• Thursday, 24 de May de 2018.

La Guerra del Mixtón

La más grande rebelión indígena de la época colonial
Por: Jaime Olveda Legaspi

 

La Guerra del Mixtón se conmemora hasta hoy con la fiesta de los tastuanes que tiene lugar en los municipios zacatecanos de Juchipila, Jalpa, Moyahua y Apozol, donde los lugareños recuerdan el hecho con la misma danza con la que sus antepasados declararon la guerra contra la invasión española.

 

 

Primeros brotes de rebeldía

 

Los primeros signos de resistencia al dominio español se expresaron en simples huidas a lugares inaccesibles, desde donde los indígenas comenzaron a hostigar a los pioneros de la colonización; pero no pasó mucho tiempo cuando esas muestras de rechazo adquirieron formas concretas.

 

En 1532, los naturales de Ahuacatlán (en el actual Nayarit), Compostela y Chiametla se levantaron en armas y, ante las pocas posibilidades que tuvieron de lograr el triunfo, huyeron hacia donde no pudiesen encontrarlos; al año siguiente, los fundadores de la primera Guadalajara (en Nochistlán, Zac.), ante la constante hostilidad de los cazcanes (o caxcanes), decidieron trasladar la villa a Tonalá, a pesar de que Nuño no estuvo de acuerdo con tal decisión.

 

Mayor peligrosidad tuvo el alzamiento de Coaxicori, cacique de Xochitepec (Magdalena, Jal.), quien aliándose con los indios de Xocotlán, Hostotipaquillo y Ahuacatlán, insurreccionó buena parte de la sierra de Nayarit a mediados de 1538. Este levantamiento, que para muchos autores fue el preludio de la rebelión del Mixtón, fue sofocado por el gobernador Diego Pérez de la Torre.

 

En realidad, no hubo autoridad en la Nueva Galicia que no hubiera dedicado buena parte de su tiempo a reprimir las múltiples y casi ininterrumpidas muestras de inconformidad de los indígenas. Nuño de Guzmán, Diego de la Torre, Cristóbal de Oñate y Francisco Vázquez de Coronado, los primeros cuatro responsables de gobernar el territorio neogallego, emplearon sus energías y los exiguos recursos para pacificar distintos brotes de rebeldía.

 

Un movimiento milenarista

 

De estos cuatro funcionarios, correspondió a Oñate vivir la experiencia de la sublevación más peligrosa de la época colonial, la cual puso en entredicho la conquista española. La amenaza, que comenzó a ser notoria desde finales de 1540, obligó a este gobernador a concentrar los escasos recursos que tenía a su alcance en la Guadalajara de Tlacotán (tercer asentamiento), y a pedir auxilio al virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza. La angustia de Oñate no era infundada, pues para entonces los españoles residentes en la Nueva Galicia eran pocos, ya que algunos se habían incorporado a la expedición que encabezó Francisco Vázquez de Coronado en busca de las legendarias Quivira y Cíbola.

 

A partir de 1540, el territorio que los españoles se esforzaban en identificar como la Nueva Galicia, era recorrido y devastado por un número cada vez mayor de indios rebeldes que respondía de esta manera a la dureza del dominio hispano. A Oñate le preocupó mucho el informe remitido por el alcalde mayor de Compostela en el que le notificaba que los naturales de Huaynamota y Huaristemba (Nay.), tras haberse rebelado, habían dado muerte al encomendero Juan de Arce.

 

Pero de todas las regiones, en donde se observaba mayor beligerancia era en la cazcana (sur de Zacatecas) porque aquí los españoles no habían podido imponer el vasallaje. Los indios de esta zona pronto dejaron de pagar el tributo y se negaron a ser evangelizados. Aunque en principio estos alzamientos se antojan como movimientos locales, espontáneos e inconexos, formaban parte de uno solo. Además, hay algunas evidencias que sugieren que los indígenas no obraron de manera improvisada, sino conforme a un plan y a una misma estrategia. Así, por ejemplo, en varios puntos los combates se apegaron a un mismo patrón: fortificarse en algún cerro elevado y escabroso –“empeñolarse”– para desde ahí dirigirse hacia cualquier parte en donde hubiese cristianos.

