Las estatuas no son la historia

La Redacción

El obelisco más alto del mundo fue alzado en San Jacinto, Texas, en 1936. En sus muros se lee un relato muy diferente de la historia de la pérdida de Texas que conocemos en México.

 

Las narrativas inscritas en los monumentos no son la historia, pues su construcción fue determinada principalmente por la política; pero es un hecho que la “tradición” de su presencia genera discursos que producen emociones, generalmente patrióticas.

Por ejemplo, en San Jacinto, Texas, se alza el obelisco más alto del mundo (173 metros), que fue construido en 1936, en el centenario de la captura del presidente mexicano Santa Anna, derrotado en ese sitio cuando intentaba recuperar Texas. Los visitantes leen en sus muros un relato bien diferente de lo que sabemos en México: “el 21 de abril de 1836, el Ejército de Texas comandado por el General Sam Houston […] atacó al ejército invasor más grande de mexicanos al mando del General Santa Anna. Al día siguiente, el autodenominado ‘Napoleón del Oeste’, recibió de un enemigo generoso la misericordia que le había negado a Travis en El Álamo”.

El orgullo de Texas, expresado en el enorme obelisco, es que “San Jacinto fue una de las batallas decisivas del mundo”. Y es que esta “resultó en la adquisición de casi un tercio del área actual de la nación estadounidense, [que] cambió de soberanía”. Es una historia muy inocente, pues esa “soberanía” cambió a cañonazos; así, en el mapa de 1848 de México hay un hueco de dos millones de kilómetros cuadrados.

 

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Las estatuas también mueren