Los otros nombres de nuestras ciudades

Breves relatos y leyendas mexicanas

Marco A. Villa

Quizá en México no hay una localidad sin un sobrenombre. Desde las más grandes metrópolis, hasta aquellas con escasa población y pequeño territorio. En la gran mayoría, muchas ciudades o poblados llevan ya un nombre que expresa alguna de sus más importantes y antiguas características, la cual quedó para siempre consignada en su propia etimología, como Huaxyacac (Oaxaca), vocablo que deriva del náhuatl y que puede traducirse como “en la punta o en la nariz del huaje”.

En otros casos, los apelativos evocan leyendas que sus pobladores arraigaron mediante la tradición oral, y en otros casos, están aquellos motes que tomaron vocablos de otras latitudes, como la árabe, que evoca la belleza de la mujer de un sultán. Así, tenemos la famosa Sultana del Norte, Monterrey; la Sultana del Duero, Zamora; la Sultana Huasteca, Poza Rica; la Sultana del Valle, Tulancingo, y las dos Sultanas de la Sierra, que adulan a la yucateca Tekax y a la tabasqueña Teapa. Abordemos con breves recuerdos algunas ciudades.

Oaxaca

Centenaria es la historia de la Verde Antequera, como es nombrada Oaxaca, cuya fundación se remonta a la década de 1530. Sabido es que los conquistadores nombraron a dicha población Villa de Antequera, pues sus condiciones naturales, ambiente airado y geografía les recordaba a la ciudad homónima en la provincia de Málaga, en España. En breve tiempo y por apenas un periodo fugaz, combinó ese parecido con su origen, llamándose Villa de Antequera de Guaxaca.

Un decreto de Carlos V estipuló que fuera llamada “Muy noble y leal ciudad de Antequera” cuando ya era parte del enorme Marquesado del Valle de Oaxaca dado a Hernán Cortés como recompensa por sus servicios a la Corona. Fue en ese tiempo cuando comenzó la traza de la ciudad y en las siguientes décadas la edificación del palacio de gobierno, así como algunas iglesias y templos, para lo cual se utilizó cantera verde, una roca que se distingue por su suavidad, ligereza, resistencia y porosidad.

De ahí que, desde hace siglos, el mote de la Verde Antequera para esta ciudad ha estado en la voz de visitantes y residentes, y más cuando, en época de lluvias, el color de esta piedra se intensifica, destacando entre infinidad de íconos de la ciudad. La artista plástica y escultora Joy Laville, quien ahí vivió por varios años con su esposo Jorge Ibargüengoitia, dijo: “Oaxaca es vida. No hay nada igual. El color de la piedra, la vitalidad del mercado, lo soberbio de sus iglesias, las rejas y balcones, los zaguanes y callejones, las flores que se trepan por los muros, las mujeres en sus trajes de la sierra”.

Pachuca

La Novia de los Vientos, la Ciudad del Viento o la Bella Airosa son los nombres de la añeja ciudad fundada antes de la conquista, y luego convertida en un importante centro minero durante el Virreinato.

Pero más allá de sus característicos vientos, que entre el verano y el otoño, principalmente, corren con fuerza sobre la localidad, la tradición oral refiere que el mote de la Bella Airosa deriva de una leyenda que inspiró la creación de la *Victoria del Viento*, escultura que se levanta sobre la explanada Bicentenario, en la entrada de la ciudad, si usted llega desde Ciudad de México.

Palabras más palabras menos, esta leyenda expone que una bella mujer, gentil y solidaria con los pachuqueños, además de respetuosa con su entorno, solía ir a uno de los cerros contiguos a su hogar para contemplar las plantas, flores y animales que ahí se encontraban, además de gozar del viento que envolvía su cuerpo. Pero hubo una temporada en la que la tristeza en la joven era evidente, pues las precarias condiciones de trabajo de sus paisanos, sumada a la explotación laboral de la que eran objeto, le provocaban una profunda desolación.

Al percatarse de ello, el viento, que estaba enamorado de la joven, se acercó para brindarle consuelo, hasta que al caer la noche tuvo que marcharse, no sin antes encargarla a la Luna. Esta conversó con la mujer sobre las razones de su dolor. La plática fue también escuchada por la Tierra, la cual propuso que, para salvar a su gente, debía dar su alma y belleza, así que esa misma noche la mujer muere. Al día siguiente el viento acudió en su búsqueda, pero al enterarse por la Luna de lo ocurrido, enloqueció, recorriendo la ciudad mientras soplaba con gran fuerza. Pachuca tiene la luna más vistosa, mientras que los aires fuertes y generalmente fríos es el viento buscando a la joven.

Monterrey

Sultana del Norte es el mote de la industriosa ciudad, situada en un valle cuyas bellezas naturales causaron tal asombro a los conquistadores que decidieron instalarse en ese espacio entre montañas. Un literato ilustre del siglo XIX, Manuel Payno, tuvo que viajar por varios días desde la Ciudad de México para conocer a esta población y poder reportar de ella en su columna *Panorama* aquel año de 1875. De esta metrópoli, que por entonces ya daba visos de ser pionera en materia de modernización, era capital del “departamento de Nuevo León” y su “terreno puede sin exageración llamarse un jardín”.

Para Payno, “lo que hace que tal población sea extremadamente bella es su situación al pie de dos cerros elevadísimos, el de La Silla y el de La Mitra. El primero […] tiene una hermosura y un encanto indefinibles. Tan lleno de verdor, tan majestuoso, dibujándose en el azul del firmamento […]; parece el protector de la ciudad y el confidente de los astros. Por las mañanas, el sol le envía sus primeros fulgores y lo tiñe de púrpura; por las tardes, reclina un momento sobre él y sacude su cabellera de oro en su cima llena de flores y arbustos, y en las noches… sigue leyendo el artículo completo en la revista

¿Cómo citar este artículo?
​Arturo Grunstein, “Los otros nombres de nuestras ciudades. Breves relatos y leyendas mexicanas”, Relatos e Historias en México, núm. 182, Diciembre, 2023, pp. 49-51


*Arturo Grunstein
Historiador y columnista en esta revista