Nogales, Arizona. Primavera de 1920. Un joven alto, delgado y de tez bronceada por el ígneo sol del suroeste norteamericano, llamado Ralph O’Neill, asiste a la recepción ofrecida al gobernador de Sonora y líder del Plan de Agua Prieta, Adolfo de la Huerta.
Después de ser presentados, De la Huerta comienza una conversación en la que parece saber todo sobre O’Neill: hijo de padre irlandés y madre mexicana, nacido en Durango en 1896, criado en El Paso (Texas); “as” de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) con cinco derribos confirmados; que pintó la nariz de su avión de caza con los “dientes de tiburón” para infundir miedo a los agresivos pilotos germanos, y su apodo, La Serpiente, por sus técnicas de vuelo poco ortodoxas y su agresividad en circunstancias aparentemente desfavorables. De la Huerta invitó a O’Neill a visitar Hermosillo para platicar sobre asuntos profesionales, propuesta que el aviador aceptó.
Pacto en Hermosillo
El 23 de abril de 1920 Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles proclamaron el Plan de Agua Prieta, al que después se uniría Álvaro Obregón, cuyo objetivo era impedir que el presidente de México, Venustiano Carranza, impusiera como su sucesor al exembajador en Estados Unidos, Ignacio Bonillas, a quien la prensa bautizó como “Flor de Té” porque “nadie sabe de dónde ha venido”.
O’Neill arribó a Hermosillo y De la Huerta, sin más preámbulos, le ofreció 50,000 dólares para crear una pequeña unidad de aviones de combate –con algunos de sus antiguos compañeros de escuadrón– para asegurar el éxito del Plan de Agua Prieta. Tras meditar su respuesta, O’Neill replicó:
—Lo siento, señor gobernador, pero no soy un mercenario —dijo en tono serio el aviador—. No pelearé su guerra por dinero y dudo que mis amigos estén interesados.
Ante la brutal franqueza de O’Neill, De la Huerta permaneció en silencio, sus manos planas sobre el escritorio. Entonces, el gobernador espetó:
—Podría haber recompensas aún mayores más adelante —De la Huerta hizo una breve pausa—. Más adelante, cuando se gane la guerra.
O’Neill suspiró y respondió en tono pausado:
—Gobernador, le diré lo que ahora pasa por mi cabeza. ¿Sabe?, así como una fuerza aérea podría asegurar el éxito de su revolución, su existencia garantizaría el fracaso de cualquier rebelión posterior.
De la Huerta asintió con la cabeza. O’Neill le dijo que al triunfo del Plan de Agua Prieta iría a la Ciudad de México para establecer una fuerza aérea, compuesta enteramente por mexicanos; el político sonorense y el piloto sellaron su pacto con un firme apretón de manos.
Evaluación sincera
Al triunfo del movimiento militarista del Plan de Agua Prieta, Adolfo de la Huerta fue designado como presidente provisional de la República, tras el asesinato del presidente Carranza. Y fiel a la palabra dada, O’Neill llegó a mediados de agosto de 1920 a la Ciudad de México para conferenciar con De la Huerta, quien le indicó que se reuniera con el secretario de Guerra y Marina, Plutarco Elías Calles, para enterarse del estado de la aviación mexicana.
O’Neill así lo hizo. En dicha entrevista, Calles se mostró escéptico sobre el historial castrense de su interlocutor. Ante esta situación, Ralph mencionó su transferencia al Real Cuerpo Aéreo de Canadá para recibir entrenamiento de piloto y su conscripción en el Servicio Aéreo de los Estados Unidos con “noventa y nueve misiones detrás de las líneas alemanas, ochenta y siete combates”, así como el haber sido condecorado con la Cruz por Servicio Distinguido, con dos Racimos de Hojas de Roble, la Cruz de Vuelo Distinguido (todos distintivos militares de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos) y la Croix de Guerre francesa con Palma de Bronce.
El 27 de agosto, tras auditar al Servicio de Aviación, O’Neill envió su reporte al general Calles con copia al presidente interino De la Huerta, en donde elogió la profesionalidad de los pilotos y el personal de tierra, pero también expresó, sin tapujos, que el Servicio Aéreo Militar estaba organizado y equipado con base en una doctrina totalmente obsoleta, además de ser entrenado bajo los parámetros de tiempos de la guerra revolucionaria. Asimismo, señaló que los aviones diseñados localmente estaban al menos una generación detrás de los que ahora estaban disponibles en otros lugares, desarrollados con el conocimiento obtenido de la Gran Guerra en Europa.