 

Por otro lado, es importante mencionar que el alzamiento que se estaba fraguando tenía rasgos que lo identifican como un movimiento religioso, mesiánico y milenarista, los cuales pueden apreciarse en los descargos que el virrey Antonio de Mendoza preparó para responder al juicio de residencia que se le promovió después de la rebelión.

 

En una parte del documento, la máxima autoridad virreinal explicó el origen del movimiento de esta manera:

 

“estando los indios de T[l]altenango [suroeste de Zacatecas] de la dicha provincia, que es más de sesenta leguas de Compostela, muy quietos y sosegados, y aviendo asentado monasterio de religiosos franciscanos en Juchipila, vinieron unos yndios de la serranía de Tepeque y Cacatecas a ciertos pueblos que confinan con Taltenango que se llaman Cuitlán y Hueli y Coltlán y Tepeque, con la habla del diablo que ellos llaman Tlalol, y llegaron a Taltenango, donde juntaron los señores y principales y maceguales del, a los que les hablaron diziéndoles: nosotros somos mensajeros del diablo el cual se llama Tecoroli y venymos hazeros saber como él viene y trae consigo rresucitados a todos vuestros antepasados, con muchas riquezas y joyas de oro y turquesas, plumas y espejos y arcos y flechas que nunca se quiebran y mucha ropa para vuestro vestir y muchas cuentas y otras cosas para las mujeres y hazeros saber que los que le creyerdes y siguierdes e dexaredes la doctrina de los frailes nunca morireis ni terneis necesidad, y los viejos y viejas se retornaran mozos, y consibirán por mui biejos que sean, y las sementeras se los harán sin que nadie ponga las manos en ellas, y sin que llueva, y la leña del monte ella se os vendrá a casa sin que la traiga nadie…”

 

Según este texto, para convencer a todos los indios, los “mensajeros” difundieron una imagen idealizada de la época anterior a la que había que regresar, asegurándoles a quienes se rebelaran que Tecoroli los premiaría con rodajas de plata para usarlas en la nariz, que las pinturas que se aplicaban en el rostro nunca más se borrarían, y que sus carnes se les caerían para nacerles otras que serían inmortales.

 

Los “mensajeros” comenzaron a predicar por todas partes para persuadir a los indígenas, “dándoles a entender que aquello era bueno” para transformar la realidad. En la medida en que las ideas de inmortalidad, liberación, juventud eterna y restauración de sus antiguas tradiciones se hicieron extensivas, “todos los indios de los pueblos de los cazcanes [andaban] alborotados y remontados”.

 

Lo que vale la pena destacar es que fue el rigor del colonialismo y la imposición de una concepción del tiempo, del pasado y del mundo, los factores principales que lograron aglutinar a grupos disímbolos en un mismo movimiento orientado hacia un proyecto utópico de bienestar y felicidad eterna. El mensaje difundido por los emisarios a los que se refiere Mendoza expresaba el deseo de volver a la edad mítica, así como la esperanza de transformar una realidad que resultaba demasiado incómoda. Por eso la rebelión del Mixtón forma parte de los múltiples movimientos indígenas que han surgido en varias partes de América Latina a lo largo de quinientos años y que no son otra cosa que manifestaciones del deseo de vivir de acuerdo con sus propias formas de organización.

 

Las versiones de esperanza difundidas ampliamente por los “mensajeros” atizaron el rencor de los indígenas, al grado de que, a partir de finales de 1540, ningún encomendero pudo estar seguro de conservar la vida. Así, por ejemplo, Gonzalo Varela y Gonzalo Garijo fueron apedreados en Tlaltenango, y la misma suerte corrieron Alonso López, Francisco Iñiguez y Hernán Flores en Juchipila (Zac.). En otros lugares los indios fueron aconsejados de no servir más a los españoles, y cuando alguno siguió haciéndolo, los demás lo ofendían.

 

Comienza la guerra

 

Una vez que los mensajes de aliento y esperanza fueron difundidos, “se alzó la tierra”. El historiador José López Portillo y Weber refiere que de un lugar llamado Taxicoringa, ubicado al sur del actual estado de Durango, partió la señal que esperaban los inconformes para iniciar la rebelión. Los jefes indios comprometidos en la insurrección fueron equipados con haces de flechas atadas con correas de venado que les entregaron los emisarios. El levantamiento pronto se extendió de la sierra de Tepeque (Zac.) a Tlaltenango, Juchipila, Nochistlán y Teocaltiche.

