En la edición anterior relatamos cómo, a pocos kilómetros de Celaya, la vanguardia del general constitucionalista Fortunato Maycotte fue atacada al unísono por tres poderosas columnas villistas durante la mañana del 6 de abril de 1915, aislándolo e impidiendo su escapatoria a la altura de la estación El Guaje.
En esa circunstancia, el general Álvaro Obregón decidió participar en su auxilio y alrededor del mediodía avanzó sobre la vía del ferrocarril con 1,500 individuos que lograron distraer al enemigo y abrir una brecha en uno de los flancos que permitió la retirada de Maycotte. Esto evitó la completa aniquilación de su columna que, pese a ello, perdió dos terceras partes de sus hombres, es decir, alrededor de mil efectivos.
Mientras tanto, el general constitucionalista Benjamín Hill fortificó improvisadamente las inmediaciones de Celaya con artillería, infantería y las famosas ametralladoras, concentrando en el centro de la ciudad toda la caballería posible para utilizarla en extrema necesidad. Así, logró contener la vigorosa persecución villista, pero hacia las cuatro de la tarde de aquel 6 de abril las fuerzas de Pancho Villa comenzaron a posicionarse en todo el oeste de Celaya con el fin de tomarla mediante un asalto contundente.
Reorganizar la defensa
La situación fue más apremiante que nunca para Obregón. Su plan falló estrepitosamente, ya que no vislumbró enfrentarse a Villa antes de llegar a Irapuato; en cambio, fue sorprendido y prácticamente acorralado, con apenas 7,000 hombres para maniobrar. Así que solicitó refuerzos; los más importantes fueron los que él mismo había desplegado hacia Acámbaro y Dolores, fuertes en 3,000 individuos, destinados a proteger ataques a retaguardia que ni remotamente se desarrollaron.
La problemática para el sonorense se acrecentó cuando, alrededor de las cinco de la tarde, su flanco derecho estuvo a punto de caer y sólo la oportuna carga de 600 jinetes del teniente coronel Federico Berlanga evitaron que el general villista Agustín Estrada rompiera la línea. De nueva cuenta, se trató de una maniobra más parecida al fracaso que a la victoria, pues sólo regresaron cien constitucionalistas para reincorporarse al combate. El asunto pintaba espantoso: Obregón telegrafió a Venustiano Carranza para informar de un aproximado de 1,500 bajas apenas diez horas después del primer encuentro. Y faltaba lo peor.
En esos instantes, Villa se instaló en los terrenos de la hacienda de Burgos (hoy desaparecida por la mancha urbana), mientras continuaba la llegada de trenes y caballería. Alrededor de 12,000 villistas y 11,000 constitucionalistas se posicionaron durante el ocaso y la noche.
Aprovechar los errores
Orgullosos y confiados de las nada despreciables victorias de la jornada, los villistas comenzaron a realizar equívocas cargas. Respaldados por su artillería, intentaron diversos asaltos que fueron oportunamente contenidos por los constitucionalistas con ametralladoras, cañonazos y hombres pecho tierra bien posicionados. De a poco, el número de bajas se volvió preocupante para los atacantes, al igual que el consumo de municiones. Obregón dispuso 64 de sus 86 ametralladoras; 32 de frente al enemigo y otras 32 en los costados y retaguardia. El éxito de la defensa llevará después a elogiar la estrategia y análisis de Obregón respecto a su enemigo.
Al final, no le quedó otra opción que enfrentar la realidad. Él mismo había otorgado tal superioridad numérica a los villistas con la dispersión de sus fuerzas, y entendió que un repliegue hacia Querétaro –como le aconsejaron varios jefes en su cuartel general– confirmaría el fracaso, dada la notable caballería villista que podría cerrarle el paso. De esta manera, “ya colocados en nuestros atrincheramientos de Celaya, como lo estábamos, y quedando probablemente sitiados por el enemigo, tendríamos que resistir a todo trance, pues aun cuando el valor nos llegara a faltar, lo supliríamos, acaso ventajosamente, con el instinto de conservaci ón”.
Diversos testimonios atribuyen a Villa órdenes que intentaron detener los desorganizados ataques nocturnos de sus tropas; sin embargo, guiados por un sentido de superioridad o desprecio al enemigo, sus soldados continuaron esforzándose y muriendo.
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