• 12-nov-2019.

La increíble vida de María Grever

(1885-1951)
Ricardo Lugo Viñas

 

Madona de la canción

 

 

En los andenes de llegada de la estación de ferrocarril de Ciudad de México, un tumulto de personas y la prensa se encuentran expectantes ante el arribo de un tren procedente de Tijuana. Corre 1929, año álgido, de tensiones políticas y de fundaciones importantes. Las elecciones extraordinarias, tras el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, están por efectuarse. La Escuela Nacional de Música de la UNAM acaba de ser erigida, bajo el manto y la dirección del maestro Estanislao Mejía; su cuartel se levanta bello y orondo: el Palacio de los Mascarones, en la colonia Santa María la Ribera, a unas cuantas calles de Buenavista, donde el esperado convoy está por llegar.

 

Entre la comitiva de recibimiento –encomendada por el empresario de la radio Emilio Azcárraga Vidaurreta– se encuentra Agustín Lara, el Tenor de la Voz de Seda, Juan Arvizu, y el director de orquesta José Briseño. Esperanza Iris no está presente, pero un representante suyo lleva los saludos y reconocimientos para la llamada Madona de la Canción: la compositora guanajuatense María Grever, quien retorna laureada a su país natal luego de una larga estadía en Estados Unidos.

 

“Tanto añoraba mi tierra”

 

Lleva 44 años a cuestas y su regreso a Ciudad de México es tratado como un gran acontecimiento. Grever ya es una compositora suprema y cimera. Apenas un año atrás, su célebre canción Júrame fue grabada por el cantante y sacerdote jalisciense José Mojica en Hollywood; aunque ya había sido estrenada en 1926 por Pilar Arcos, será la interpretación de este tenor el verdadero escaparate internacional de dicha canción. Desde entonces, Júrame constituirá uno de sus más reconocidos éxitos en la música universal –junto con Cuando vuelva a tu lado (What a Difference a Day Made), compuesta en 1934 y que permaneció por varios años en el hit parade en Estados Unidos– y será interpretada por un sinnúmero de artistas como Nelson Ned, Plácido Domingo, Hugo Avendaño, Luis Miguel o Libertad Lamarque.

 

Pese a estar en la cúspide de su carrera y tras años de musicalizar películas para la industria cinematográfica estadounidense, Grever retorna a México arrastrando un difícil y amargo periodo de penurias económicas. Así lo revela la propia compositora en una entrevista con Laura Martí:

 

“Tiempo después de que musicalicé las películas, tuvimos una racha de mala suerte y tuve que hacer muchas cosas para ayudar a sostener a mi familia. […] Ya entonces algunas de mis composiciones eran un éxito, pero las regalías no dejaban lo suficiente para vivir. Había algunas piezas que todos cantaban, como por ejemplo Júrame […], Bésame, Tipi tipi tin, Lamento gitano, México canta y muchas más. Cada vez era más famosa y más pobre. […] En un principio bordé pañuelos, pero mi habilidad con la aguja y mi rapidez no eran tan notorias como mi capacidad para escribir canciones y finalmente terminé por vender mi piano que era mi tesoro.”

 

Así pues, en su país, el recibimiento a María Grever es familiar y cariñoso. De bombo y platillo. Los diarios Excélsior y La Opinión dedicarán su primera plana del día siguiente para narrar el acontecimiento. Y en noviembre de ese mismo año, amigos, empresarios y público le rendirán un sentido homenaje en el Teatro Virginia Fábregas.

 

Grever había salido de México –por segunda vez– en 1917, movida por los acontecimientos políticos y por una terrible y profunda tristeza: la muerte de su pequeña hija a los seis meses de nacida. “Fue muy duro, el golpe casi me destruye por completo; […] incluso abandoné la música unos meses, pero más tarde regresé a ella, era mi único consuelo”, señaló alguna vez. Aunque también se había ido motivada por el crecimiento de su carrera artística; así lo expresó: “Augusto [su marido] y yo decidimos irnos a radicar a Nueva York, porque a los dos se nos ofrecían buenas posibilidades de desarrollo”.

