La historia mexicana ha fijado a José María Pino Suárez en una imagen de bronce como el “caballero de la lealtad”, el mártir de la democracia que fue sacrificado junto a Francisco I. Madero. Pero esa imagen, como toda estatua, simplifica a la persona, pues antes que político y más que luchador por la democracia, Pino Suárez se pensaba a sí mismo como un poeta.
Bajo llave, en su oficina del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes –cargo que ocupaba desde febrero de 1912, además de la vicepresidencia–, José María Pino Suárez guardaba unos papeles cuyo destino, al acercarse su hora final, le preocupaba. No eran planes políticos, proclamas, ni discursos encendidos, tampoco proyectos educativos o cartas de su administración. Era algo que, al saberse próximo a la muerte, sin duda le importaba más: sus poemas.
La vida de este abogado sureño guarda algunas sorpresas como esa, y más de un misterio. El principal, quizás, es cómo este “hombre sin tacha”, “firme, inteligente, modesto”, como lo describió Vasconcelos, logró inspirar en Madero una amistad tan honda que lo llevó a incorporarlo a su gobierno, pese a la oposición de muchos de sus más fieles partidarios y a las acusaciones de sus enemigos.
Familia y tierra natal
Pino Suárez nació en Tenosique, Tabasco, a orillas del río Usumacinta, el 8 de septiembre de 1869. En algunos documentos, sin embargo, él mismo se declaró natural de San Juan Bautista, hoy Villahermosa, y afirmó haber sido únicamente bautizado en aquel otro poblado.
Su familia estaba, en realidad, arraigada en la península de Yucatán. Su bisabuelo fue el “padre de la armada mexicana”, el campechano Pedro Sáinz de Baranda, quien en 1825 asedió y tomó la fortaleza de San Juan de Ulúa, último reducto español en suelo mexicano. Su padre –llamado también José María– pertenecía a la clase media: los biógrafos le atribuyen, según el caso, oficios diversos como comerciante, hombre de negocios, maestro de escuela o fabricante de velas. Es probable que, como era común en los pueblos de México, se dedicara a todas esas ocupaciones y a alguna más. Su madre murió cuando él era aún muy pequeño:
“Siendo niño, sentí que la ausencia
de inefables halagos maternos,
como el sol a las flores, faltaban
a mi pobre existencia de enfermo”
Comenzó a leer y escribir bajo la guía de su abuelo materno, don Eusebio Suárez, y continuó con el maestro Tomás Ortega en su pueblo natal. A los diez años dejó Tenosique para estudiar primero en el puerto de Progreso, Yucatán, y más tarde, a partir de 1885, en el Colegio de San Ildefonso de Mérida. En el Instituto Literario de esta ciudad obtuvo el título de licenciado
en Derecho en 1894. Dos años después contrajo matrimonio con María Cámara Vales, perteneciente a una conocida familia de hacendados del estado. Con ella tuvo seis hijos:
“Y besando en la frente a mi esposa
y cubriendo a mis
hijos de besos,
muchas veces asaltan a mi alma
mil temores y vagos recelos,
al pensar que pudiera infiltrarles/ la amargura infinita que llevo;
y suspensa se
queda la dicha…
y anhelante, mi espíritu enfermo…”
Primeras obras
Al mismo tiempo que desarrollaba su carrera como abogado postulante en Mérida, Pino Suárez fue alcanzando cierta fama local como escritor. Componía sobre todo poemas que aparecieron en publicaciones como La Revista de Mérida y el semanario Pimienta y Mostaza. Sus obras eran pequeñas creaciones de un tardío romanticismo –no modernistas, como han sostenido
algunos biógrafos–, pobladas de imágenes de melancolía, dolor, nostalgia y desengaño. Muchos de esos poemas, escritos en forma de soneto, revelan la clara influencia de Gustavo Adolfo Bécquer en su tono, su lenguaje, sus temas y sus formas. Como aquel que recuerda la rima “Del salón en el ángulo oscuro”, del poeta sevillano:
“En el rincón obscuro
de la pequeña estancia
ha tiempo gime triste
y abandonada el arpa.