Con toda esta información, O’Neill negoció un contrato que incluía un sueldo generoso y el nombramiento como coronel asimilado; el 9 de septiembre fue nombrado jefe del Departamento de Aviación del ejército mexicano.
Posteriormente, O’Neill viajó a Inglaterra. La motivación era doble: adquirir aviones y visitar a su novia, Priscilla Eileen Wilson. Durante su estancia en ese país consiguió aviones de entrenamiento (Avro 504-K y 504-J), los cuales serían después fabricados en México con el nombre de Avro Anáhuac. El piloto estadounidense seleccionó esa aeronave porque había ganado fama entre los aviadores norteamericanos que fueron entrenados en Inglaterra durante la Gran Guerra, gracias a su construcción simple y robusta y su manejo superior.
En el aspecto organizacional, O’Neill creía que la Real Fuerza Aérea (RAF por sus siglas en inglés), fundada en 1918 y la primera de su tipo, era un modelo para los aviadores del mundo. En la cuestión doctrinaria, las enseñanzas del fundador de la RAF y jefe del Estado Mayor del Aire, sir Hugh Trenchard, ejercían una atracción gravitacional. Para Trenchard el aeroplano era una arma ofensiva y no defensiva; la política que entonces debería guiar la guerra en el aire era la de explotar el efecto moral del avión sobre el enemigo.
Instructor en jefe
El 11 de febrero de 1921, luego de su regreso de Inglaterra, O’Neill fue nombrado instructor en jefe de la Escuela Militar de Aviación, en donde pronto descubrió que muchos aviadores experimentados habían adquirido malos hábitos de vuelo y que no existía un estándar entre ellos.
Con el apoyo del presidente Álvaro Obregón, O’Neill contrató a instructores extranjeros: el alemán Fritz Bieler y el francoestadounidense Joe B. Lievre, con el objetivo de poner a los pilotos mexicanos a la par de otros en el mundo, aunque esto significaría reentrenar a los veteranos.
El aeródromo de Balbuena, sede de los Talleres Nacionales de Construcciones Aeronáuticas y de la Escuela de Aviación, fue el escenario de las reformas implementadas por O’Neill: introdujo exámenes médicos adecuados para los candidatos que desearan ser pilotos, implementó el entrenamiento de doble control y se encargó de capacitar a los pilotos veteranos según los nuevos estándares.
El 1 de noviembre de 1921, O’Neill fue designado consultor técnico del Departamento de Aviación. El principal problema que enfrentó fue la adquisición de aviones de combate, ya que estimaba como mejor inversión comprar aviones en el extranjero en lugar de invertir en diseños que, a su juicio, eran deficientes. Esta situación lo llevó a confrontarse con el general brigadier Gustavo Salinas, veterano del primer combate aeronaval en la historia bélica mundial (ocurrido en 1914 en Topolobampo, Sinaloa), y quien apoyaba la construcción de aviones diseñados y construidos en México.
Rebelión en Jalisco
El 7 de diciembre de 1923, el expresidente Adolfo de la Huerta se asumió como jefe del “movimiento libertario” que agrupaba los elementos civiles y militares opuestos a que Plutarco Elías Calles fuera el sucesor del presidente Obregón. Ese mismo día, en Guadalajara, Jalisco, el general Enrique Estrada recibió la adhesión de los generales Salvador Alvarado, Rafael Buelna y otros jefes castrenses, quienes secundaron la rebelión. Entérate cómo sucedió en el artículo completo.
Referencia:
Soren de Velasco Galván, “Combatir las rebeliones desde el aire. Ralph O’Neill y su aporte a la aviación militar mexicana”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p.72-79.
*Soren de Velasco Galván
Maestro en Ciencias Económicas y Administrativas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes; estudió Relaciones Internacionales en la London School of Economics. Profesor de tiempo completo en la Universidad Tecnológica del Norte de Aguascalientes, es comentarista de temas globales en varios programas de radio y televisión en ese estado. Colaboró en los libros Tras los pasos de Jesús Terán (2016), 1917, año de un gran pacto (2017) y Educación y el 3º constitucional (2017).

