DE PRINKIPO A COYOACÁN El

El matemático Jean van Heijenoort, secretario de Trotsky | parte II

 
Ricardo Lugo Viñas

El 20 de octubre de 1932, Jean van Heijenoort se convirtió en el secretario particular de León Trotsky en la casa que el líder bolchevique ocupaba en la isla de Prinkipo (Büyükada), frente a las costas de Turquía. Es sabido que, tras la muerte de Lenin en 1924, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el Partido Comunista Ruso entraron en una vorágine de disputas por la sucesión en el poder.

Al final, Stalin logró imponerse y expulsó a Trotsky del partido en 1927, luego lo “deportó” en 1928 a Alma Atá, Kazajistán, y un año después lo exilió en Turquía. En realidad, de buena gana lo habría asesinado, pero Stalin comprendía que en ese momento eso no sólo habría encontrado una férrea oposición por parte de ciertos miembros del Politburó, sino que, peligrosamente, incluso podría enceguecer a más de un joven trotskista dispuesto a acometer un atentado en su contra.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin se apoderó del máximo cargo de la URSS. Con el Ejército Rojo y la temida policía política, extendió el terror. Se estima que, entre 1937 y 1938, fueron condenados por delitos contra el partido y la revolución 1,335,000 personas, de las cuales fueron ejecutadas más de 681,000 y el resto fueron condenadas a trabajos forzados. Los aliados de Trotsky fueron fusilados, pero también los que habían sido sus detractores.

Entonces, Stalin optó por el acoso y asedio hacia Trotsky –y a buena parte de su familia–, a quien acusaba de ser un peligro para la “patria socialista”. Primero lo alejó de la URSS, luego trató de aislarlo del mundo entero; lo persiguió por Turquía, Francia y Noruega hasta que, finalmente, en agosto de 1940 uno de sus múltiples asesinos a sueldo, encubierto, acabó para siempre con el viejo líder de la Revolución rusa en su casa-fortaleza de Coyoacán, México.

¡A Francia!

Prácticamente desde el primer momento, Jean van Heijenoort –genio matemático de origen francés, que hablaba muy bien ruso y que se formó en el prestigioso *Lycée Saint-Louis* de París, dentro de un grupo llamado Oposición de Izquierda Francesa– comenzó a involucrarse también en labores de escolta y guardia de Trotsky. El jovencísimo Heijenoort, con apenas veinte años a cuestas y armado con una máquina de escribir de caracteres cirílicos, había sido reclutado por su profesor Raymond Molinier, gran amigo de Trotsky y cabecilla del movimiento trotskista internacional, para que se convirtiera en el secretario particular y traductor del líder bolchevique.

Durante sus primeros días con Trotsky, en Prinkipo, Heijenoort describiría así la situación que se vivía en la casa del líder: “A diario había que montar guardia. El problema de la seguridad se había convertido en una preocupación constante. La guardia nos llevaba gran parte del tiempo. Estábamos, por supuesto, siempre armados”. Desde el principio, el joven Van, como lo llamaban sus amigos, entendió lo vulnerable que resultaba la vigilancia de Trotsky, especialmente porque cuando “un gran Estado, que dispone de medios financieros y técnicos inmensos, quiere eliminar a un individuo aislado, desprovisto de recursos, rodeado solamente de algunos amigos jóvenes, la partida es demasiado desigual”, apuntaba.

Con todo y todo, en Prinkipo, Trotsky vivió dentro de una especie de tranquilidad. Por las mañanas pescaba; por las tardes leía, bebía té, tomaba una siesta, luego dictaba cartas, y por las noches escribía y traducía parte de sus obras del ruso al francés, con la ayuda de su flamante y joven secretario Van. Pero con la llegada de Adolfo Hitler al poder de Alemania, en enero de 1933, las cosas comenzaron a complicársele aún más para el líder soviético.

