El comercio exterior frente a los vaivenes del siglo XX posrevolucionario

Isabel Avella Alaminos

En 1918 el gobierno de Carranza refrendó el sistema monetario de patrón oro, lo que suponía la circulación de monedas y reservas áureas. Sin embargo, en la práctica, a partir de los años veinte imperó un régimen bimetálico, en el que monedas de oro y plata –junto con las de bronce, cobre y níquel– circulaban dentro del país.

 

Que moneda y comercio exterior están relacionados es casi una verdad de Perogrullo porque en la economía contemporánea la mayor parte de los intercambios se liquidan con dinero. Empero, las implicaciones monetarias concretas que reviste dicha relación y que van más allá del simple acto de liquidar una cuenta, son menos evidentes. Tras las cifras de cuánto exportó e importó México en el siglo XX posrevolucionario hasta antes del inicio de la liberalización comercial hacia 1982, subyacen una serie de transformaciones cualitativas de primer orden que tuvieron lugar en la estructura y dinámica del comercio exterior mexicano para adaptarse a vaivenes monetarios de diversa índole, desde la transición de un sistema monetario metálico a uno fiduciario (de billetes y monedas sin valor metálico intrínseco, real), hasta las fluctuaciones de pesos y divisas en distintos entornos monetarios internacionales; a saber: patrón oro, oro-dólar y libre flotación de divisas.

Entre la plata y el oro (1920-1930)

En noviembre de 1918 el gobierno de Venustiano Carranza refrendó la adhesión de México al sistema monetario de patrón oro que, entre otras cosas, suponía circulación de monedas y reservas áureas; el peso con 75 centigramos de oro puro se estableció como la unidad de cuenta del sistema. Sin embargo, en la práctica, a partir de los años veinte imperó un régimen bimetálico, en el que monedas de oro y plata –complementadas con las de bronce, cobre y níquel– circulaban simultáneamente dentro del país con una relación de 1:32, es decir, para que una moneda de plata fuera equivalente a otra de una onza de oro, debía contener 32 onzas del metal blanco. El efectivo era entonces la base de la actividad económica, ya que los intentos por introducir los billetes habían fracasado, existía poco crédito disponible y un sistema bancario desarticulado.

Si bien en las pequeñas transacciones del día a día la presencia de la plata solía predominar porque había monedas fraccionarias argentíferas, los altos precios internacionales del metal blanco a finales de la década de 1910 incentivaron su exportación, propiciando su escasez interna. Por otro lado, en los intercambios de mercancías en el mercado externo el esquema bimetálico revistió una complejidad mayor. Para los exportadores, dado que sus compradores más importantes provenían de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania, países dentro del patrón oro, el hecho de vender en el exterior les permitía obtener divisas convertibles en oro. Dado que el oro valía más que la plata, al cambiar las divisas a pesos plata mexicanos estos comerciantes obtenían una ganancia adicional.

En contraste, la diferencia de precio entre el oro y la plata resultaba contraproducente para los importadores; de ahí que las adquisiciones y la fijación del precio de venta interno de maquinaria, ferretería y automóviles importados se realizaran también en una base áurea y en dólares, cuyo tipo de cambio de 1.81 pesos por dólar en 1918 tendió a elevarse. Al respecto, una fuente de la época señalaba que los vendedores de automóviles llegaban “al punto de exigir una base en dólares para las transacciones, y ello es una dificultad para el comprador que recibe ingresos en moneda mexicana”.

Por otro lado, el hecho de que la plata fuera no solo una materia prima para producir monedas, sino una mercancía de exportación, hacía más intrincada esta balanza y planteaba la disyuntiva de si el país debía optar por ganar por su venta, o bien, preservar el metal para ampliar la circulación monetaria. Dicho fenómeno se observó con claridad entre 1917 y 1921, época en la que el alto precio de la plata en el exterior favoreció su exportación, de manera que, como afirmó el economista Antonio Espinosa de los Monteros, “la situación llegó a tal extremo, que no se podía tomar un tranvía por no contar más que con monedas de oro”. A partir del último año, tuvo lugar un alza del precio internacional del oro que provocó, por el contrario, escasez de monedas áureas y la consiguiente depreciación de la plata frente al oro.

Este panorama continuó sin grandes cambios hasta el término de la década de 1920, cuando el contexto de crisis a nivel doméstico e internacional agudizó la problemática de desequilibrio entre los valores de la plata, el oro y el dólar. A causa de la crisis que en México se perfiló desde 1927 y en el ámbito mundial estalló en 1929, las exportaciones mexicanas de plata se desplomaron y su precio medio a nivel internacional cayó a 53 centavos de dólar por onza troy y un año después a 38 centavos; estos movimientos desestabilizaron al sistema monetario bimetálico mexicano, cuyo valor externo de referencia era el oro, metal al que estaba ligado el dólar. La situación se volvió más apremiante en virtud de que el tipo de descuento de la moneda de plata frente al oro pasó de 3.64 a 6.01, lo que propició que el oro continuara saliendo del país o atesorándose.

 

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Moneda y comercio exterior frente a los vaivenes del siglo XX posrevolucionario