 

En Estados Unidos hará toda su carrera, se interesará por el jazz, pero también por difundir la música popular mexicana. Recibirá influencias de sus amigos y colegas Alfonso Esparza Otero, Tata Nacho y Mario Talavera, además de los norteamericanos Cole Porter y George Gershwin, según lo apunta el director de orquesta mexicano Fernando Lozano.

 

Ahora retornaba a México en el pináculo de su carrera. Residirá en la colonia Juárez y a partir de 1929 su vida andará a caballo entre México y Estados Unidos.

 

De León a París

 

María Joaquina de la Portilla Torres fue hija de Francisco de la Portilla Martínez, fecundo comerciante andaluz, y de la tapatía Julia Torres Hernández. Llegó a este mundo en la ciudad de León, Guanajuato, en la última recta del siglo XIX. Curiosamente compartió día y mes de nacimiento con el que años más tarde será su cercano amigo: José Mojica. Ambos son del 14 de septiembre: ella de 1885; él de 1895.

 

La hacienda de San Juan de los Otates, propiedad de su abuelo materno, el español Gerónimo Torres, fue su primera morada. Sin embargo, su padre mudaría muy pronto a toda su prole a la ciudad de Sevilla, España, donde gracias a su fortuna con los negocios, brindaría a sus cuatro hijos (Francisco, José, Mercedes y María Joaquina) estudios particulares de inglés, francés, piano y canto.

 

La nobilísima María Joaquina despuntaría muy pronto en el ámbito musical. Prueba de ello es la primera composición que realiza a la edad de nueve años como parte de un ejercicio escolar. Se trata de Una canción de Navidad, un pequeño y jovial villancico que fue interpretado por vez primera en el Colegio del Sagrado Corazón, donde estudiaba, como parte de las fiestas decembrinas de 1894. De hecho –así lo asegura la compositora e investigadora Nayeli Nesme en su libro María Grever: reflexiones sobre su obra–, actualmente existe allí una placa dedicada al prístino talento de Grever que versa: “A María Joaquina de la Portilla, niña prodigio”.

 

Su padre supo reconocer el talante creador que yacía en su joven hija y no dudó en poner a su disposición a los mejores maestros particulares de canto y piano que existían en Sevilla y luego en Madrid. María Joaquina abrevó todo cuanto pudo de aquellos maestros. Pero don Francisco, generoso y visionario, quiso conseguir al mejor entre los mejores. Así, entre 1899 y 1900 viajaron a París con el íntimo deseo de entrevistarse con uno de los compositores más connotados de toda Europa en ese momento: el impresionista francés Claude Debussy.

 

Este músico, quien entonces – junto a Maurice Ravel– era quizá el más importante de toda Francia, recibió con gusto y asombro a la joven María Joaquina. “No sé qué Entre los primeros maestros de María Grever estuvo Claude Debussy, uno de los más importantes compositores franceses y la figura más prominente del impresionismo musical.

 

Más tarde se encontró también con el respetabilísimo compositor austriaco Franz Lehár –discípulo de Antonín Dvorák–: “Él influyó mucho en mi carrera artística. Recuerdo que siempre me aconsejó que no me sujetara a la técnica musical, que fuera espontánea y sincera. Toda mi música tiene ese sello, la sentía y la escribía casi sin pensar, nunca fui rebuscada ni perfeccionista y en gran parte se lo debo a Lehár”. A los dieciocho años publicará su primera canción, A una ola, de la cual vendería miles de copias.

 

 

Si quieres saber más sobre María Grever busca el artículo completo “Madona de la canción”, del autor Ricardo Lugo Viñas que se publicó en Relatos e Historias en México número 118Cómprala aquí.