Los nazis, por consigna de Stalin, acusaron a Trotsky ante el gobierno turco de supuestamente fraguar una insurrección, cosa a todas luces falsa. Entonces, el soviético tuvo que salir, casi en secreto, de Prinkipo hacia su nuevo refugio: Francia.

¿Futuro en Noruega?

Así, el 17 de julio de 1933, Trotsky, su esposa Natalia y su séquito de colaboradores partieron rumbo a Francia. Hubo que “organizar la mudanza. No se trataba de un viaje de ida y vuelta. Los archivos y los libros fueron embalados en grandes cajones”, recordó Heijenoort a propósito del apresurado viaje.

El gobierno francés, que no deseaba enemistarse con Stalin, le permitió a Trotsky instalarse en la pequeña ciudad sureña de Saint-Palais, a las faldas de los Pirineos, casi en la frontera con España. La vida ahí fue aún más dura para Trotsky. Su salud se deterioró, padecía una lumbalgia crónica y sus finanzas recibieron un duro revés: desde la llegada al poder de los nazis a Alemania, dejó de recibir las regalías por sus obras en alemán. Para animarlo un poco, Raymond Molinier le regaló dos perrazos pastores alemanes, Benno y Stella Trotsky, con los que solía jugar por las tardes.

Molinier también le llevó a Trotsky visitas de importantes personajes, como el escritor André Malraux. Sin embargo, la situación política en Francia se tornó cada vez más hostil hacia Trotsky. Entonces, en parte gracias a los buenos oficios de Molinier y Heijenoort, logró ser recibido por otro país amigo: Noruega, en donde recién se había formado un gobierno de corte socialista.

¡Otra vez a hacer maletas! El 15 de junio de 1935, a las ocho de la noche, Trotsky, Natalia, Frankel y Heijenoort abordaron el buque noruego *París* con destino a Oslo. Todos se instalaron en una casa en Hönefoss, una tranquila localidad al norte de la capital noruega. Por unas semanas, la vida se relajó y Trotsky pudo retomar sus proyectos escriturales; sin embargo, aquello duró muy poco, porque, al enterarse de la presencia del viejo líder bolchevique, varios grupos noruegos pronazis comenzaron a acosarlo.

Además, Stalin no menguó en su persecución y presionó al gobierno noruego para que le entregaran a Trotsky en calidad de “informante”; incluso se le prohibió pasear bajo vigilancia, en la puerta misma de la casa: “Era un régimen carcelario, de prisión severa. En su conducta hacia Trotsky, el gobierno ‘socialista’ de Noruega descendió a cometer las más grandes ignominias”, anotó por esos días Heijenoort en su diario.

Era octubre de 1936, Trotsky vivía prácticamente bajo arresto domiciliario y en cualquier momento podría ser entregado a los pelotones de la muerte soviéticos. Su futuro en Noruega era insostenible.

Entonces apareció México

La antropóloga y escritora Anita Brenner, nacida en Aguascalientes, fue la primera en interceder a favor del líder soviético. Resulta que por esos días Anita se encontraba en Nueva York, ciudad en la que, a sabiendas de la difícil situación por la que pasaba Trotsky, se había conformado el Comité Estadounidense para la Defensa de León Trotsky (el ACDLT, por sus siglas en inglés).

Integrado por un reducido grupo de simpatizantes trotskistas, artistas y académicos, el Comité buscaba ayudar al “viejo barbitas”. Ya habían intentado, sin éxito, que el gobierno del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt le otorgara asilo en Estados Unidos, pero ante la negativa, a alguien del ACDLT se le ocurrió que México podía ser una opción para el futuro del perseguido por Stalin. Y Anita fue comisionada para explorar esa posibilidad.

La mañana del 21 de noviembre, Octavio Fernández, profesor y secretario general de la Liga Comunista Internacionalista (organización simpatizante del trotskismo en México), recibió un telegrama firmado con las siglas de A. B., en el que, bajo el asunto “De vida o muerte”, descubre qué fue lo que decía en el artículo completo, en la edición 215.