*Nota del editor:
Para la elaboración de esta guía nos hemos basado, fundamentalmente, en la ruta descrita por don Luis Castillo Ledón en Hidalgo. Vida del héroe (1948-1949). También hemos recurrido a las investigaciones sobre Miguel Hidalgo del historiador Carlos Herrejón Peredo, en especial a su obra La Ruta de Hidalgo (INEHRM, 2012). Asimismo, recomendamos el libro Diccionario de la Independencia de México (UNAM-IIH, 2010), coordinado por los investigadores Virginia Guedea, Ana Carolina Ibarra y Alfredo Ávila, y en el que participan más de doscientos académicos con breves ensayos. Para saber más, son insustituibles las primeras historias de la guerra de independencia escritas en el siglo XIX por Carlos María de Bustamante y Lucas Alamán; en internet se pueden encontrar ligas de descarga de todas estas obras.
El 30 de octubre todos los insurgentes subie- ron con la esperanza de que en la Ciudad de México tenían muchos partidarios, uno de cuyos jefes le había ofrecido recibirlo con diez o doce mil hombres.
Al comandante realista Torcuato Trujillo, el espeso bosque le pareció un buen terreno para bloquear la invasión masiva de la capital novohispana. Los esperaba con 400 jinetes y poco más de 1,300 de infantería. El día anterior, el virrey le había enviado dos buenos cañones, 50 voluntarios y 330 mulatos armados de lanzas, provenientes de las haciendas de unos españoles. Los insurgentes avanzaron con 3,000 militares de caballería e infantería y unos 14,000 rancheros a caballo con machete o lanza. Los seguía una multitud de 60,000, entre indios y castas, armados de hondas, lanzas con punta metálica y machetes.
Allende dirigía la batalla, apoyado por Mariano Jiménez. A las once de la mañana, una columna insurgente atacó frontalmente la posición realista en medio de una imponente gritería de los rebeldes: eran los regimientos de Celaya, Valladolid y Guanajuato, con cuatro cañones. Los flancos y la retaguardia fueron cubiertos por regimientos de caballería de Michoacán y rancheros de a caballo, así como muchos a pie, mal armados.
La masa de indios fue la primera en caer bajo la artillería y fusilería realista, que barría filas enteras. Allende reordenó las tropas con experiencia y rodeó a los realistas para cortarles la retirada hacia la Ciudad de México. Jiménez, con 3,000 hombres y un cañón, abrió fuego desde una posición más alta en el bosque y desbarató un flanco de Trujillo. Los insurgentes avanzaron con fiereza; varios oficiales y centenares de realistas yacían revolcándose en su sangre. El desaliento de los realistas ya era visible; Trujillo, finalmente, aceptó recibir una comisión con bandera blanca con las condiciones de su rendición. Cuando los tuvo enfrente, mandó hacerles fuego a quemarropa. La ira redobló el fuego insurgente y cerraron el cerco.
Desesperado, Trujillo desertó con los que pudo reunir, dejando el campo sembrado de cadáveres, así como sus pertrechos. Bajó a Cuajimalpa seguido de cerca por la caballería insurgente, se refugió en el Desierto de los Leones y envió el parte al virrey, pero éste, para calmar a los atemorizados habitantes de la ciudad, informó que en Monte de las Cruces sus regimientos habían obtenido un rotundo triunfo e incluso premió a Trujillo y a Iturbide.
A las cinco de la tarde del 30 de octubre, en el campo de batalla yacían más de 4,000 cadáveres; cerca de la mitad eran realistas. La victoria, sin embargo, fue muy costosa para los insurrectos: al ver y sepultar tantos cuerpos, muchos insurgentes desertaron. A pesar de todo, el camino a la Ciudad de México había sido despejado. Bajaron a la Venta de Cuajimalpa, y desplegaron una línea de artillería apuntando a la capital. La noche era helada, y conforme llegaban las fuerzas, estas tenían que acampar a campo raso. La plana mayor de los insurgentes se alojó en el único mesón del lugar, llamado San Luisito.
El 31 de octubre, desde Cuajimalpa, Jiménez y Abasolo bajaron por las lomas de Santa Fe, con una escolta de cincuenta hombres: portaban un pliego de intimación al virrey firmado por el generalísimo Hidalgo. Los parlamentarios fueron detenidos por la guardia de Chapultepec, y el documento se envió a Francisco Xavier Venegas, quien nada contestó. Sólo respondió que si Jiménez y Abasolo no regresaban, se haría fuego sobre ellos.
Aterrorizados, los españoles en la Ciudad de México veían con inquietud las miles de hogueras encendidas en la noche por la masa insurgente en el Ajusco. Al regresar la comisión, seguramente, Hidalgo recibió la noticia enfurecido. A las seis de la mañana del 1 de noviembre se llamó a misa, pues era día de guardar debido a la celebración de Todos los Santos.