 

Decididos a vencer o morir, millares de indios encabezados por Tenamaxtli se hicieron fuertes en un peñol ubicado entre Juchipila y Apozol (sur de Zacatecas), conocido como el Mixtón o cerro del Gatito –llamado así porque debido a lo escarpado solo los gatos podían ascender a la cima–, en donde al decir de los españoles, en medio de “mitos y borracheras” hicieron alarde de su rebeldía.

 

El 9 de abril de 1541, los alzados despreciaron el ofrecimiento de paz hecho por Miguel de Ibarra, y al día siguiente atacaron con tanta furia el campamento que este capitán y sus soldados habían instalado en las faldas del cerro que, de no haber huido, todos hubieran muerto.

 

El plan de los indios insurrectos consistía en atraer hasta este sitio a los españoles, apoderarse de la villa de Guadalajara y extender la insurrección a Michoacán, México y por “doquier que hubiese cristianos”. La gravedad de la situación obligó al virrey Antonio de Mendoza a pedirle al experimentado capitán Pedro de Alvarado –situado en esos momentos en el puerto de la Navidad (Jal.)– que se trasladara urgentemente a la zona conflictiva para apaciguarla.

 

Cuando Alvarado llegó a Zapotlán el Grande dispuso instalar algunos destacamentos en ciertos puntos para impedir que el movimiento se extendiera. Conforme a sus instrucciones, cincuenta soldados se quedaron en este lugar, otros tantos fueron a reforzar a Juan Fernández de Híjar en la villa de Purificación, otro medio centenar fue enviado a Etzatlán, y veinticinco se situaron en Chapala.

 

Los indios concentrados en el Mixtón, por su parte, fortificaron el peñol. Se asegura que cuando Alvarado llegó al cerro les dijo con tono altanero a sus compatriotas que con ansia lo esperaban: “Vergüenza es que cuatro gatillos encaramados en los riscos de los montes hayan hecho tanto ruido y que estén alborotando a dos reinos; con menos gente de la que traigo basta y sobra para sujetarlos; no hay que esperar más”. Dicho lo anterior, empezó a planear el ataque contra los sublevados sin escuchar las advertencias de Oñate, quien trató de prevenirlo de los riesgos que ofrecían la fragosidad del terreno y la belicosidad de los indios insurrectos.

 

El 24 de junio de 1541, Alvarado intentó apoderarse del peñol que estaba defendido, aparte de Tenamaxtli (líder de la zona de Nochistlán), por los indios que obedecían a Pantecatl (caudillo de la zona de Xalpa), y a Xiuhtecuhtli y Tenquitatl (cabecillas del cañón de Juchipila), quienes después de varias horas de combate lograron vencer a los soldados españoles.

 

La brutal represión

 

La derrota que infligieron los indios rebeldes a los hispanos trajo por consecuencia tres hechos de suma importancia: la muerte de Alvarado, el asalto a Guadalajara que se llevó a cabo el 28 de septiembre y, posteriormente, la decisión de mudar esta villa al valle de Atemajac, su cuarto y definitivo asentamiento. Mientras se hacían los preparativos para trasladarla y se elaboraba el padrón de vecinos, el virrey Antonio de Mendoza salía de Ciudad de México el 2 de octubre al frente de trescientos jinetes y veinte mil indios aliados que acudieron al llamado del pregón que se difundió en la capital del virreinato el primero de junio de 1541.

 

Mendoza, decidido a acabar cuanto antes con los sublevados, inició su campaña de pacificación en Coyna (Tototlán, Jal.) con mayor violencia que la que había empleado Nuño de Guzmán once años antes. López Portillo y Weber refiere que los indios del lugar, ante el rigor de la represión, comenzaron a matarse unos a otros, incluyendo a sus propios hijos. Después de pasar por Acatic (Jal.) y arrasarlo todo, el virrey llegó al peñón de Nochistlán, donde ya lo esperaba la gente de Cristóbal de Oñate.

 

Fray Antonio Tello asegura que cuando Mendoza envió a Miguel de Ibarra a hacerles de nueva cuenta “el requerimiento” para de esta manera justificar la guerra, Tenamaxtli le respondió: “Yo también os requiero para que volváis a vuestra Castilla, pues nosotros estamos en nuestras tierras”.

