Graciela Olmos, la Bandida, fue una mujer fascinante. Soldadera, traficante de drogas, compositora y, sobre todo, dueña del burdel más lujoso de México que operó –con gran escándalo y boato–, entre las décadas de 1930 y 1950, en una primorosa casa en el número 247 de Durango, en la colonia Roma.
Graciela nació bajo el nombre de Marina Aedo, en 1895, en la hacienda de La Buenaventura, Casas Grandes, Chihuahua. Pero la Revolución Mexicana arrasó con su cuna hacia 1911. Sus padres fueron asesinados. En calidad de huérfanos, Graciela y su hermano Benjamín fueron llevados a Irapuato, Guanajuato. Ella fue ingresada al convento, pero pronto se las ingenió para escapar del claustro y entre 1913 y 1914 conoció a Jesús Hernández, un coronel villista al que apodaban “el bandido”. Se casaron y Graciela se volvió soldadera.
El matrimonio duraría muy poco. Jesús murió en 1915, en las batallas de Celaya, el Waterloo de Pancho Villa. Fue ahí cuando tomó el apodo de su exmarido. Más tarde contrajo nupcias con otro villista, que llegaría a gobernador de Chihuahua de 1932 a 1936, Rodrigo M. Quevedo. Junto a él, la Bandida se inició en el negocio del contrabando de licor hacia los Estados Unidos. Se dice que, por esa época trabó amistad con Al Capone, el más grande gánster norteamericano de ese momento, con el que orquestó jugosos negocios mercando whisky apócrifo y joyas en la ruta México-Chicago.
Bajita y robusta, tosca de facciones, la Bandida se disfrazaba de hombre para facilitar el trasiego. A principios de 1930 las autoridades de Estados Unidos comenzaron a seguirle la pista; entonces cambió de nombre a Graciela. Con la considerable fortuna que amasó, regresó a México en 1935 y se instaló en la capital. Ahí inició un nuevo y lucrativo negocio: una casa de citas. Un exclusivo prostíbulo con meretrices refinadas, alcohol exquisito y espectáculos de primer nivel. En la casa –que tuvo varios domicilios– se presentaron artistas como Agustín Lara, Benny Moré, Pepe Jara, Los Tres Ases o el jovencísimo Marco Antonio Muñiz, que ahí inició su carrera.
Al honorable lupanar de la Bandida arribaba lo más granado de la sociedad, la política, el espectáculo y la cultura mexicana: Carlos Fuentes, Octavio Paz, Fidel Castro, Haile Selassie (príncipe de Etiopía), el torero Manolete… y, desde luego, toda suerte de empresarios y políticos, como el Regente de Hierro, Ernesto P. Uruchurtu, quien, según Graciela, le donó la casa de Durango. “Aquí no te molestará”, le aseguró a la madrota.
Otro destacado visitante fue Alfonso Reyes, el Regiomontano Universal, el más notable escritor mexicano de la primera mitad del siglo XX. Reyes elogió un verso escrito por Graciela quien, además de todo, era buena compositora y guitarrista; incluso llegó a debutar en el Teatro Lírico gracias a Agustín Lara. La especialidad de Graciela eran los corridos: “La Enramada”, “Benjamín Argumedo” y “Siete Leguas” son acaso sus más conocidos. De este último, famoso gracias a Miguel Aceves Mejía y dedicado a la yegua de Pancho Villa, Reyes elogió el verso que dice: … Descúbrelo en la revista edición 216.
¿Cómo citar este artículo?
Ricardo Lugo Viñas, “Cantaban los horizontes. Elogio de Alfonso Reyes a la Bandida”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 14-15.

