo, más allá de las desavenencias entre los diputados, en la sesión del 14 de marzo de 1822 sometieron a discusión la propuesta de nombrar a Iturbide emperador ante el vacío de poder creado por la negativa de los Borbones a hacerse cargo del gobierno de México. Múzquiz no se opuso a la coronación, pero insistió en que antes de dar un paso tan trascendente se consultara a las provincias.

 

Iturbide conservaba la fidelidad del pueblo, y sin previa consulta, el 18 de mayo de 1822 hubo movilizaciones populares a favor de su coronación como emperador. Rodeados de soldados y con el populacho presionando, la cámara cedió. El improvisado imperio fue un desastre y Agustín I presenció la desbandada de los militares que le habían sido adictos. Con la aquiescencia de dos ya ex iturbidistas, José Antonio Echávarri y Pedro Celestino Negrete, en febrero de 1823 se redactó el Acta de Casa Mata, en la que se desconocía su mandato. Diez meses después de su coronación, el 19 de marzo de 1823 iturbide abdicó y partió al destierro.

 

Gobernador de la Provincia de México

 

Su brillante carrera militar permitió a Melchor Múzquiz ganar la confianza de los que hoy llamaríamos líderes de opinión, plataforma de una exitosa carrera política. Así, el 8 de septiembre de 1823 el Supremo Poder Ejecutivo de la Provincia de México lo designó Jefe Superior de ésta, la más populosa y rica del país.

 

Su preocupación principal al frente del gobierno provincial consistió en conservar la tranquilidad –amenazada por los adictos a Iturbide– y sanear las finanzas públicas. Antes de concluir 1824, envió al congreso el presupuesto para el año siguiente que, dice un historiador, “puso las bases de la administración fiscal, enseñando con el ejemplo cómo deben manejarse los caudales públicos”.

 

En medio de la cada vez más enconada pugna de yorkinos y escoceses, y terminada de una manera brusca su carrera política en el Estado de México –a la que luego regresaría–, Múzquiz se reintegró a la milicia, mas no de inmediato. El 9 de marzo de 1827, siete días después de abandonar el gobierno, solicitó una licencia por cuatro meses para restablecer su salud. Volvió al servicio activo el 21 de mayo del mismo año y recibió la orden de hacerse cargo de la jefatura de la Comandancia General de Puebla.

 

Su estancia en la capital poblana sería decisiva. Allí debió conocer a su futura esposa, Joaquina Bezares, y desde la comandancia desafiaría de nueva cuenta a Lorenzo de Zavala, autor intelectual del Motín de la Acordada, organizado para imponer al general Vicente Guerrero en la Presidencia de la República. Este motín y el saqueo del Parián, perpetrados el 4 de diciembre de 1828, impidieron a Manuel Gómez Pedraza ocupar la Presidencia de la República, aunque había derrotado a Guerrero en las elecciones. Múzquiz se negó a secundar la revuelta. Finalmente, el 9 de enero de 1829 los yorkinos radicales nombraron presidente a Guerrero y vicepresidente a Anastasio Bustamante.

 

Pero Guerrero no las tenía todas consigo. Justo Sierra describe su situación en unas cuantas palabras: “los partidos trataban de hacer de él un político cuando no era más que un gran mexicano”. Por segunda vez –antes lo había hecho Nicolás Bravo con Guadalupe Victoria–, el vicepresidente conspiraba contra el presidente. Los oficiales reunidos en Jalapa, foco de la conjura, decidieron actuar. El 4 de diciembre de 1829 se organizó un consejo de los jefes de tropas en Puebla y allí se lanzó el plan titulado “Rebelión del Ejército de Reserva y Protector de la Constitución y Leyes”. La suerte estaba echada. El gobierno de Vicente Guerrero, rodeado de enemigos y falto de recursos, vivía sus últimas horas. La  capital cayó en manos de los sublevados y Bustamante asumió la Presidencia el 31 de diciembre en medio de un avispero, con los soliviantados tejanos en plena efervescencia separatista y Santa Anna aguardando la oportunidad de hacerse del poder.