El polvo que la cubre,
las densas telarañas
que forman con sus cuerdas
la más tupida malla,
acusan del olvido
la mano despiadada,
o dicen ¡ay que el bardo
ya lleva muerta el alma…!”
Aunque menos frecuentes que los poemas plenamente románticos –que son intemporales y, por así decirlo, cosmopolitas, pues no arraigan en una geografía concreta–, también escribió composiciones dedicadas a héroes patrios, a Theodore Roosevelt, al zar de Rusia o a Japón, así como piezas de carácter local. Entre estas destacan las dedicadas a Campeche, a Mérida, a Yucatán y a su Tabasco (“esa tierra bendecida”, “bajo el incendio de los rayos de un sol tropical”), a sus bosques y platanales, y sobre todo a sus ríos, el “murmurante y plácido Grijalva” o el “voluptuoso” Usumacinta: “dulces rumores a mi undoso río…/ ¡Quiera el cielo propicio, cuando muera,/ bañen sus aguas el sepulcro mío!…”
Dos volúmenes publicados en vida del autor recogen la mayor parte de sus poemas: Melancolías (1896) y Procelarias (1908). Por más que no sean en realidad obras de gran aliento, José María nunca dejó de sentirse y saberse poeta, al modo como lo explicó a su amigo Manuel Sales Cepeda: “Todos los que amamos el arte y alentamos por él, dedicándole las íntimas efusiones de nuestro corazón; los desgraciados, o quizá los privilegiados, que vivimos en ansia perpetua, pero que amamos el ideal y nos deleitamos con lo imposible”.
Interés periodístico
Coincidiendo con el cambio de siglo, el interés literario de José María se orientó también al periodismo. Asociado con su suegro en ciertos negocios, en 1904 consiguió de él los 80 mil pesos necesarios para adquirir una imprenta y fundar el periódico El Peninsular. Este diario vespertino se destacó –curiosamente– por su servicio de noticias nacionales e internacionales, como fue su reseña de la Guerra ruso-japonesa de 1904.
Durante su primer año, El Peninsular ganó numerosos lectores y anunciantes importantes, pero las denuncias sobre la explotación de los peones en las haciendas henequeneras provocaron el enojo de los propietarios, que respondieron retirándole anuncios y suscriptores hasta poner en riesgo su estabilidad. En ese contexto, y en defensa del diario y de la libertad de expresión, Pino Suárez participó en agosto de aquel año en la fundación de la “Asociación de la Prensa Yucateca”, de la que fue vicepresidente. Fue quizás entonces cuando empezó a entrever su vocación política. Al final, se vio obligado a vender la empresa a su cuñado Alfredo Cámara Vales para evitar la quiebra.
El llamado a la política no fue entonces suficientemente fuerte. Entre 1906 y 1909, por el contrario, Pino se marginó voluntariamente de la vida pública, retirándose incluso físicamente a la hacienda azucarera de Polyuc. Lo que nunca abandonó fueron “sus apasionamientos literarios” que desarrollaba sin “menoscabo de su reputación como hombre de negocios”, como escribió en el prólogo de Procelarias su gran amigo Ignacio Ancona Horruytiner, jefe de redacción de El Peninsular. Es más, para Ancona “el Pino íntimo” era “el de los versos”.
Significativamente, el poeta no permitía que en esa intimidad irrumpiera aquello que, pocos años después, habría de arrastrarlo en su torrente: “no resuenan en sus poesías los trágicos acentos de la vida contemporánea… no llegan los clamores del obrero ni la rebelión en que estallan las multitudes oprimidas”, observaba, no sin cierto reproche, el propio Ancona. Pero esa apreciación era sólo parcialmente cierta: en su soneto “A un tirano”, de 1907, se advierte un claro reproche a Porfirio Díaz, quien había gobernado México durante tres décadas bajo un régimen autoritario:
“Vilipendiaste de la patria el nombre,
y Padre de la Patria te proclamas;
hollaste la República, y te llamas
héroe y caudillo de
inmortal renombre”.
El llamado a la política, como maderista y gobernador fue en junio de 1909… continua leyendo en el artículo completo de la revista #212.