 

Luego de conocer el virrey el rechazo al ofrecimiento de paz, el 26 de noviembre dispuso rodear el peñol, cortar el abastecimiento de agua y asediarlo por todos los flancos para que nadie pudiera escapar, al mismo tiempo que se posicionaban de los puntos por donde iniciarían el ascenso. Para estimular a sus capitanes, Mendoza les prometió una recompensa en esclavos a quienes primero alcanzaran la cima del cerro.

 

Después de muchos intentos infructuosos de los españoles por llegar a la cúspide del peñol, lograron descubrir un paso que los condujo a este punto. Entonces tuvo lugar la batalla que terminó el 16 de diciembre de 1541, en la que salieron derrotados los indios. En medio del combate y la desesperación se produjeron nuevos suicidios colectivos: muchos se lanzaron a los precipicios y otros se ahorcaron, tal y como había ocurrido en Coyna. Parte de los sobrevivientes fue víctima de la artillería, otros fueron “aperreados” (muertos por ataques de perros de los españoles) y no faltaron quienes murieron degollados para escarmiento de los demás.

 

La represión de Mendoza llegó a tal grado que hasta los mismos colonizadores de la zona, ante el riesgo de quedarse sin mano de obra, escondieron a algunos indios. Como es de suponerse, en los descargos el virrey negó haber procedido de esa forma, al sostener que el licenciado Francisco Maldonado, oidor de la Audiencia, y Cristóbal de Oñate, teniente de gobernador, fueron quienes habían dado las órdenes por los “muy feos e enormes delitos que los indios rebelados hicieron contra Dios nuestro señor, y contra su majestad”, y también para que sirvieran de escarmiento a otros grupos.

 

Por otro lado, debe precisarse que muchos de los procedimientos rigurosos para sofocar la insurrección quedaron especificados en el auto del 31 de mayo de 1541, el cual fue pregonado un mes más tarde. En este documento quedó asentado que la guerra debería hacerse a “fuego e sangre” y que todos los indios que llegasen a ser capturados adquirirían la condición de esclavos, siempre y cuando fueran mayores de catorce años.

 

Por su parte, Mendoza justificó la violencia utilizada apoyándose en la tradición medieval, muy extendida todavía en muchas partes de Europa –sobre todo en el reino de Granada–, la cual consideraba válido apedrear o agredir de otra manera a quienes hubieran renegado de la fe. El virrey sostuvo que si en España estas medidas no las tomaban en cuenta los jueces al hacer los cargos a los acusados, menos en la Nueva España, donde él, como máxima autoridad, era el responsable directo de salvaguardar la integridad física y espiritual del virreinato.

 

Mendoza también aclaró que el escandaloso reparto de esclavos hecho al finalizar la rebelión, y que dio motivo a que surgieran desavenencias y envidias entre los mismos peninsulares, había sido un acuerdo tomado por Maldonado y Oñate. No obstante, admitió que desde que la Audiencia de México determinó hacer la guerra, mandó forjar el hierro para herrar a los indios cautivos, el cual fue enviado a Oñate, quien ordenó depositarlo en un arca con tres llaves que portó el ejército para usarlo en el momento oportuno. En realidad, la distribución de indios esclavos fue con el propósito de que los españoles recuperaran parte del valor de los caballos muertos y de lo que cada uno había gastado en curaciones y medicinas.

 

Aunque por razones obvias el virrey pretendió disminuir su responsabilidad y justificar el rigor de su procedimiento en la rebelión del Mixtón, todo parece indicar que, alarmado por la magnitud y peligrosidad del movimiento, actuó con extrema severidad para evitar consecuencias mayores. Mendoza quiso demostrar la superioridad de los conquistadores mediante el empleo de una violencia que recuerda las escenas de las Cruzadas. Por eso no sorprende que, aún después de concluida la guerra, persiguiera a los sobrevivientes fugitivos con la misma furia que había desplegado durante el combate. De los indios que lograron escaper del peñol y que se refugiaron en la barranca de San Cristóbal, en una primera redada dos hombres y dos mujeres fueron capturados; a los primeros les cortaron las manos y a las segundas los pechos. De los que aprehendieron después, doce murieron de un cañonazo, veinticinco fueron ahorcados, diecisiete asaeteados y cinco “aperreados”.

 

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "La Guerra del Mixtón" del autor Jaime Olveda Legaspi, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 113.