 

Gracias al triunfo de la revuelta, Múzquiz pudo regresar al gobierno del Estado de México en abril de 1830, en medio de una situación que no merecía otro calificativo que el de comprometida. Restablecer la tranquilidad se convirtió en su prioridad; lograr la paz le trajo aplausos de los mexiquenses pero también una feroz campaña de prensa en la capital del país. Su probidad y sus dotes de administrador le permitieron dejar en la Tesorería del Estado un millón de pesos, suma cuantiosísima en aquellos años.

 

Presidente de la República

 

Los levantamientos se sucedían y Santa Anna ya estaba con las armas en la mano. Acorralado, Bustamante solicitó licencia para mandar personalmente al ejército. Ante esta coyuntura tan conflictiva, el 7 de agosto de 1832 la Cámara de Diputados declaró presidente interino al general Melchor Múzquiz. Aquello se asemejaba más a un castigo que a un premio. Al asumir la Presidencia rechazó el ascenso a general de división decretado por su antecesor.

 

Mientras Múzquiz trataba de organizar el gobierno, Bustamante obtenía triunfos importantes. El 17 de septiembre, en el puerto del Gallinero batió al general Ignacio Moctezuma en una cruenta batalla que –dice Alamán– dejó dos mil muertos, pero el 1 de octubre Santa Anna derrotó en el Palmar a Antonio Facio y días después lo capturó Puebla. La Ciudad de México estaba a su merced. El presidente Múzquiz intentó inútilmente buscar una salida política al conflicto, pero la insurrección se extendía. La capital estaba en estado de sitio, la situación era terrible, faltaban alimentos e incluso agua, pues los sitiadores cegaron el acueducto que la abastecía.

 

La revolución terminó con un arreglo: Bustamante y Santa Anna firmaron los convenios de Zavaleta y acordaron que Gómez Pedraza ocupara la Presidencia de la República. Finalmente, Múzquiz fue desplazado y abandonó Palacio Nacional el 24 de diciembre de 1832: el máximo honor al que puede aspirar un mexicano se había transformado para él en un calvario plagado de penalidades.

 

Conforme a los convenios, el no adherirse al movimiento lo condenaba a ser expulsado del ejército. Fue degradado y desterrado a Padilla, Tamaulipas, el pueblo en que había sido fusilado Iturbide, pero en 1835 el presidente Santa Anna declaró nulos los acuerdos de Zavaleta y le restituyó su grado militar. Así principió una etapa de relativa tranquilidad en la existencia del hijo de Santa Rosa. Fue miembro del Supremo Poder Conservador, creado por las Siete Leyes para mediar en los conflictos entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, pero que resultó inútil en la práctica.

 

El 20 de diciembre de 1841 Múzquiz recibió el ascenso a general de división, pero sus apariciones en la escena pública fueron cada vez más aisladas, ya que se mantuvo lejos de los reflectores y de la mira de los periódicos. Sus contemporáneos afirmaban que cuando opinaba sobre asuntos públicos en sentido contrario al partido en el poder hacía las maletas, dispuesto a partir al exilio.

 

El general Melchor Múzquiz murió en su casa de la calle del esclavo, hoy República de Chile, esquina con Donceles, el 14 de diciembre de 1844. En sus funerales se le rindieron los honores correspondientes a su grado y en agradecimiento a los servicios que prestó a la patria. Fue sepultado en el Panteón de Santa Paula –ya desaparecido– y sus restos se perdieron para siempre. Carlos María de Bustamante dedicó a la memoria del coahuilense una frase que bien pudiera servirle de epitafio: “Tarde o temprano la virtud del bueno es respetada, y su memoria aplaudida”.

 

 

El artículo "Melchor Múquiz, el insurgente olvidado" del autor Javier Villarreal Lozano se publicó en Relatos e Historias en México número 42. Cómprala aquí