El grandioso convento de San Francisco en el corazón de la Ciudad de México

Ayer y hoy

Guadalupe Lozada León

Considerado el de mayores dimensiones durante la época colonial, este convento enseñoreaba todavía a mediados del siglo XIX una de las principales vías de la Ciudad de México, a la que daba su nombre y que hoy es la calle peatonal Madero, en el Centro Histórico.

Se dice que los franciscanos que llegaron a la Nueva España construyeron inicialmente su morada —según coinciden la mayoría de los cronistas— en los terrenos que actualmente ocupan las ruinas del Templo Mayor de los mexicas. Más tarde, hacia 1525, se les concedió el predio localizado en la Casa de las Fieras, llamada así por ser donde se encontraba el zoológico del emperador Moctezuma II.

El templo grande de San Francisco, al que actualmente se accede por la calle de Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, fue dedicado en 1716. De acuerdo con el investigador Lauro Rosell, en su obra *Iglesias y conventos coloniales en México*, el recinto destacaba por su:

> excesiva riqueza en alhajas y paramentos, infinidad de pinturas debidas al pincel de renombrados artistas; reliquias, vasos sagrados y multitud de muebles y objetos que sería imposible enumerar; baste decir que el altar mayor —que ya no existe— costó $24,000.00 y tenía pinturas de Baltasar de Echave. La famosa sillería de caoba ricamente tallada y el gran facistol [atril grande donde se ponen los libros para cantar en la iglesia] de puro ébano que exornaban espléndido coro, eran dos obras de arte que llamaban poderosamente la atención de aquella época.

El enorme convento contaba con once capillas: la del Señor de Burgos, de Aránzazu, de Balvanera o Valvanera, de la Tercera Orden, de los Servitas, de la Santa Escuela, de la Purísima, de la Segunda Estación, del Noviciado, del Calvario y de San Antonio, de las cuales sobreviven estas dos últimas sobrepuestas, en la esquina de Venustiano Carranza y Eje Central Lázaro Cárdenas, y la de Balvanera, que ostenta su bella portada churrigueresca a la que se le retiraron las imágenes, sobre la calle Madero; hay quien podría creer que esa es la portada del templo grande, pero de hecho, en sus tiempos de esplendor, al recinto se accedía mediante el gran atrio, por San Juan de Letrán, hoy Eje Central.

El cronista Antonio García Cubas, en su *Libro de mis recuerdos* (1904), da más referencias del antiguo convento: “El espacioso atrio que rodeaba en gran parte el templo principal … hallábase limitado por otros templos secundarios (capilla) como eran las siguientes: los Servitas, al oriente; Nuestra Señora de Aránzazu y Tercer Orden, al norte,… el Señor de Burgos, al ponitnete, y la Santa Escuela, al sur”

El 27 de septiembre de 1821, templo y convento fueron testigos mudos de la entrada, por la calle de San Francisco, del Ejército Trigarante que, con Agustín de Iturbide a la cabeza, marcaba la consumación de la independencia mexicana.

Hasta la mitad del siglo XIX este espacioso recinto de oración se mantuvo con toda su majestuosidad. Sin embargo, en 1856, durante el gobierno de Ignacio Comonfort, se promulgó la llamada Ley Lerdo, que desamortizaba las fincas rústicas y urbanas de propiedad civil y eclesiástica. Con la apertura de la calle de la Independencia (hoy 16 de Septiembre), se dio inicio a la destrucción del convento, sobre el que además caía la sospecha —que resultó verídica— de que al interior se gestaba una conspiración en contra de Comonfort.

Respecto a esta primera etapa de demolición, Manuel Ramírez Aparicio, en su obra Los conventos suprimidos en México, escrita en 1861, comenta que de los 32,490 metros cuadrados que poseía el convento, este quedó reducido a una superficie de casi 21,919, aunque: La parte del edificio que fue separada del resto por la calle de Independencia y enajenada, comprendía varios departamentos, entre otros, el jardín, que ya desde antes estaba dado en arrendamiento, la enfermería y las piezas y capilla que fueron en otro tiempo de los padres comisarios generales de la orden. Ese resto que quedó a los religiosos era todavía una casa enorme, un palacio. Dividiéndole por una línea imaginaria de oriente a poniente, se pueden considerar en él dos partes diferentes y aproximadamente iguales: una hacia el sur, que abrazaba el panteón, el refectorio, la sala de profundis, todo el claustro principal, otro menor que ha servido de cuartel, la sacristía y antesacristía […]; y otra hacia el norte, donde se asientan la iglesia mayor y las capillas, separadas del pórtico y unas de otras por el cementerio, que tiene dos puertas a la calle, una a la de San Francisco y otra a la de San Juan de Letrán.   

Sigue leyendo el artículo completo en nuestra edición 84 para conocer qué sucedió con el convento de San Francisco después de la Leyes de Reforma.
 


¿Cómo citar este artículo?

Guadalupe Lozada León, “El grandioso convento de San Francisco en el corazón de la Ciudad de México”, Relatos e Historias en México, núm. 84, Agosto, 2015, pp. 18-.

*Guadalupe Lozada León
Maestra en Historia por la UNAM, en donde también es docente. Fue coordinadora de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Ciudad de México. Entre sus libros destaca La Ciudad: sus gobernantes (2000). También colaboró en Palacio Nacional, la sede del poder (2005). Actualmente es titular de Espacio Cautivo A.C., organización dedicada a la promoción y divulgación del patrimonio histórico de la Ciudad de México.