EL ESPAÑOL QUE SECUESTRÓ A MELCHOR OCAMPO

Lindoro Cajigas: de administrador a guerrillero conservador

Javier Lara Bayón

La Guerra de Reforma había terminado en la batalla de Calpulalpan el 22 de diciembre de 1860. Tras tres años de gobierno errante, el presidente Benito Juárez despachaba nuevamente en el Palacio Nacional; sin embargo, la paz distaba de haberse restablecido. Aunque desorganizadas y dispersas, numerosas partidas conservadoras continuaban en armas y prolongaron el conflicto bajo la forma de guerrillas o de simples “bandidos”, como los llamaba, sin matices, el bando triunfante.

El 30 de mayo de 1861, una de aquellas partidas irrumpió en la hacienda de Pomoca, cerca de Maravatío, Michoacán. Buscaban a su propietario, el destacado liberal Melchor Ocampo. Al frente de los asaltantes iba Lindoro Cajigas, un español vestido de charro que cumplía órdenes de Félix Zuloaga –el autoproclamado presidente conservador– y del general Leonardo Márquez para presentarlo ante ellos.

Lindoro condujo a Ocampo hasta la estancia de Huapango, dependencia de la hacienda de Arroyozarco, a más de 65 kilómetros en línea recta del lugar del secuestro. Allí fue entregado a Zuloaga, quien ordenó su traslado a Tepeji del Río. En ese sitio, frente alac hacienda de Caltengo, Ocampo fue fusilado y colgado de un árbol el 3 de junio de 1861. Aunque su trágico final ha sido narrado detalladamente muchas veces, la historia rara vez se detiene en su captor. ¿Quién era aquel hombre de nombre tan sonoro, Lindoro Cajigas?

El migrante

Lindoro Lucas de las Cajigas Riva nació el 18 de octubre de 1830 en Setién, un pueblo de la provincia española de Santander, en la costa del mar Cantábrico. Hijo legítimo de Juan de las Cajigas y de Juana de la Riva, pertenecía a un mundo rural de antiguas familias montañesas estrechamente vinculadas entre sí. Fueron sus padrinos de bautizo dos nobles: la condesa de Isla Fernández, doña María Juana de Ceballos, y don José de Velarde.

Los primeros quince años de vida de Lindoro transcurrieron en su pueblo natal, pero en el otoño de 1846, cuando había muerto ya su padre, la madre resolvió enviarlo a México para que se reuniera con su hermano Adolfo, entre doce o quince años mayor, quien lo había precedido en el viaje. Un tercer hermano, Maximino –nacido hacia 1828 o 1829 y, por lo tanto, también mayor que Lindoro–, decidió a su vez trasladarse a nuestro país en 1848. Ese mismo año emigró su primo, César de la Sota y Riva. Este flujo deja entrever una red familiar y regional de apoyo, un rasgo característico de la emigración española hacia América durante el siglo XIX.

Para cuando llegaron sus hermanos, Adolfo ya gozaba de una posición sólida en el comercio. Su estatus se afianzó en 1841 al contraer matrimonio con María Francisca de Rozas Yrazábal (o Irazábal), hermana de José Joaquín y Manuel de Rozas. Prósperos comerciantes, mineros e industriales, los Rozas eran los propietarios del Gran Teatro Nacional y, pocos años más tarde, se convertirían también en los dueños de la vasta hacienda de Arroyozarco.

Los hermanos Cajigas residían en una casa situada en la plazuela de Jesús Nazareno número 4, hoy plaza Licenciado Primo de Verdad. Desde allí, Adolfo desarrollaba sus actividades como prestamista y comerciante con intereses tanto en la Ciudad de México como en la región de Cuernavaca. Con su respaldo, Lindoro comenzó pronto a integrarse a los negocios: para abril de 1847 figuraba ya por su cuenta como introductor de azúcar a la capital nacional.

Lindoro regresó al menos una vez a su patria: el 7 de mayo de 1855 se embarcó en Veracruz rumbo a Europa a bordo del vapor inglés Conway, y para 1858 se hallaba nuevamente en México. De esta época proviene una escueta descripción física que lo retrata de ojos pardos, barba poblada y nariz regular. El periodista Ángel Pola, en su apéndice a *El libro rojo* (1905), añade y contradice algunos de estos rasgos al describirlo de “elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco rubio, tirando a cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros”. Versiones muy posteriores aseguran, además, que era tuerto.

Los hermanos Rozas, cuñados de Adolfo, adquirieron la hacienda de Arroyozarco en 1858. No mucho después, Lindoro fue nombrado administrador de la finca, precisamente durante los años convulsos de la Guerra de Reforma. Una carta escrita por Manuel Pérez, nietastro de Joaquín de Rozas, hacia 1901, ofrece un curioso retrato del personaje en aquellos días:

 Lindoro Cajiga [sic] fue uno de tantos españoles que viene al país en la peor condición en pos de mejor fortuna. Cuando llegó a Arroyozarco traía ropa que ni era de su medida, pero luego que se recibió de la administración de la hacienda, todo cambió; se hizo de muy buenos caballos y comenzó a gastar lujo. Le agradaba la charreada y con diez o quince mozos hacía sus jaripeos muy a menudo.

El guerrillero

Pero lo verdaderamente enigmático de aquellos años fue su transformación de administrador a feroz guerrillero conservador. Aunque podría sorprender que un inmigrante español se involucrara tan profundamente en un conflicto interno, la realidad es que no fue el único… sigue leyendo el artículo completo en la revista edición 215.


¿Cómo citar este artículo?

Javier Lara Bayón, “El español que secuestró a Melchor Ocampo. Cajigas: de administrador a guerrillero conservador”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, p.74-79.


*Javier Lara Bayón
Ingeniero en Cibernética por la Universidad La Salle y divulgador especializado en microhistoria. Actualmente se desempeña como director de publicaciones en Clío. Fue cronista municipal de Aculco de 1994 a 1996. Es autor de *Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro* (2003), obra con la que obtuvo el Premio Atanasio G. Saravia de Historia Regional Mexicana. También escribió *Aculco histórico, artístico, tradicional y legendario* (1996) y *Ñadó: un monte, una hacienda, una historia* (2009).