Fue entonces que Hidalgo y Allende tuvieron un fuerte altercado, debido a que este último, apoyado por los otros militares, opinaba que se debía marchar sobre la capital y tomarla, pero Hidalgo ordenó la retirada.
Por alguna razón, el generalísimo temió que la revolución fuese aniquilada en la ciudad. Quizá se había preguntado a qué se debía la seguridad con la que el virrey rechazó la rendición. Hidalgo no sabía cuánta fusilería y cuántos cañones estaban emplazados en las estrechas calles rectas para defender la plaza; tampoco sabía si estaría por llegar el ejército de Calleja y si sería sitiado.
A lo mejor, el cura igualmente temía los asaltos tumultuosos y linchamientos de españoles, como en la Alhóndiga. Lo cierto también es que los indios estaban asustados por la mortandad causada por sólo dos cañones en Monte de las Cruces; en dos días, más de la mitad de los seguidores de Hidalgo había desertado. Además, los partidarios que estaban en la ciudad ni siquiera se comunicaron con Allende y, sumado a la falta de municiones, prefirió no arriesgarse y fortalecer la revolución en las provincias para extenderla a toda Nueva España. Así, el generalísimo ordenó levantar el campo y retroceder hacia Lerma.
Ese mismo 1 de noviembre, el ejército de Calleja llegó a Querétaro, y el día 3 salió a marchas forzadas para apoyar al virrey. Mientras tanto, los insurgentes se dirigían a tomar esa ciudad. En esa dirección, en los siguientes días pasaron por Lerma, Toluca, Ixtlahuaca y Jocotitlán, tratando de esquivar al enemigo que supuestamente iría por otro camino hacia la capital.
Hidalgo pasó por Arroyo Zarco con más de 30,000 hombres y le informaron que a la izquierda había un pueblo entre dos cerros. El 5 de noviembre, por la tarde, la columna insurgente entró en Aculco. Son confusos los informes sobre la ubicación de Calleja en ese momento, pero después del mediodía del 6 de noviembre chocaron unas avanzadas de Calleja y de Allende. La sorpresa de tener tan cerca a los realistas fue también para estos últimos, al enterarse de que el enemigo no estaba en el valle de México, sino que lo tenían a un paso. Calleja supo así que Hidalgo estaba en Aculco y movió sus tropas hacia ese pueblo.
Hidalgo convocó a una junta militar esa noche para afinar el plan de combate; sin embargo, los jefes que apoyaban a Allende ya estaban disgustados con el cura y pretendían que renunciara debido a sus carencias militares. En esa reunión se agravaron más las desavenencias. Don Ignacio propuso replegarse, dispersar a la tropa por diversos rumbos y organizar una guerra de guerrillas: se oponía a utilizar una masa indisciplinada para el triunfo de la revolución; en contraste, Hidalgo confiaba en la participación de esa multitud como la principal arma de su lucha. De nuevo, el generalísimo se impuso y ordenó dar batalla. Esa noche velaron armas.
Al amanecer del 7 de noviembre, en Aculco, los insurgentes salieron del pueblo y ocuparon con líneas de artillería, fusilería e infantería una loma larga que se extendía desde el pueblo y a cuya espalda estaba el cerro de Ñadó. Los insurgentes se sorprendieron al ver las ordenadas columnas realistas, que marchaban con gran disciplina y vistosos uniformes. Los insurgentes rompieron fuego, pero la mala puntería hizo pasar las balas por encima de las cabezas realistas. Éstos se desplegaron en líneas de batalla y avanzaron hacia el cerro, intentando rodear a los insurgentes y cortarles la retirada. Sus movimientos, ejecutados con precisión, más su fuego certero, produjeron 85 insurgentes muertos; con tal desaliento entre las tropas de Hidalgo, estas empezaron a desbandarse y a escapar en distintas direcciones, en medio de una ensordecedora gritería.
Cuando los realistas llegaron a la posición insurgente, ya no había nadie. En una hora había terminado la primera derrota de la revolución iniciada en septiembre. Ocupado Aculco, Calleja se hizo de un enorme botín, en dinero y recursos militares. En su informe al virrey, por supuesto, le dio a la batalla una importancia que no había tenido e infló desmesuradamente su victoria. Lo que sí constaba como una realidad era que el enorme ejército insurgente que antes estaba a las puertas de la Ciudad de México se había deshecho.
Después, Allende tomó por el rumbo de Salvatierra en camino a Guanajuato, con 6,000 efectivos de línea. Hidalgo, con un escaso puñado de hombres, cabalgó hacia Valladolid por Tlalpujahua, continua leyendo el artículo en el número 215.
Referencia:
La redacción, “La ruta de Hidalgo: Independencia y libertad de la nación: La insurrección en Guanajuato y Michoacán”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, p. 46-51.

